12 junio 2026
12 junio 2026

«He estado vetado 7 años en todas las televisiones públicas» Jesús Maraña (ECI #148)

En El Círculo Independiente, Euprepio Padula recibe a Jesús Maraña, periodista y director de infoLibre, con una idea de partida que atraviesa toda la conversación. El periodismo se ha convertido en tema de discusión porque algunos están logrando uno de sus objetivos, poner en duda su función. Maraña lo dice sin rodeos, se está intentando colocar al mismo nivel lo falso y lo verdadero, los hechos y las opiniones, y eso no es un debate académico, es una amenaza directa a la democracia.

 

Padula plantea el problema como lo ve cualquiera que haya encendido la tele o haya abierto redes en el último año. Pseudomedios creados para tumbar a un adversario político, agitadores profesionales dentro del Congreso, cámaras convertidas en armas de acoso, y un ecosistema donde los “malos”, en palabras de Maraña, parecen tener más margen para hacer daño que los demócratas para defenderse. Maraña intenta aterrizar la etiqueta sin ponerse moralista. Los buenos no son héroes, son la gente normal, la que respeta normas de convivencia, la que entiende que la libertad propia acaba donde empieza la del otro. Los malos, en cambio, cambian de herramientas con el tiempo, pero persiguen lo mismo, utilizar el periodismo en beneficio propio, imponer intereses parciales, mezclar voracidad capitalista con un caciquismo muy español que sigue creyendo que este país es un cortijo.

 

Una de las partes más jugosas llega cuando explica que esto no es nuevo, solo se ha sofisticado. Recuerda la etapa de la burbuja inmobiliaria, cuando a ciertos constructores “les dio por tener periódicos” para presionar, chantajear y negociar recalificaciones a golpe de titular. La diferencia hoy es la facilidad para montar un supuesto medio digital y amplificarlo con redes. Y cuando rascas, añade, aparece un dato que incomoda. Muchos de esos pseudomedios viven del dinero público, de publicidad institucional y de presupuestos autonómicos o municipales. Si se cerrara ese grifo, algunos no aguantarían.

 

La solución que defiende Maraña es tan poco glamurosa como efectiva. Regulación y transparencia. No para limitar opiniones, sino para exigir responsabilidades. Si un medio publica una calumnia y hace daño, alguien responde ante un juez. Lo que él reclama es que todos, también esos “medios” que operan como propaganda, tengan las mismas obligaciones. Y pone un ejemplo que desmonta el miedo a regular. En el Parlamento Europeo, para acreditarte como prensa hay filtros, y si montas un espectáculo repetido, te expulsan. En España, dice, PP y VOX han bloqueado intentos de ordenar la acreditación en el Congreso escudándose en la libertad de expresión. Maraña contesta con un argumento muy de oficio, libertad no es impunidad.

 

En esa línea propone medidas concretas, publicables y comprobables. Que cada medio exponga en su web de dónde salen sus ingresos, cuánto dinero público recibe y quiénes son sus accionistas. Y que exista un registro público de medios con responsables identificables, para que, si en lugar de periodismo hacen otra cosa, haya capacidad sancionadora. No inventa nada, insiste, es cumplir y desarrollar lo que ya viene de Europa. Por eso, cuando se avanza mínimamente, “los malos se ponen nerviosos”.

 

Padula abre otro melón delicado, el anonimato en redes. Maraña no pide que todo el mundo firme con nombre y apellidos en público, entiende que puede haber represalias. Pero sí defiende que, si alguien delinque desde el anonimato, deba poder ser identificado mediante registro y responder ante la justicia. Igual que cualquier ciudadano. La conversación vuelve así al punto inicial, reglas de juego para que la libertad no sea la excusa perfecta del abusador.

 

La entrevista también entra en el barro político. Maraña recuerda que siempre hubo insultadores en el Congreso, pero sitúa un punto de inflexión tras el 11M y el intento de manipulación, cuando la crispación y la destrucción personal del adversario se convierten en estrategia. Por eso rechaza hablar de polarización como si fuera un fenómeno simétrico y neutro. En democracia las ideas se discuten, las personas se respetan. El problema es quién crispa, quién demoniza, quién niega legitimidades. Y ahí conecta con la ola internacional, con manuales y altavoces que han profesionalizado la desinformación, de Bannon a Fox, y con una frase que le parece clave. La gente no quiere estar informada, quiere sentirse informada.

 

El cierre deja una tarea incómoda para el campo progresista. Menos arrogancia intelectual y menos derrotismo. Más orgullo democrático, más capacidad de hablar también a las emociones sin copiar las armas miserables del otro lado. Y, en España, una urgencia práctica. Que la izquierda encuentre un programa común defendible y una idea de país que confronte con relatos simplistas, porque, mientras tanto, el ruido sigue ganando metros. Maraña lo resume con un deseo que suena a advertencia. Ojalá tengamos suerte como demócratas, pero la suerte se fabrica con reglas, transparencia y periodismo decente.