La entrevista a Joan Baldoví en El Círculo Independiente dibuja el retrato de un político que lleva décadas en primera línea pero que sigue hablando como maestro de pueblo: con ejemplos sencillos, frases directas y una idea fija
“La política o sirve para algo o no sirve para nada”. Así de claro lo deja Joan Baldoví en El Círculo Independiente. El punto de partida del problema político en la Comunidad Valenciana es claro, la gestión posterior a la Dana. Más de un año después, Baldoví subraya que en los pueblos afectados “todavía hay ascensores sin arreglar, institutos en barracones y millones de donaciones ciudadanas aparcadas en un banco”. Lo que para el Consell de Carlos Mazón es un proceso administrativo complejo, para él es una mezcla de dejadez e insensibilidad. Y no es solo una cuestión de plazos, sino de prioridades: en su relato se cruzan los 12 millones donados por la ciudadanía, los 9 aún sin utilizar y el famoso contrato de 4,5 millones de euros a una consultora para elaborar un informe sobre la reconstrucción que hoy duerme en un cajón. “Un PowerPoint ampliado”, viene a resumir, frente a las vidas rotas de quienes siguen esperando soluciones.
La figura de Mazón aparece constantemente como símbolo de una forma de gobernar. Baldoví habla de “cara de cemento” para definir a un presidente que, según él, ha estado más preocupado por protegerse judicialmente que por asumir responsabilidades políticas tras la tragedia. Recuerda sus múltiples versiones sobre dónde estaba y qué hizo aquellas horas críticas, la consejera que “se va a casa a la una” mientras sigue la alerta roja y la sensación de que el Consell ha intentado, desde el primer día, desplazar el foco hacia mandos intermedios y técnicos. La reciente subida de sueldo a aquel alto cargo responsable de la gestión de emergencias, mediante una comisión que no se reúne desde hace años, se convierte en el ejemplo perfecto de lo que denomina “esperpento institucional”.
Pero la entrevista va más allá del caso Mazón. Baldoví sitúa todo lo ocurrido en la Comunidad Valenciana dentro de un marco más amplio, la fragilidad de la izquierda y la capacidad del PP para recuperar el poder incluso tras grandes escándalos de corrupción. Reconoce que el gobierno del Botànic gestionó bien en muchos ámbitos, pero admite que “se vendió poco” lo hecho, mientras el “que te vote Txapote” y la campaña nacional del Partido Popular marcaron el tono. La ley electoral valenciana, con barrera alta para los partidos pequeños, y la salida de la política de Mónica Oltra tras su imputación, completan un tablero en el que Compromís resiste pero el espacio progresista se debilita.
Sobre el PSPV, Baldoví es prudente pero deja caer su crítica. Considera que los socialistas han sido “poco contundentes” con Mazón, reacios a presentar una moción de censura y tentados en algún momento de facilitarle los presupuestos. También señala el problema de tener a la posible candidata a la Generalitat en Madrid, en el Gobierno central, incapaz de hacer oposición diaria en Les Corts. Frente a esa ambigüedad, reivindica el papel de Compromís como oposición coherente. Rechazo frontal a acuerdos con un PP sostenido por Vox y construcción de una alternativa que hable de servicios públicos, financiación justa y dignidad institucional.
Cuando la discusión salta a la política nacional, el tono se mantiene igual de directo. Baldoví no esquiva el caso Koldo ni las investigaciones por corrupción en torno a las mascarillas que salpican al PSOE. Habla de “poco ojo” de Pedro Sánchez por haber tenido a personas así tan cerca y fija una línea roja nítida: si se confirma financiación irregular, lo que exigen a otros se deberá aplicar también al Gobierno al que apoyan. Al mismo tiempo, recuerda que el Partido Popular acumula décadas de tramas en comunidades como Valencia y Madrid. La sensación que transmite es que la corrupción se ha convertido en un ruido de fondo que una parte del electorado de derechas “perdona y olvida con mucha facilidad”, mientras que a la izquierda no se le perdona casi nada.
En ese contexto de desconfianza general hacia las instituciones, Baldoví reserva palabras especialmente duras para el rey emérito. Ve el reciente vídeo de Juan Carlos I con una mezcla de vergüenza y estupor. Recuerda sus escándalos fiscales, las regularizaciones a toda prisa, el dinero oculto y el hecho de vivir fuera de España para no rendir cuentas del todo. Para él, que siga siendo “rey emérito” es un síntoma del problema. Una monarquía que se aferra a un pasado que daña más a los monárquicos que a los republicanos. La figura del emérito se convierte así en ejemplo de una justicia y una política que no acaban de aplicar el mismo rasero a todos.
Pero si hay un tema que atraviesa toda la trayectoria de Baldoví, ese es la financiación autonómica. Lo repite casi como un mantra, la Comunidad Valenciana es de las peor financiadas de España, arrastra un “pecado original” desde los años 80 y vive obligada a endeudarse para pagar servicios básicos. Cada año se repite la escena. El Estado recauda, la comunidad se endeuda y después recibe su propio dinero en forma de préstamos. No lo presenta como un asunto técnico, sino como una cuestión de dignidad y de igualdad de derechos, sanidad, educación y servicios sociales no pueden depender de un sistema que castiga sistemáticamente a unos territorios frente a otros. La espina que confiesa llevarse, si un día deja la política, es no haber conseguido todavía una reforma que corrija ese agravio.
La entrevista deja, en definitiva, la imagen de un dirigente que no pretende seducir con grandes eslóganes ni promesas imposibles. Joan Baldoví habla de muertos olvidados en pueblos que siguen dañados, de informes carísimos que nadie usa, de comisiones que no se reúnen y de presidentes que cambian de versión según la cámara. Pero también habla de colegios, de financiación, de maestros y de vecinos que le paran por la calle. En un clima político donde el ruido, el espectáculo y la bronca parecen haberse convertido en norma, su apuesta pasa por una mezcla de persistencia y sentido común. No resuelve las contradicciones de la izquierda ni cura la desafección hacia la política, pero ayuda a entender por qué, incluso en tiempos de cinismo generalizado, todavía hay quien sigue creyendo que desde un escaño se pueden cambiar cosas concretas.