8 agosto 2026
8 agosto 2026

«Los periodistas no podemos vendernos y estamos muy vendidos» Marta Solano (ECI #166)

En El Círculo Independiente, Euprepio Padula recibe a Marta Solano para hablar de periodismo, comunicación y literatura. La entrevista arranca con una imagen que define bien su forma de estar delante de una cámara o de un micrófono. La sonrisa. Padula destaca esa capacidad de comunicar cercanía incluso cuando el tema es duro, y Solano lo explica de forma sencilla. No hace un papel delante de las cámaras. Le sale natural. Para ella, la sonrisa no es un gesto superficial, sino una tarjeta de presentación y, a veces, una manera de tranquilizar.

A partir de ahí, la conversación entra en La ciudad de los girasoles, una novela que mezcla ficción, investigación periodística y una realidad incómoda. Solano se define como periodista, pero sobre todo como comunicadora. Ha pasado por televisión, radio, eventos, docencia y distintos formatos, pero escribir representa algo más. Es una forma de viajar, de vivir otras vidas y de abrir un espacio creativo que la información diaria no siempre permite. Si el periodismo la mantiene pegada a la realidad, la ficción le permite convertir esa realidad en una historia universal.

La ciudad de los girasoles sucede en un lugar ficticio, aunque la autora lo sitúa mentalmente en el este de Europa. No quiso hablar de un país concreto porque el fondo del libro no pertenece solo a una guerra. Pertenece a todas. El tema central es el robo de niños como botín de guerra. Según explica Solano, más de 36.000 niños han sido robados en conflictos armados recientes en todo el mundo. No se trata solo de territorios, fronteras o intereses geopolíticos. Se trata de identidades arrancadas, familias destruidas y menores convertidos en instrumento de un invasor.

El título del libro hace referencia al nombre de un campamento en el que militarizan a niños, les cambian la identidad y tratan de borrar sus raíces. Solano plantea una imagen durísima. Qué pasaría si un gran imperio invadiera España o Italia, se llevara a los niños de hospitales u orfanatos, les cambiara el pasaporte, los desplazara miles de kilómetros y les obligara a odiar el país del que proceden. La novela trabaja desde esa pregunta y obliga al lector a mirar una realidad que muchas veces pasa desapercibida.

La autora reconoce que el 90 por ciento de lo que aparece en el libro nace de historias reales. Para escribirlo habló con víctimas que consiguieron regresar, con rescatadores de ONG, investigadores y abogados que trabajan en crímenes de guerra ante la Corte Penal Internacional. También incorporó testimonios procedentes de distintos conflictos, desde Ucrania hasta Gaza, Sudán o guerras del sudeste asiático y Latinoamérica. El libro no busca recrearse en el horror, pero tampoco esconderlo. Hay escenas que proceden de noticias reales, como los perros alimentándose de cadáveres bajo los escombros mientras la población muere de hambre.

Solano recuerda también que el robo de niños no es nuevo. Ha ocurrido en otras guerras y con otros nombres. Menciona el antecedente nazi, los niños arrancados de países ocupados, las adopciones ilegales, los niños soldado, la trata y la pérdida completa de identidad. En el caso de Ucrania, señala la orden de detención contra Vladimir Putin por el robo de miles de menores. Lo que plantea la novela, por tanto, no es una distopía lejana. Es algo que ya está pasando.

La entrevista también permite conocer a Marta Solano desde su trayectoria profesional. Afirma que no se ve haciendo otra cosa que comunicar. La radio, la televisión, los informativos, los magazines, la cultura, los viajes y la docencia forman parte de una misma vocación. Recuerda con cariño sus primeros pasos como presentadora, los nervios, los errores y ese momento casi cómico en el que, en directo, se le soltó un botón de la chaqueta. También menciona los Juegos Olímpicos de Londres como uno de los grandes hitos de su carrera, especialmente después de haberse perdido los de Pekín por una lesión laboral.

No todo en el periodismo ha sido luminoso. Solano habla de los momentos más duros, casi siempre vinculados a historias con niños. El caso Asunta, el caso de Gabriel Cruz o las entrevistas reiteradas a la familia de Marta del Castillo le dejaron una huella profunda. Preguntar a unos padres por una hija que aún no ha aparecido, dice, rompe el corazón. Ahí aparece también una reflexión sobre los límites del tratamiento televisivo de algunos sucesos y sobre el riesgo de convertir el dolor en espectáculo.

En el tramo final, la conversación gira hacia el estado actual del periodismo. Solano defiende que la profesión debe demostrar ese cuarto poder que es, especialmente en un momento de filtraciones, escándalos, bulos y polarización. Reivindica el trabajo de investigación y verificación, pero también lamenta el avance del “periodismo de bufanda”, primero en el deporte y ahora en la política. Tertulias donde ya se sabe qué partido va a defender cada uno, opiniones convertidas en camisetas y muy poco espacio para voces verdaderamente independientes.

La ciudad de los girasoles aparece entonces como una respuesta a todo eso. Una novela escrita desde el dolor, sí, pero también desde la esperanza. Solano quiere que se lea porque cuenta una verdad incómoda que no se conoce y porque recuerda que, incluso en la guerra, también existe lo mejor del ser humano. Personas que arriesgan su vida para rescatar niños que no son sus hijos. Gente que cruza frentes y trincheras por puro altruismo. Historias que demuestran que, cuando todo se rompe, todavía puede aparecer la bondad. Por eso su libro no habla solo de guerra. Habla de lo que queda de nosotros cuando la guerra intenta robárnoslo todo.