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La amiga estupenda: cuando la ficción no necesita maquillar la vida

Hay series que uno mira. Y hay series que uno reconoce.

A mí me ocurre esto último con La amiga estupenda. La veo y, aunque la historia transcurra en un barrio pobre de la Nápoles de la posguerra y yo haya nacido en Puglia, siento que conozco muchas de esas calles, esas casas, esas familias, esos silencios. No porque haya vivido exactamente la historia de Lila y Lenù, sino porque vengo también del sur de Italia, de una familia muy humilde y de un entorno donde la vida podía ser dura. Y porque hay códigos que quienes hemos nacido allí reconocemos inmediatamente.

Quizá por eso lo que más me fascina de esta serie es su desnuda realidad.

No intenta embellecer la pobreza. No convierte las dificultades en una postal nostálgica del sur de Italia. No maquilla la violencia, el machismo, las desigualdades ni la brutalidad que podía existir dentro de las propias familias. Tampoco juzga constantemente a sus personajes desde la cómoda superioridad moral del presente.

Simplemente los muestra.

Y eso es tremendamente poderoso.

El Nápoles que aparece en La amiga estupenda es un lugar donde nacer en una determinada calle, en una determinada familia y, sobre todo, siendo mujer podía condicionar prácticamente toda una vida.

La pobreza no era únicamente no tener dinero. Era algo mucho más profundo. Era no tener oportunidades. No conocer otros mundos. No imaginar siquiera que esos mundos podían existir.

Ese es uno de los grandes temas de la serie y uno de los que personalmente más me conmueven: la educación como posibilidad de escapar del destino que otros habían escrito para ti.

Lenù estudia. Los libros se convierten en una puerta. Cada página que lee amplía unos centímetros el horizonte que le habían asignado al nacer.

Lila, probablemente más brillante todavía, tiene que abandonar los estudios.

Y ahí aparece una de las injusticias más brutales de aquella sociedad: el talento existía en todas partes, pero las oportunidades no.

¿Cuántas Lilas hubo en Italia?

¿Cuántas niñas extraordinariamente inteligentes acabaron encerradas en una cocina, en un taller, cuidando hermanos o dependiendo de un marido porque nadie consideró necesario invertir en su educación?

Millones.

Y no hace tanto tiempo.

Por eso La amiga estupenda es también una extraordinaria historia sobre las mujeres.

Mujeres fuertes, contradictorias, sometidas y rebeldes al mismo tiempo. Mujeres que viven dentro de un mundo construido esencialmente por hombres, donde la violencia masculina forma parte demasiadas veces del paisaje cotidiano.

Pero reducir a Lila y Lenù a víctimas sería profundamente injusto.

Son supervivientes.

Cada una utiliza las armas que tiene.

Una intenta conquistar el mundo a través del conocimiento. La otra lo desafía con una inteligencia feroz, con su carácter y con una resistencia casi animal frente a todo aquello que pretende domesticarla.

Y entre ambas aparece el corazón de toda la historia: la amistad.

Pero tampoco aquí hay azúcar.

La amistad entre Lila y Lenù no es perfecta. Hay admiración y amor, pero también competencia, celos, dependencia, fascinación y resentimiento.

Quizá precisamente por eso resulta tan verdadera.

Porque las grandes relaciones humanas rara vez son simples.

Elena Ferrante entendió algo esencial: algunas personas entran en nuestra vida y se convierten simultáneamente en espejo, refugio, rival y motor. Lila y Lenù crecen midiéndose constantemente la una frente a la otra. Y, de alguna manera, ninguna puede entender completamente quién es sin mirar a la otra.

Hay además algo que para quienes venimos del sur resulta especialmente reconocible: la familia como protección y como cárcel.

La familia lo era todo.

Te protegía, te alimentaba, te daba identidad y pertenencia. Pero también podía decidir quién debías ser, qué debías estudiar, con quién debías relacionarte, cuándo debías casarte o qué sueños eran demasiado grandes para alguien de tu condición.

Yo conozco bien ese universo.

Vengo de una familia muy humilde del sur de Italia. De un ambiente donde las familias trabajaban muchísimo, donde las madres hacían milagros con prácticamente nada, donde compartir era muchas veces una necesidad antes que una virtud y donde la distancia entre quienes tenían oportunidades y quienes no las tenían podía empezar simplemente en la casa en la que habías nacido.

Por eso cuando veo La amiga estupenda no siento que esté contemplando una Italia remota.

Reconozco gestos.

Reconozco miradas.

Reconozco la manera de hablar de los mayores, el peso de la familia, la importancia del barrio, el orgullo, la vergüenza de parecer pobre, la obsesión por mejorar la vida de los hijos.

Y reconozco especialmente una idea que ha acompañado a millones de familias del sur italiano: que los hijos tenían que llegar más lejos que sus padres.

Quizá ahí esté también una de las claves de su enorme éxito en España.

Porque esta historia es profundamente italiana, profundamente napolitana, pero al mismo tiempo es universal.

España conoce perfectamente esa memoria.

También aquí hubo familias humildes, mujeres obligadas a abandonar demasiado pronto la escuela, barrios donde las oportunidades eran escasas, padres que trabajaron hasta dejarse la piel para que sus hijos pudieran estudiar y generaciones enteras que entendieron la educación como un ascensor social.

Muchos espectadores quizá estén viendo Nápoles, pero están recordando a sus propias madres y abuelas.

Y eso produce una identificación emocional potentísima.

Además, vivimos un momento televisivo obsesionado con la velocidad. Todo tiene que suceder inmediatamente. Las imágenes deben ser perfectas, los personajes atractivos, las casas maravillosas y los conflictos resolverse rápidamente.

La amiga estupenda hace exactamente lo contrario.

Se toma su tiempo.

Nos obliga a mirar.

A escuchar.

A convivir con personajes incómodos.

Y sobre todo se atreve a mostrar algo que cada vez aparece menos en nuestras pantallas: la vida sin filtros.

Quizá por eso está funcionando.

Porque detrás de la extraordinaria historia de Lila y Lenù existe una pregunta que atraviesa toda la serie y que sigue siendo absolutamente contemporánea:

¿Cuánto de nuestra vida depende de nuestro talento y cuánto del lugar donde nacemos?

Nos gusta pensar que vivimos en sociedades donde cualquiera puede llegar a cualquier parte si se esfuerza suficientemente.

Pero no es completamente verdad.

El código postal sigue importando. La familia en la que nacemos sigue importando. La educación sigue importando. El dinero sigue importando. Las personas que creen en nosotros cuando somos niños siguen importando.

La movilidad social continúa siendo uno de los grandes desafíos de nuestras democracias.

Por eso La amiga estupenda no es solamente una maravillosa serie sobre la Italia del siglo XX.

Es también un espejo incómodo del presente.

Yo la miro como espectador, pero inevitablemente también la miro como italiano.

Y algunas veces incluso como aquel niño del sur que fui.

Quizá por eso determinadas escenas no me parecen ficción.

Me parecen memoria.

La memoria de una Italia pobre que consiguió transformarse. De mujeres que tuvieron que luchar mucho más que los hombres para conquistar espacios de libertad. De familias que, teniendo muy poco, soñaron con que sus hijos tuvieran mucho más.

Y sobre todo la memoria de una generación que descubrió que estudiar podía ser una forma de libertad.

Por eso creo que La amiga estupenda está conquistando a tantos espectadores.

Porque no habla únicamente de Lila y Lenù.

Habla de nuestras madres.

De nuestras abuelas.

De nuestros barrios.

De las oportunidades que tuvimos y de las que otros nunca tuvieron.

Y nos recuerda algo que convendría no olvidar:

el lugar donde nacemos puede marcar nuestro punto de partida, pero una sociedad verdaderamente justa debería impedir que determine también nuestro punto de llegada.