En El Círculo Independiente, Euprepio Padula recibe a Miquel Valls para hablar de tele, de periodismo y de un salto que, en España, se ha vuelto casi obligatorio. Presentar y escribir. Valls llega con El ruido bajo la piel, una novela que, según confiesa, no tenía muchas ganas de escribir al principio, hasta que entendió el valor de la propuesta. En televisión tienes cinco minutos, un guion, un director y un tiempo que se agota. En un libro, en cambio, mandas tú, decides el ritmo y puedes contar sin límite.
El origen del libro es casi una escena doméstica. Está durmiendo la siesta, suena el móvil, número desconocido, y al despertarse se encuentra un WhatsApp de Planeta proponiéndole publicar. Lo primero que piensa es que le están gastando una broma. Después descubre que era real y acepta con una condición muy suya. Ir enviando capítulos y, si no era decente, parar.
La novela nace pegada al duelo. Valls empezó a escribirla dos meses después de la muerte de su padre, tras un cáncer. Y ahí aparece la palabra que más se repite en el episodio. Descarga. Catarsis. El libro no es solo un thriller, es una forma de sacar lo que no se puede contar a todas horas, porque nadie puede estar 24 horas retransmitiendo lo que pasa por su cabeza. Escribir le sirvió para revivir lo que no quería revivir, olores de hospital, silencios, insomnios, pero también para ordenar una pérdida.
Padula le pregunta de qué va El ruido bajo la piel y Valls lo presenta como una historia con dos capas. La protagonista es una galerista de arte, triunfadora, que recibe la llamada de un doctor avisando de que su padre tiene una enfermedad terminal. A partir de ahí irrumpen esos silencios familiares que cambian una casa, conversaciones que desaparecen, secretos que se callan “para proteger” y que en realidad envenenan. En medio de esa decadencia familiar ocurre un gran robo en la galería. Se llevan todas las obras. Y el lector entra en el juego, descubrir si hay una banda externa o si el ladrón está dentro, en la propia familia.
Valls admite que el libro es bastante autobiográfico en la parte emocional. Más que contar la enfermedad del padre, cuenta lo que suele quedar fuera. El acompañante. La persona que sostiene, que se traga el miedo, que vive el desgaste y que casi nadie pregunta cómo está. Esa es, según él, una de las razones por las que está funcionando. Porque todo el mundo ha perdido a alguien o ha convivido con enfermedad, y ahí se reconocen. El éxito llega rápido, segunda edición en pocas semanas, algo poco habitual en un mercado donde vender más de mil ejemplares ya es una rareza.
A partir de ahí la entrevista se vuelve un retrato del oficio audiovisual. Valls se define como “contador de historias” y se ríe de lo rentable que es escribir, básicamente nada. También habla del boom de presentadores que publican, como si fuese una pantalla más en la carrera mediática. En su caso lo defiende porque cree que solo tiene sentido si tienes algo que contar y si lo que cuentas es digno. Si no, mejor no meterse.
La conversación entra en su trayectoria. Arranca en una radio municipal con 14 años, pasa por la SER con 15 o 16, estudia periodismo, beca en TV3 y un casting que le lleva a informativos, turnos de noche y madrugones. Luego vienen los saltos, programas, cadenas, y la lógica que él describe como la ley de la oferta y la demanda. Te ofrecen un proyecto nuevo, mejores condiciones, un revulsivo, y lo tomas. Ahora está cómodo en Espejo Público y reconoce que le apetecía trabajar con otros equipos.
Lo más interesante llega cuando hablan del periodismo que se está haciendo. Valls dice que lo que más le gusta es escuchar los problemas de la gente y ser altavoz, y que eso se ha perdido en el último año y medio o dos. Hemos dejado de escuchar al ciudadano para enfrascarnos en la batalla política diaria. En su diagnóstico, el Congreso se ha convertido en un show y la sobreinformación ha reventado la capacidad del espectador de interiorizar nada. Se grita, se opina, se polariza. Y se olvida lo importante, las historias que pasan a la gente cuando se apagan los focos.
El episodio también tiene su parte oscura. Valls cuenta que el momento más duro fue el proceso independentista en Catalunya, cuando sufrió amenazas, golpes en directo y hasta gas pimienta, en un clima donde algunos no aceptaban que un catalán contara lo que pasaba para una televisión de Madrid. Y aun así, la entrevista termina con una idea que Padula celebra. La gente, en la calle, pide otra cosa. Menos bronca y más humanidad. Tele y radio para hablar de ellos, de verdad. Quizá por eso El ruido bajo la piel funciona. Porque detrás del ruido público, el ruido de verdad es el que se queda bajo la piel.