En El Círculo Independiente, Euprepio Padula entrevista a Anna Bosch, periodista de RTVE con casi cuarenta años de oficio y experiencia como corresponsal en dos lugares que hoy explican medio mundo, Estados Unidos y Rusia. El arranque tiene algo de confesión colectiva. Antes la política internacional era un bloque pequeño al final del informativo. Ahora abre telediarios y condiciona conversaciones, precios y miedos. Bosch lo resume con una palabra poco cómoda. Confusión. Está cambiando la relación de fuerzas, los equilibrios, la economía, y lo que genera inseguridad es que “no sabemos a qué modelo vamos”.
Cuando el foco pasa a Estados Unidos, el tono se vuelve personal. Bosch habla de tristeza. Quienes han vivido allí, dice, conocen las imperfecciones de esa democracia, pero también el país admirable del que muchos se enamoraron. Ver la deriva actual duele. Y aquí mete una advertencia importante. Aunque Trump pase, lo que le ha llevado al poder, y lo que hay alrededor, seguirá. La relación con Europa, en su opinión, no volverá a ser como antes. No es un cambio de partido. Es un cambio de sistema.
Padula plantea la pregunta que se hace cualquiera desde fuera. Cómo puede presentarse y ganar un presidente con condena. Bosch lo describe sin eufemismos. Trump es un presidente convicto. En algunos estados, tener condena te quita incluso el derecho a voto. Y, aun así, se presentó, votó y ganó. La explicación que ofrece no es una sola, es un cóctel. Estar en el momento oportuno, conectar con un votante que se siente perdedor, a menudo blanco, que percibe la igualdad como pérdida propia, y un hartazgo hacia instituciones grandes, gobierno, Congreso, justicia y medios. Y ahí Trump tiene ventaja competitiva. Viene de los realities. Si algo sabe es conseguir audiencia. La transforma en votos.
Bosch también reparte responsabilidades. Advierte que no se puede eximir al gobierno de Joe Biden ni al Partido Demócrata, sobre todo por la gestión de la candidatura y por llegar tarde a ordenar el relevo. Ese detalle, explica, forma parte del contexto que permitió que Trump volviera, pero ahora con algo más inquietante. Ya no es la sorpresa de 2016. Esta vez le eligen sabiendo quién es, con condena y con más votos que su rival.
La conversación entra después en Irán y en un punto que Bosch considera crucial para entender la caída de popularidad de Trump. Estados Unidos se mete en la guerra convencido por Netanyahu de que iba a ser coser y cantar, pocos días, caída del régimen y revuelta popular. No ha sido así. Y además hay un detalle que en EEUU es veneno electoral. La gasolina. Si hay algo impopular es que suba el precio del galón, porque es un país que vive sobre cuatro ruedas. Trump prometió no meterse en guerras y mejorar el poder adquisitivo. Y el resultado es el contrario. Guerra en Oriente Próximo y precios al alza.
Cuando pasan a Rusia, Bosch aporta una idea que atraviesa todo el programa. Los rusos, igual que los chinos y los árabes, nos conocen mejor a los occidentales de lo que nosotros los conocemos a ellos. Haber sido imperios te acostumbra a imponer, no a estudiar al otro. En cambio, quien ha vivido en la parte débil aprende códigos. Por eso, sostiene, Putin conoce mejor a Trump y a la sociedad estadounidense de lo que Trump lo conoce a él. Y añade un detalle inquietante sobre el actual equipo de Washington. En el gobierno Trump no hay expertos, no hay “cremlinólogos”. Trump no quería especialistas. Quería leales.
De ahí saltan a Europa y a su dilema defensivo. Cuando un socio amenaza a otro socio de la OTAN, como ocurrió con Groenlandia, el club hace agua. Bosch ve dos salidas realistas. O coordinación real de ejércitos europeos, que requiere voluntad política y poner Europa por encima del interés nacional. O repensar la OTAN sin depender de Estados Unidos como si nada hubiese cambiado. En paralelo, lanza una frase dura, pero coherente con su diagnóstico general. Vamos a tener que renunciar a parte del Estado del bienestar y ponernos las pilas en innovación, porque Europa va a la baja y depende casi al cien por cien de tecnología estadounidense.
El tramo final vuelve al periodismo. Bosch describe una crisis que tiene menos romanticismo y más contabilidad. La buena información es cara, la buena información internacional es carísima. En España se acepta pagar por el periódico en el quiosco, por el cine o por el fútbol, pero cuesta pagar por leer un periódico en internet. Y sin ingresos no hay reportajes, no hay equipos, no hay meses de investigación como en Spotlight. En ese vacío prospera lo tóxico. Contenido con forma de información que no lo es, bulos que corren más que lo contrastado y una sensación de impotencia, porque desmentir siempre cuesta más tiempo, más dinero y llega más tarde.
El episodio cierra con una idea circular. Geopolítica y periodismo se parecen más de lo que creemos. Cuando el mundo se vuelve incierto, la gente busca relatos simples. Y si no se sostiene la información seria, lo simple gana por agotamiento. Bosch lo dice sin dramatismo, pero con la claridad de quien ya ha visto demasiados cambios. Esta etapa no es un paréntesis. Es una transición. Y aún no sabemos hacia dónde.