8 agosto 2026
8 agosto 2026

«Mi intención es que la gente entienda que se va a m0rir» Tati Ballesteros (ECI #164)

En El Círculo Independiente, Euprepio Padula recibe a Tati Ballesteros para hablar de amor, muerte, salud mental y de una idea que suena sencilla, pero que en realidad exige una valentía enorme. Vivir con amor. La conversación gira en torno a Honrar la vida, un libro que nace, según explica la propia autora, porque la vida se lo iba pidiendo. Después de años escribiendo ficción y compartiendo reflexiones en redes, había llegado el momento de dar forma a una filosofía personal, profunda e introspectiva, que ella resume en una palabra propia, Virmor.

Ballesteros no plantea el libro como un manual de respuestas fáciles. Más bien al contrario. Lo presenta como una invitación a mirar la vida de frente, sin edulcorarla. Habla del tiempo, del perdón, del dolor, de la muerte y del amor, pero no desde una superioridad impostada, sino desde la conciencia de que todos, aunque tengamos vidas distintas, transitamos lugares parecidos. Todos perdemos, todos tememos, todos necesitamos que alguien nos diga, aunque sea de forma indirecta, que lo que nos pasa también le pasa a otros.

El objetivo del libro, dice, es duro pero necesario. Que la gente entienda que se va a morir, que el tiempo es finito y que la vida se va. Dicho así puede sonar brutal, pero no hay morbo en esa afirmación. Hay una llamada a la presencia. Ballesteros no quiere empujar al lector hacia el miedo, sino hacia la lucidez. Si la vida se acaba, entonces quizá conviene vivirla con más verdad, con menos ruido y con más amor.

La muerte ocupa un lugar central en la conversación. Euprepio Padula plantea que es uno de esos temas que evitamos mirar, aunque condiciona casi todo lo que hacemos. Ballesteros coincide. Tenemos una relación distante con la muerte, la apartamos, la escondemos, actuamos como si no existiera. Y, sin embargo, es lo único seguro que tenemos. Reconciliarse con ella no significa quitarle dolor ni buscarle una explicación perfecta. Significa aceptar que forma parte de la vida y tratar de encontrar algo de paz dentro de un tránsito que siempre será personal.

En el duelo, Ballesteros aporta una reflexión especialmente luminosa. Cuando alguien cercano se va, no solo perdemos a esa persona. También se va una versión de nosotros mismos, la que existía junto a ella. Intentar retener esa versión puede ser una forma de sufrimiento añadido. El duelo también consiste en aceptar que ya no vamos a ser exactamente los mismos. Algo se va, sí, pero algo queda. Y vivir después de una pérdida es aprender a caminar con esa ausencia sin convertirla en una cárcel.

El amor aparece entonces como la otra gran columna del episodio. Para Ballesteros, el amor lo es todo. Es cimiento y techo. Es una forma de salvación. Padula le plantea el choque con la maldad, con las personas tóxicas, con quienes parecen vivir desde el daño. La conversación no cae en la ingenuidad. La maldad existe. Hay personas malas y hay situaciones en las que no basta con buscar “lo bueno” escondido. Ballesteros distingue entre psicopatía y maldad, y aunque cree que incluso en lugares muy oscuros puede haber algo de bondad, también deja claro que eso no obliga a soportar el daño de nadie.

De ahí se pasa a la salud mental y al momento que vivimos. Guerras, polarización, manipulación, redes sociales, sobreinformación. El mundo no ayuda precisamente a estar en calma. Frente a ese panorama, Ballesteros propone dos ideas muy concretas. Protegerse de tanta información y cultivar pensamiento crítico. Dudar, discernir, apagar la televisión cuando haga falta, informarse desde un lugar sano y no permitir que la realidad exterior dicte por completo nuestro estado interior.

La preocupación aumenta cuando la conversación entra en los jóvenes. Ballesteros advierte que están construyendo su identidad en un mundo completamente distinto al que conocieron los adultos, mientras el sistema educativo sigue funcionando como si ese mundo no hubiera cambiado. Por eso reclama una educación más práctica, más conectada con la vida real y más orientada a que las nuevas generaciones aprendan a vivir hacia dentro, no solo hacia fuera, expuestas permanentemente a estímulos, comparaciones y ruido.

El cierre vuelve al corazón del libro. Honrar la vida no promete soluciones mágicas. No dice cómo vivir, ni ofrece recetas de autoayuda envasadas al vacío. Invita a reflexionar. A mirar la propia vida desde una perspectiva que permita sostenerla incluso cuando se vuelve difícil. Ballesteros reconoce que todos tenemos, en algún momento, una “mierda de vida”. Pero insiste en que, aun así, la vida merece la pena. No porque sea siempre fácil, sino porque incluso en sus etapas más oscuras puede aparecer algo de luz.

Y cuando esa luz no se encuentra solo, también hay que pedir ayuda. Hablar de salud mental ha sido uno de los avances más importantes de los últimos años, recuerda. Ir a terapia, buscar un buen profesional, probar hasta encontrar una relación humana y terapéutica que funcione. Porque honrar la vida no consiste en poder con todo. Consiste también en reconocer cuándo necesitamos que alguien nos ayude a volver a mirarla con amor.