En El Círculo Independiente, Euprepio Padula se da un respiro de política y abre una puerta que también es una forma de análisis social. La cultura popular. El invitado es Pedro Ángel Sánchez, periodista y escritor, que vuelve al programa con un libro dedicado a Las Chicas de Oro, una serie que muchos recuerdan por la risa, pero que, mirándola con calma, estaba haciendo otra cosa. Enseñarnos a vivir mejor en sociedad sin ponerse solemne.
El origen del libro es casi doméstico. La propuesta nace de sus editores mientras todos estaban viendo la serie, aprovechando que se cumplían cuarenta años de su emisión en España. Sánchez lo cuenta como una evidencia. Aquí no se ha reivindicado lo suficiente. Hay nostalgia, sí, pero poco reconocimiento serio sobre lo que significó y sobre por qué sigue funcionando hoy. En su investigación descubrió algo curioso. Mucha gente la recuerda con cariño y, además, nuevas generaciones la están redescubriendo gracias a las plataformas.
La entrevista se detiene en el gran golpe de la serie. Poner la madurez en el mapa televisivo. Hasta entonces la ficción estadounidense vivía de adolescentes y veinteañeros. De pronto, cuatro mujeres “mayores”, que en realidad rondaban los cincuenta, ocupan el centro del relato con deseos, contradicciones, sexo, duelo, trabajo, familia y amistad. Y esa palabra, amistad, es casi el lema del episodio. Para Padula, la serie dejó una frase vital, los amigos son la familia que elegimos, y Sánchez subraya que lo hizo hace décadas, cuando aún no se hablaba así.
Sánchez desgrana a las cuatro con cariño y con intención. Dorothy como sensatez y presencia, Rose como candidez, Blanche como libertad sexual y Sofía como la máquina de chistes que te remata cualquier escena. Lo interesante no es el catálogo de personalidades, es lo que produce. Todos tenemos un poco de ellas. Y esa identificación transversal, de edad y de clase, es parte del secreto del éxito.
Padula mete el dedo en un tema que hoy está en primera fila y la serie ya trataba sin necesidad de pancarta. El edadismo. Discriminar por edad, tanto a los mayores como a los jóvenes. Sánchez reconoce que aún falta mucha concienciación y que, escribiendo el libro, le sorprendió ver prejuicios todavía muy vivos incluso en redes. Precisamente por eso, reivindica el valor de Las Chicas de Oro. Puso de moda la madurez y normalizó que una mujer de cincuenta o sesenta no es el final de nada, es otra etapa con experiencia y capacidad de reinventarse.
El episodio desmonta también el prejuicio de que era solo una comedia. Sánchez insiste en que el objetivo era hacer reír y hacer pensar. Y enumera temas que hoy siguen dolientes. Inmigración, eutanasia, menopausia, feminismo, diversidad. Lo hacían con humor, sí, pero con un humor que no caduca porque no se reía de nadie, se reía con alguien. El espectador terminaba empatizando con “el diferente”, incluso cuando el guion te llevaba al conflicto. El ejemplo de Blanche es perfecto. Libre para amar, pero educada en una América conservadora que le costó aceptar que su hermano fuese gay, y que tuvo que aprender, paso a paso, a ampliar su mirada.
La conversación salta a su legado. Sánchez habla de la “regla de oro de las cuatro”, series construidas alrededor de cuatro mujeres, y enlaza directamente con Sex and the City y otras ficciones posteriores. Incluso compara personajes y dinámicas, como esas conversaciones de restaurante que recuerdan a las charlas en la cocina con tarta de queso. También recuerdan los intentos españoles de replicar la fórmula, con grandes actrices, pero sin lograr conectar del mismo modo con el público. Y queda una lección práctica. El riesgo de hacer algo diferente es precisamente lo que lo convierte en histórico.
El tramo más bonito del episodio es el que parece pequeño, pero en realidad es una declaración de amor al oficio. Un capítulo del libro dedicado al doblaje. En los setenta y ochenta casi todo se veía doblado, y esas voces eran parte del éxito. Sánchez cuenta lo difícil que fue localizar a las actrices de doblaje que seguían vivas y cómo reconstruyó recuerdos con álbumes de fotos y conversaciones pausadas. Es un recordatorio de que la cultura popular no la hacen solo las estrellas que vemos. También la hacen quienes ponen la voz, el ritmo y el matiz para que una serie viaje de un país a otro.
Al final, Padula propone el plan perfecto. Leer el libro y, por la noche, ponerse un capítulo. Porque Las Chicas de Oro no es solo un refugio para días malos. Es una clase práctica de convivencia, contada con humor, y con una idea que hoy sigue siendo urgente. Lo mejor de la vida puede llegar en cualquier momento, también cuando la sociedad te dice que ya se te pasó el turno.