En El Círculo Independiente, Euprepio Padula entrevista a Ignacio Escolar, director de elDiario.es, en un momento en el que el periodismo ya no discute solo cómo contar la realidad, sino si la realidad existe para una parte del público. Y esa es, precisamente, la herida que recorre toda la conversación. Las redes han reventado el viejo ecosistema informativo, han eliminado barreras de entrada y han creado un mercado perfecto para quien no quiere informar, sino desinformar. Escolar lo dice con crudeza. A su oficio, la irrupción de las redes sociales “nos ha destrozado”.
Padula abre con un caso que mezcla investigación periodística y límites jurídicos. La exclusiva sobre Julio Iglesias, trabajada con Univisión, y la decisión de la Fiscalía de no seguir la vía de la justicia universal porque las denunciantes no son españolas y los hechos no ocurrieron en España. Escolar explica por qué esa interpretación le parece discutible, por cómo se aplican los requisitos legales y por los precedentes que se han manejado en otras causas. Más allá del caso concreto, lo que asoma es el clima. Presión mediática, ruido político y un miedo difuso en el sistema, el temor a ser el siguiente en una época donde la justicia se ha convertido también en campo de batalla.
Ese mismo clima aparece con fuerza cuando hablan de la sentencia contra el fiscal general del Estado. Aquí Escolar no habla como analista externo, habla como periodista implicado en una historia que conoce desde dentro. Defiende que sabe “a ciencia cierta” que no fue él quien filtró la información y describe la sensación como una injusticia especialmente dolorosa, porque, en este caso, la historia va de los propios medios y de sus fuentes. De fondo está el secreto profesional, que no debería confundirse con un derecho a mentir, sino con el derecho a no revelar fuentes sin destruir el periodismo de investigación.
La charla se desplaza entonces al precio real de hacer periodismo. En Europa, dice, el precio es relativamente bajo comparado con países donde se paga con la vida, menciona México. En España, el peaje es otro, una presión judicial constante. Escolar habla de tres o cuatro demandas al mes, burofaxes, citaciones, procesos que se archivan en su inmensa mayoría, pero que desgastan igual por tiempo, dinero y noches sin dormir. Y añade una idea clave sobre la independencia. Están blindados económicamente gracias a sus socios y socias, y por eso la principal presión que sufren no es la del anunciante, es la de los tribunales.
Padula sube el tono con el fenómeno de los agitadores que se disfrazan de periodistas y pululan por el Congreso. Escolar coincide en el diagnóstico y lanza una advertencia política. No han salido antes porque a algunos les interesaba que estuvieran ahí, pero acabarán mordiendo también a quienes hoy les dan oxígeno. Aquí se ve el núcleo de su preocupación. Cuando no hay reglas claras, cuando se premia el espectáculo y se tolera la intimidación, el sistema entero se degrada.
En ese paisaje, Escolar plantea una obligación incómoda para los medios que intentan ser serios. Contarle a tu comunidad lo que no quiere leer. Explica que a veces eso cuesta bajas de socios, porque el lector se siente traicionado si la noticia negativa afecta a “los suyos”. Pero insiste en que un periódico sano es aquel en el que no estás de acuerdo con todo. Si el medio te da siempre el menú que te apetece, algo va mal.
La inteligencia artificial aparece como herramienta, no como sustituto. Escolar distingue entre lo accesorio y lo esencial. La IA puede ayudar a transcribir entrevistas, a revisar grandes volúmenes documentales o a responder incidencias técnicas de una comunidad enorme de socios. Pero el núcleo del periodismo que él defiende, contar noticias que alguien quiere que no se sepan, sigue dependiendo de llamadas, fuentes y trabajo humano.
El cierre deja una mezcla de pesimismo y voluntad. Escolar no presume de impunidad, recuerda que el director responde legalmente y que el clima social está envenenado por algoritmos que monetizan el odio. Aun así, se permite un hilo de optimismo. Los ciclos cambian, la extrema derecha no es invencible, pero el problema de fondo sigue siendo el mismo, una sociedad fragmentada y un sistema informativo convertido en fábrica de burbujas. Si no se recupera el valor de la credibilidad, lo que se rompe no es un medio. Se rompe la posibilidad de entendernos.