En El Círculo Independiente, Euprepio Padula recibe a Millán Salcedo, actor, humorista y uno de los grandes nombres del humor español. La entrevista parte del recuerdo inevitable de Martes y Trece, pero no se queda en la nostalgia. A través de una conversación llena de humor, memoria y libertad, Salcedo repasa su trayectoria, su relación con los escenarios, el precio del éxito y la necesidad de recuperar el sentido del humor en una sociedad cada vez más crispada.
Millán recuerda que desde pequeño tuvo una relación muy cercana con el mundo artístico. Primero fue la música, el canto y el escenario. Después llegó Madrid, la Escuela de Arte Dramático y una carrera marcada por la intuición, el trabajo y una enorme capacidad para conectar con el público. Él mismo se define como “aprendiz de todo y maestro de nada”, una frase que resume bien una vida en la que ha cantado, escrito, dirigido, interpretado y hecho reír a varias generaciones.
La conversación vuelve inevitablemente al fenómeno de Martes y Trece. Salcedo reconoce que, casi tres décadas después de su separación, el público sigue recordando sus sketches, personajes y frases. Para él, ese recuerdo no es una carga, sino una muestra de reconocimiento. De ahí nace también Pregúntamelo, su espectáculo actual, donde traslada al escenario lo que muchas personas le preguntan por la calle. La fórmula es sencilla. El público pregunta y él responde, con una promesa de partida. Decir la verdad, aunque toda la verdad parezca mentira.
Ese formato le permite disfrutar de una libertad que ahora valora especialmente. A sus 71 años, Salcedo reconoce que ya no quiere depender de un texto cerrado ni de sesenta folios memorizados. Prefiere navegar sobre la marcha, improvisar, escuchar al público y construir cada función desde el encuentro directo con quienes van a verle. En esa espontaneidad ha encontrado una nueva forma de felicidad profesional.
Padula le pregunta también por el humor de hoy. Salcedo no cree que el humor haya cambiado tanto como la sensibilidad que lo rodea. Habla de una sociedad más frágil, más propensa a la ofensa y marcada por nuevas formas de censura social. Frente a eso, reivindica las raíces del humor. Invita a volver al blanco y negro, a El Gordo y el Flaco, a los Hermanos Marx o a Chaplin. Para él, todo viene de ahí, de una tradición que mezclaba inteligencia, absurdo, gesto y libertad.
La entrevista también deja espacio para hablar del amor, del deseo y de la libertad personal. Salcedo se muestra directo, divertido y sin solemnidad al hablar de su vida afectiva actual, de las aplicaciones de ligue y de la liberación con la que mucha gente vive hoy su sexualidad. Sin convertirlo en un manifiesto, defiende que cada uno haga lo que crea conveniente y que la libertad también consiste en no tener que explicarse constantemente.
Pero el éxito, reconoce, también tuvo un coste. Durante los años de mayor popularidad sintió que perdía algo esencial. La libertad. No podía salir a ningún sitio sin ser reconocido, observado o perseguido por una fama que, aunque nacía del cariño, podía resultar asfixiante. Hoy, en cambio, vive el reconocimiento de otra manera. Ya no siente que la gente solo le reconozca, sino que le da su reconocimiento. Le devuelve cariño, gratitud y memoria.
La conversación se abre después al presente social y político. Salcedo admite que no ve la televisión porque los debates le aburren y le cansan. Percibe demasiada crispación, demasiado partidismo y demasiado odio. Resume esa lógica con una expresión clara. “Quítate tú para ponerme yo”. También habla de la manipulación mediática y de cómo una frase puede convertirse en un titular de carnaza.
En el tramo final, Padula le pregunta qué quiere decir que no haya dicho ya. La respuesta de Millán funciona casi como conclusión de la entrevista. Hay que respirar el sentido del humor. Basta de critiqueo, de odio y de tensión permanente. En un momento en el que todo parece discutirse desde la agresividad, Salcedo reivindica la risa como oxígeno para la cabeza.
La entrevista deja el retrato de un artista agradecido, libre y consciente del lugar que ocupa en la memoria sentimental de este país. Millán Salcedo no habla solo de humor, habla de una manera de vivir. De mirar la realidad con distancia, no tomarse demasiado en serio y recordar que, incluso en los tiempos más ásperos, reír sigue siendo imprescindible.