En El Círculo Independiente, Euprepio Padula recibe a Gerardo Pisarello en un día marcado por la inquietud geopolítica. Hablan del ruido internacional, del silencio europeo ante amenazas que hace nada parecían impensables, y enseguida aterrizan en un terreno más íntimo y más político a la vez. Pisarello llega con su libro Bajo este cielo abierto, viajes, amor y revolución, y Padula celebra algo poco habitual en un político que escribe. No hay un folleto de partido disfrazado, hay memoria, pérdidas, serenidad y una biografía que explica por qué la política municipal le importa tanto.
Pisarello se define como hijo del norte argentino, Tucumán, y de una generación rebelde que soñó con cambiar el mundo y también sufrió una reacción feroz. Con cinco años asistió al secuestro de su padre, abogado de campesinos y obreros, y fue testigo del asesinato durante la dictadura. Ese golpe no quedó en un cajón. Vuelve con fuerza tras otra pérdida reciente, la de su mujer, Vanessa, tras un cáncer fulminante, y la muerte posterior de su hermana. El libro, explica, es una reflexión sobre vida y muerte y una forma de traer cerca a los suyos, sin convertir el dolor en odio. Se indigna ante la injusticia, pero no se permite que le robe la alegría.
Su relación con España arranca en 1995, llega a Madrid para un doctorado, pasa por la Complutense, y acaba en Barcelona con una frase que resume una sensación. Esta es la ciudad de la libertad. La describe como vanguardista y, a la vez, serena, una ciudad donde incluso pensó que era un buen lugar para que naciera su hija. Ese vínculo es clave para entender su regreso como candidato a la alcaldía de Barcelona por Catalunya en Comú.
El 15M, cuenta, le rejuveneció. De jurista que acompañaba luchas por vivienda pasó a entrar en el Ayuntamiento como número dos de Ada Colau. Ahí aparece lo más interesante de su diagnóstico municipal. Gobernar una ciudad no es teoría, es resolver lo cotidiano y aprender debates para los que nadie te entrena, desde el modelo de movilidad hasta discusiones absurdamente reales que te suelta un vecino al paso. También recuerda un conflicto especialmente delicado, el de los manteros. Temía que una intervención policial acabara con un muerto y rompiera el cordón con parte de la sociedad. La respuesta fue empujar los límites de lo posible, regularizar, cooperativa, trabajo digno, aunque a veces la administración mirara el reloj y preguntara por qué seguir después de las siete.
Cuando Padula le pregunta por el momento actual de la izquierda, Pisarello evita el lamento cómodo. Dice que las fuerzas transformadoras funcionan mejor con movilización en la calle. La gran ola se agotó, la base hoy es más débil, y por eso necesita que vuelva a pasar algo, también contra las guerras y contra el trumpismo. En ese marco defiende que la revolución es más necesaria que nunca, pero no como épica vacía, sino como cambios profundos que bajen el coste de la vida. Critica una Barcelona de Collboni que ve aburrida y sin audacia, y contrapone esa falta de imaginación a etapas donde la ciudad parecía estar a la vanguardia.
Sus prioridades, si vuelve a la alcaldía, pasan por vivienda y precios. Intervención pública para mantener alquileres a raya, reforzar transporte público, asegurar acceso a alimentos básicos, acelerar vivienda pública aprovechando la revolución tecnológica, y colaborar con el sector privado con un beneficio limitado, de forma que gane la ciudad y no la especulación. Lo llama traer serenidad, porque en un contexto de guerra y de sensación apocalíptica la gente no puede hacer planes de vida.
El episodio cierra con una idea que funciona como brújula. La política no puede ser solo lenguaje institucional, anquilosado y aburrido. Tiene que reconectar con la vida, con la amistad, con la calle y con una indignación que empuje a actuar, sin perder la capacidad de sonreír y seguir viviendo.