En El Círculo Independiente, Euprepio Padula recibe a Miguel Ríos en el Círculo de Bellas Artes con una premisa clara. La cultura no puede ser un adorno separado de la sociedad. Y con Ríos esa idea no es teoría, es biografía. La entrevista arranca con una escena casi simbólica, la alegría de entrar en un lugar lleno de arte y encontrarse con referentes de la cultura. Pero enseguida baja al origen. Ríos insiste en que ha tenido la suerte de no olvidar de dónde viene, de ser fiel a su clase social y de no vivir con la impostura de querer parecer otra cosa. Hijo de padre obrero, recuerda a su padre en el aserradero de Granada, cubierto de serrín, como un hombre honrado que dignificaba la clase trabajadora.
Padula le pregunta por el momento en que decide ser cantante, y ahí aparece el azar que cambia vidas. Con quince años entra a trabajar en unos grandes almacenes y le colocan en la sección de discos. Ese puesto le abre el mundo. Ríos ya cantaba en el coro y tenía una habilidad que su entorno notaba, cuando cantaba “alteraba el ambiente”, emocionaba. En la tienda descubre otra cosa aún más importante. Los artistas que le fascinaban, Elvis, Celentano y tantos otros, tenían una edad parecida a la suya. Eran “gente de su generación”. Lo que le gustaba no era un sueño lejano, era un oficio posible. Y el salto llega por una cadena de casualidades. Un vendedor le escucha en la radio, se lleva su cinta a Philips y le llaman para grabar.
La conversación se convierte entonces en una declaración de principios sobre la música como herramienta pública. Ríos recuerda que la primera vez que sintió el poder social de la música fue con su versión del Himno a la alegría, utilizada en universidades estadounidenses como reclamo contra la guerra de Vietnam. Ahí entiende que una canción no es solo melodía. Puede ser una llamada a la hermandad alrededor de una idea, un servicio ciudadano. Y conecta esa experiencia con el 2003 y el No a la guerra, cuando el arte dejó de ser escenario y se volvió calle, pancarta y movilización. Para él, lo importante es que el arte sea útil y remueva conciencias.
Con ochenta y un años y más de seis décadas de carrera, Ríos sigue defendiendo que las canciones deben tener propósito. “No entiendo que las canciones no tengan un propósito”, afirma. Primero, explicarte a ti mismo. Y, en la medida de lo posible, servir a los demás. Su último trabajo, El último vals, incorpora esa mirada tardía, sin romanticismo, pero con la misma obsesión de siempre, hablar del mundo y del ser humano. En la entrevista recuerda cómo la ideología llegó más tarde, incluso a través de su primera canción ecologista, Desde mi ventana, y cómo viajar le hizo ver que España era diferente, pero no como decía Fraga. Era una dictadura, un país gris que chocaba con lo que veía fuera.
Padula le pregunta por el secreto de la energía para seguir de gira, y Ríos lo contesta con humor y verdad. “Tomo un poquito de rock and roll”, su kriptonita. Se describe como un yonqui del aplauso, no del dinero, y confiesa que ya no puede usar el comodín de la despedida. El escenario le sigue dando vértigo y sentido, ver a la gente, comprobar si siguen viniendo, si se van contentos. En sus conciertos mezcla canciones nuevas con clásicos que el público canta como si fueran suyos. “Somos karaokes con patas”, dice, y la frase no suena a chiste, suena a resumen perfecto de lo que es una carrera popular, cuando las canciones dejan de ser del autor y vuelven con mil voces.
El tramo más político llega cuando habla del presente. Ríos mantiene un repertorio reivindicativo y presenta una canción con título provocador, No es la tierra estúpido, eres tú, dirigida a Trump y al suicidio colectivo que estamos haciendo con el planeta. También recupera Oración, el poema de Luis García Montero convertido en canción, como percha para colgar crímenes y guerras, con Gaza como herida abierta. Su memoria de la dictadura española aparece sin dramatismos, fotos de Franco en el colegio, el miedo en casa, su padre buscando La Pirenaica entre pitidos. Y desde ese pasado critica la pasividad actual, que no salgamos a la calle con la misma fuerza para frenar injusticias. Se declara simpatizante socialista, no militante, y reconoce sentirse representado por la “postura de dignidad” del Gobierno de Pedro Sánchez, aunque sea crítico en comunicación y manejo de redes.
El cierre cambia de tono sin salir del compromiso. Ríos habla de su Fundación Miguel Ríos para el Rock y la Solidaridad, un proyecto para apoyar a quienes empiezan, recuperar enseñanza musical en etapas tempranas y sostener iniciativas comunitarias, desde formación hasta corales de mayores. Como si toda la entrevista hubiese ido hacia ahí. El arte no termina cuando baja el volumen del amplificador. Si ha servido para algo, tiene que seguir sirviendo.