En El Círculo Independiente, Euprepio Padula conversa con José Manuel Albares en un momento en el que la política exterior ya no se puede contar con mapas bonitos y discursos de sobremesa. Se cuenta con detenciones, guerras abiertas y un orden internacional que cruje. Albares arranca con un caso concreto que, por sí solo, explica el clima. Dos ciudadanos, Saif y otro brasileño, capturados por Israel y trasladados a su territorio. Para el ministro no hay matices cómodos. Lo define como una detención ilegal en aguas internacionales y denuncia que Israel no da explicaciones, solo pide más tiempo para “interrogarles”, mientras España mantiene una conversación fluida dejando clara su posición.
A partir de ahí, la entrevista sube un peldaño y se mete en la relación Europa Israel, que ya no es solo diplomacia, sino coherencia. Albares insiste en dos ideas que intenta sostener a la vez. España cree en la existencia del Estado de Israel, pero las democracias respetan el derecho internacional, y la Unión Europea, antes que nada, es una construcción de derecho. Por eso defiende que se suspenda todo acuerdo entre la UE e Israel, y recuerda que cumplir el derecho internacional no debería ser tan difícil para Europa, precisamente porque esa es su razón de ser. En ese marco menciona la creación del grupo Acción+, con la ambición de empujar una política europea más exigente con la legalidad y, a la vez, más útil para la estabilidad.
El ministro deja caer una reflexión que es casi un resumen de su enfoque. La fuerza militar por sí sola no es suficiente para lograr soberanía. Dicho de otra forma, si todo se reduce a músculo, al final solo gana quien pega más fuerte, pero nadie construye paz. Y eso, para Albares, no es una frase humanista. Es una lección práctica que Europa debería haber aprendido hace tiempo.
La conversación también toca un asunto aparentemente distinto, pero que en realidad encaja en el mismo hilo. La visita del papa León XIV. Albares subraya que el papa no trae un mensaje político y que el Gobierno quiere que esa visita sea un éxito, porque representa esperanza para millones de personas. Aun así, se muestra tajante con un fenómeno que le escandaliza. La mezcla chabacana de religión y política. Defiende que hay una esfera privada que el Estado debe proteger y lamenta que haya políticos que busquen aprovecharse de la fe para sacar rédito.
Cuando Padula lleva el foco a Trump e Irán, el tono se vuelve de alarma contenida. Albares habla de un alto el fuego frágil y de una gravedad máxima, con impacto directo en la población mundial. Pide llegar a un acuerdo inmediatamente, incorporar a Líbano en ese alto el fuego y, sobre todo, cesar en las amenazas. Lo sitúa en un diagnóstico más amplio. Estamos, dice, ante la mayor crisis de este siglo, y Europa necesita tomar decisiones concretas, entre ellas avanzar hacia un verdadero ejército europeo.
Ucrania no desaparece de la ecuación. Albares recalca que la guerra sigue siendo igual de grave e igual de ilegal y menciona que Zelenski tiene un plan de paz. También afirma que se toma muy en serio lo que dice Trump, no por afinidad, sino porque ignorar a un actor así sale caro. Y remata con una idea que atraviesa toda la entrevista. La vía es el diálogo, no la fuerza, incluso cuando el diálogo es incómodo. Por eso sostiene que no se puede hacer política exterior sin hablar con China, aunque no sea parte directa de los conflictos, y que hay que pedirle que use su influencia para la paz. Incluso cita que existe diálogo entre Cuba y Estados Unidos, como ejemplo de que hablar, a veces, es más realista que amenazar.
El cierre vuelve a lo que más le preocupa a Albares cuando baja el volumen de las grandes palabras. El bolsillo y la vida cotidiana. La ruptura del orden internacional no trae nada bueno a los ciudadanos, y la política exterior, sostiene, tiene que servir para proteger intereses concretos, no solo banderas. Derecho, diplomacia y seguridad, sí. Pero con una condición. Que no se pierda de vista para quién se hace todo esto.