15 julio 2026
15 julio 2026

«Decir que quieres morir no es llamada de atención, sino de auxilio» Pablo Rodríguez Coca (ECI #156)

En El Círculo Independiente, Euprepio Padula entrevista a Pablo Rodríguez Coca, psicólogo y creador de un universo propio que mezcla terapia y viñetas para hablar de salud mental sin el tono solemne que espanta a medio mundo. El episodio arranca con una idea que resume su enfoque. La mente no funciona en abstracto. Funciona en relación, en contexto y, muchas veces, en un contexto de mierda. Por eso, dice, no siempre somos culpables de nuestro malestar. A veces el problema no está dentro, está alrededor.

La historia de Pablo explica por qué se dedica a esto. Quería estudiar Derecho y ADE, pero una profesora de Filosofía le abrió la puerta del humanismo, la psicología y los experimentos sociales. El segundo empujón fue personal. Su hermana nació con una condición rara y a la vez más frecuente de lo que se cree, que puede manifestarse de muchas maneras y arrastra a la familia a una realidad compleja de médicos, terapias y cansancio. Él lo cuenta con honestidad brutal. No fue el mejor hermano posible. Como no entendía, se quitó de en medio. Y solo empezó a comprenderse cuando se puso en relación con otros hermanos que vivían lo mismo. Hoy trabaja con ellos y ha creado grupos de apoyo, precisamente para que ese aislamiento no se repita.

El proyecto que le ha hecho viral nace en pandemia. Con la cuarentena, la sintomatología de su hermana empeoró y Pablo, aunque ya era psicólogo, se vio desarmado. “Cuando nos ponemos en relación con los otros, la teoría sirve de poco”. La forma de conectar con ella no fue una técnica clínica. Fue un garabato, un dibujo para enganchar su atención y compartir un momento. De ese gesto sale un diario visual en Instagram y, con el tiempo, dos personajes que ya forman parte del imaginario de mucha gente. Oxi y Momo. Un oxímoron como metáfora de lo humano, porque, como dice, estamos llenos de contradicciones.

Padula lleva la entrevista al gran tema de los últimos años. La sobreexposición. Guerra, violencia televisada, redes, crisis encadenadas. Pablo lo aterriza con una recomendación poco épica pero muy sensata. Cada uno tiene que hacer introspección y medir qué le afecta y cuánto. No por estar más informado vas a cambiar las cosas. A veces, para no colapsar, toca informarse menos y hacer más, voluntariado, ayudar, moverse, porque el bucle de desgracias no deja tiempo ni para digerir emocionalmente.

En consulta, dice, el núcleo del malestar suele ser el proyecto de vida. Lanzarte hacia delante, pero hacia qué mundo. El futuro incierto es lo que más preocupa y lo que más angustia. Y aquí desmonta una trampa cultural. La obsesión por “el más”. Más éxito, más dinero, más estatus. Él trabaja con gente que lo tiene todo y, aun así, no es feliz. Por eso reivindica algo que suena simple y cuesta mucho defender en público. La tranquilidad. Compartir tiempo con la gente que quieres. Crear. Estar metido en tu mundo. Sus libros, confiesa, también son para él, para ordenar su cabeza.

La entrevista se vuelve especialmente útil cuando hablan de infancia y adolescencia. Pablo sostiene que hoy es más difícil ser niño, no por nostalgia barata, sino porque el mundo se ha complicado y hay más estímulos y demandas. Cuando va a institutos, dice, se encuentra un mundo emocional enorme que no saben expresar. Preguntas anónimas de chavales de 12 o 14 años que te dejan seco. “Mi padre murió hace diez meses y no sé qué hacer”. Su respuesta es casi contraintuitiva. A lo mejor no tienes que hacer nada. Toca transitar la tristeza. El problema, añade, es que no se les da espacio para hablar de estas cosas y sigue habiendo miedo a “contagiar” solo por nombrarlas.

Ese miedo aparece también con el suicidio. Pablo lo aborda sin rodeos y con una frase que debería estar en la puerta de cada colegio. Decir “me quiero morir” no es una llamada de atención. Es una llamada de auxilio. Lo primero, dice, es agradecer que lo cuenten, validar el sufrimiento y no negar lo que está pasando con el comodín de “pero si lo tienes todo”. Si alguien te lo dice, hay que sostenerlo con honestidad, aquí estoy, vamos a ver qué podemos hacer, y pedir ayuda profesional si hace falta.

Cuando hablan de niños pequeños, Pablo explica por qué escribió su cuento sobre los enfados. Los niños no tienen por qué saber calmarse solos. Están aprendiendo. Hay que acompañar, no exigirles herramientas que ni los adultos tienen. Para él, prevenir salud mental en las aulas es transversal. A veces bastaría con diez minutos de mediación y educación emocional, pero hay profesores que lo despachan con un “eso no es cosa mía”.

El cierre del episodio es coherente con todo lo anterior. Gestionar emociones empieza por la honestidad con uno mismo y con la propia vida. Nadie se ha muerto por sentir. Las emociones pican, como el mar frío al principio, pero si te quedas, te acostumbras y aprendes a convivir con ellas. Y ahí está el valor de Pablo Rodríguez Coca. No te promete una vida sin días malos. Te enseña a estar en el mundo de otra forma, con menos autoengaño y un poco más de aire.