12 junio 2026
12 junio 2026

“No se puede comparar el deporte masculino con el femenino” Paloma del Río (ECI #147)

En El Círculo Independiente, Euprepio Padula recibe a Paloma del Río con una mezcla de cariño y respeto profesional, como quien sabe que esa voz forma parte de la memoria deportiva de varias generaciones. La excusa es un libro, Esto no estaba en mi libro de los Juegos Olímpicos, pero la conversación se convierte enseguida en otra cosa. Una visita a la trastienda de unos Juegos que casi siempre vemos desde el sofá, sin imaginar el caos, la logística, los límites y las contradicciones que hay detrás.

Del Río explica que no quería escribir un libro de medallas, estadísticas o resultados, porque eso ya está en cualquier hemeroteca. Lo que le pedían eran vivencias, anécdotas, cosas que solo puede contar quien ha estado allí. Y ahí aparece el dato que lo ordena todo. Dieciséis Juegos Olímpicos, nueve de verano y siete de invierno. Una vida entera mirando el deporte desde dentro, pero también mirando lo que el deporte tapa.

Padula le pregunta por ese “detrás” y Del Río lo baja a tierra con imágenes muy concretas. Desde la maleta llena de jamón camino de Seúl, con el miedo infantil a que te lo quiten en la aduana, hasta la realidad menos romántica del periodismo olímpico. No tienes acceso libre a los deportistas. Ellos viven su burbuja y tú la tuya. Solo te cruzas en zonas mixtas y con autorización. Si querés un reportaje de verdad, lo tenés que preparar con meses de antelación. La épica en televisión suele ser de diez segundos. El trabajo es de semanas.

Cuando habla de los peores Juegos, se le nota que no busca morbo, busca honestidad. Venían de Barcelona, que para ella fueron los mejores, y luego llegó el shock. Atlanta por organización, frialdad y un atentado que marcó el clima. Pero Río, dice, fue otra liga. Problemas de seguridad de verdad. Atracos, tiros cerca de zonas oficiales, tanquetas, y un trayecto al Maracaná atravesando favelas que le dejó una sensación imposible de quitarse. Miedo y pena a la vez. Ver una millonada gastada mientras al lado hay gente viviendo en condiciones indignas. Esa contradicción, explica, es difícil de digerir.

La entrevista gira entonces hacia una causa que atraviesa toda su carrera. El deporte femenino. Del Río lo cuenta desde la gestión y no desde el eslogan. Cuando llegó a dirigir contenidos en RTVE preguntó cuánto deporte femenino emitían y la respuesta fue “no lo sabemos”. Ahí empezó su guerra particular. Educación con federaciones que pensaban en clave masculina, plantarse cuando hacía falta y recordarles que una federación también tiene compromiso social. Su argumento es brutalmente simple. Si tienes un hijo y una hija, no alimentas solo al hijo. Pues lo mismo con el deporte.

Y no se queda en la moral, lo explica con lógica de sistema. Visibilidad trae patrocinadores. Patrocinadores traen mejores medios, mejores horarios, mejor preparación. Pero pide algo que en España todavía cuesta. No comparar deporte masculino y femenino como si fueran lo mismo. Siempre saldrán perdiendo las mujeres si las medís con la vara de la potencia y la masa muscular masculina. Hay que aprender a mirar el deporte femenino en sí mismo, con su técnica y su valor, y también con menos teatro.

En la parte personal, Del Río habla de la jubilación con una felicidad muy poco impostada. No meterse en atascos, desayunar sin prisa, vivir más tranquila. Se ha ganado, dice, el derecho a bajar el ritmo, y fantasea con una casa con un gran jardín para desayunar al aire libre. Pero no se ha retirado del todo. Sigue en charlas y mesas redondas empujando esa visibilidad del deporte femenino, como si fuese un deber pendiente.

Padula abre otro melón, la diversidad en el deporte. Del Río reconoce que el avance fue lentísimo hasta el siglo XXI y subraya un detalle revelador. Fueron mujeres las primeras que dieron el paso de decir públicamente “somos lesbianas”. En muchos deportes la naturalidad ha crecido, y en disciplinas incluso muy masculinas, como el hockey, ya se ve respeto y normalidad. Pero marca una frontera clara. En el fútbol masculino eso no ocurre.

El capítulo del dopaje trae algunas de sus anécdotas más fuertes, porque ahí el olimpismo se cae a pedazos. Ben Johnson, los abanderados griegos que simulan un accidente de moto para evitar controles, las excusas absurdas en Pekín 2022 con la patinadora rusa. Y luego el “Juanito”, un caso que retrata cómo el sistema a veces se intenta engañar a sí mismo hasta el ridículo.

Y si hay un tema donde Del Río se nota especialmente seria es el de los jueces y los deportes subjetivos. Se aprende reglamentos, se hace cursos de jueces, porque su trabajo es traducir al público qué se está valorando. Pero también admite lo que todo espectador sospecha. Por muchos mecanismos que existan, sigue habiendo “yo te apoyo a la tuya y tú me apoyas a la mía”. Se puede reducir, se puede sancionar, pero el problema nunca desaparece del todo.

La entrevista termina con una idea que resume bien a Paloma del Río. El deporte importa, sí, pero no como entretenimiento vacío cada cuatro años. Importa por valores, por salud mental, por educación, por igualdad y por el tipo de sociedad que construye. Y en el fondo, su libro y su conversación con Padula funcionan como lo mismo. Un recordatorio de que detrás del aplauso hay trabajo, política, intereses, desigualdad, y también una oportunidad. Dejar este mundo un poquito mejor de como lo encontramos.