La Casa de América fue el escenario de la presentación de Somos invisibles, Los ángeles de San Antón, el libro de Euprepio Padula que no viene a “entretener” ni a quedar bien. Viene a incomodar. A pegar ese golpe en la conciencia que uno suele esquivar cuando acelera el paso y evita cruzar la mirada con quien duerme en la calle.
Desde el arranque, la idea central quedó clara. Esta obra busca dar voz y dignidad a quienes la sociedad vuelve invisibles, con historias concretas, con nombres, con pasado, con heridas, con esperanza, y con una exigencia bastante simple de entender y bastante difícil de practicar. No pasar de largo.
León de la Torre Kreis, en nombre de Casa de América, lo definió como un libro necesario y oportuno, un espejo que obliga a mirar trayectorias marcadas por el desengaño, la pérdida, la violencia, la adicción y la precariedad. Pero también subrayó algo clave. En medio de todo eso, el texto sostiene una dimensión luminosa, porque no se limita a describir la caída, también muestra el acompañamiento y la red que aparece alrededor de la parroquia de San Antón y del Padre Ángel.
Euprepio Padula habló desde un lugar poco cómodo, y por eso creíble. Repitió una idea que corta cualquier distancia moral. Cualquiera puede acabar en la calle. Lo dijo sin postureo, reconociéndose en relatos ajenos, incluso en momentos de desesperación personal, como cuando tuvo que aceptar su homosexualidad en un entorno que no lo entendía. Ahí el libro deja de ser “sobre otros” y te mete en el problema con el mismo argumento que no te deja escapatoria. No es un tema ajeno, es un tema humano.
También explicó de dónde nace su mirada. De su madre, humilde, pobre, pero con esa costumbre revolucionaria de compartir y sonreír incluso cuando no sobra nada. De Padre Ángel, que aparece como figura de refugio y motor. Y de Alfonso, la persona que le pidió escribir sobre la gente “sin éxito”, esa categoría cruel que usamos para no preguntarnos qué falló antes. Para Padula, esos son sus ángeles, los que lo empujaron a contar lo que no suele contarse.
En su discurso, el libro se definió sin maquillaje como activismo. No activismo de pancarta, sino activismo de relato, de poner foco donde se nos educó para mirar hacia otro lado. Padula criticó la deshumanización y la polarización, defendiendo inclusión y diversidad frente a modelos que expulsan. Y lo hizo con una frase que resume el espíritu del acto. Si esto existe en nuestras calles y seguimos actuando como si no existiera, el problema no está solo en la calle.
Nieves Herrero, autora del prólogo, puso contexto a lo que a veces se quiere tratar como “mala suerte individual”. Señaló causas reconocibles y cercanas. Precariedad laboral, paro, coste de la vivienda. Es decir, piezas de una maquinaria que cualquiera puede sufrir si se le rompen dos o tres apoyos a la vez. Luego bajó al terreno que más duele, el de las historias. Marco, que demuestra que la dignidad no se pierde en la calle, aunque la calle haga todo lo posible por arrancártela. Antonio, que creció sintiendo que nunca fue querido, buscó refugio en drogas y juego, y terminó traicionado por su propio hermano, hasta encontrar una oportunidad y algo parecido a la reconstrucción en San Antón. Raquel, que expone lo que implica ser mujer en la calle, con la violencia como amenaza constante, no como excepción.
Ahí aparece una de las operaciones más importantes del libro, y también la más política en el sentido profundo. Quitar etiquetas y devolver personas. Padula, según Herrero, les da nombre, pasado y dignidad, y al hacerlo permite algo que parece mínimo, pero no lo es. Que puedan tejer redes de apoyo, de amor, de salida.
La ministra Elma Saiz llevó el mensaje al terreno institucional sin convertirlo en discurso automático. Agradeció al autor por hacer visible lo que suele invisibilizarse y habló de “vidas heridas, no derrotadas”. Insistió en que las personas sin hogar no son personajes secundarios, son parte esencial de la sociedad, y remató con una idea que pincha el ego del que mira desde fuera. “Somos nosotros”. Desde ahí defendió políticas públicas como el Ingreso Mínimo Vital y los itinerarios de inclusión, también para migrantes, como herramientas para que la gente recupere derechos y pueda escribir su propia historia. Y cerró con un llamado simple y directo. Mirar, escuchar, no pasar de largo.
Ángel Expósito, periodista, se quedó con algo que no entra en estadísticas ni en debates de sobremesa. La dignidad en los ojos de las personas más vulnerables, inmigrantes, sin hogar, y esa dignidad que “se clava”. Dijo algo que cualquiera reconoce aunque no le guste admitirlo. Muchas veces retiramos la mirada por vergüenza. No por miedo, por vergüenza. Y subrayó otro punto brutalmente humano. La soledad duele muchísimo más que el hambre o la pobreza.
Manuel Lazcano, desde el Fondo de Cultura Económica, defendió la literatura como algo más que ocio. Una herramienta que puede transformar, concienciar y dignificar. En su lectura del libro, lo que se impone no es un argumento abstracto sino rostros, nombres, sueños y heridas. Lo que se impone es la imposibilidad de seguir hablando de “los sin techo” como una masa sin identidad.
Y en el centro, San Antón. No solo como iglesia, sino como microcosmos de amistad, como lugar donde la gente recupera nombre, identidad y dignidad. Padula incluso contó su reconciliación con la Iglesia a través del Padre Ángel, después de una experiencia personal dolorosa en el funeral de su madre. Padre Ángel intervino poco, como quien sabe que lo importante no es llenar minutos. Agradeció emocionado y dejó una anécdota que resume una ética entera. A veces lo único que necesita alguien en la calle es que lo escuchen. De verdad.