Ayer escribí sobre La amiga estupenda. Lo hice desde un lugar inevitablemente personal: como italiano, como hombre nacido en el sur, como alguien que reconoce en muchas de sus imágenes una pobreza, unas familias, unas calles y una forma de entender la vida que no necesitan demasiadas explicaciones para quienes venimos de allí.
No pensaba volver tan pronto sobre la serie.
Pero la enorme acogida que ha tenido aquel artículo y, sobre todo, el extraordinario fenómeno que está provocando la llegada de la ficción a la televisión pública española me han llevado a hacerme otra pregunta. Una bastante más difícil.
¿Por qué?
¿Por qué una historia sobre dos niñas nacidas en un barrio pobre del Nápoles de la posguerra ha conseguido convertirse en un fenómeno en más de 170 territorios?
¿Por qué alguien en España, Estados Unidos, China, Francia o Latinoamérica puede sentirse interpelado por Lila y Lenù?
Creo que la respuesta tiene poco que ver con Nápoles.
O, mejor dicho, tiene que ver con Nápoles precisamente porque Nápoles acaba convirtiéndose en el mundo.
EL BARRIO DEL QUE ES TAN DIFÍCIL SALIR
La amiga estupenda cuenta muchas cosas. Cuenta una amistad. Cuenta la violencia. Cuenta la condición de las mujeres. Cuenta el amor, los celos, la inteligencia, el sexo, la familia, la maternidad y el poder.
Pero debajo de todas ellas hay una pregunta gigantesca:
¿Hasta qué punto podemos escapar del lugar en el que hemos nacido?
Ahí está, para mí, una de las razones fundamentales de su universalidad.
Lila y Lenù nacen prácticamente en el mismo sitio. Son dos niñas extraordinariamente inteligentes. Las separan apenas unas calles, unos años y unas circunstancias aparentemente pequeñas.
Y, sin embargo, sus vidas pueden terminar siendo radicalmente distintas.
¿Por qué?
Porque el talento no basta.
Esta es quizá una de las verdades más incómodas de La amiga estupenda.
Nos hemos acostumbrado a una narrativa contemporánea según la cual cualquiera puede conseguir cualquier cosa si trabaja suficientemente, se esfuerza suficientemente o tiene suficiente talento.
Ferrante destruye esa fantasía.
Lila probablemente posee una inteligencia excepcional. Pero abandona los estudios. Lenù puede continuar.
Y esa decisión, que cuando somos niños podría parecer casi administrativa —seguir estudiando o no hacerlo—, termina convirtiéndose en una bifurcación gigantesca entre dos vidas.
Una encuentra una escalera.
La otra encuentra un muro.
EL ASCENSOR SOCIAL
Por eso La amiga estupenda es también una obra sobre el ascensor social.
Y por eso resulta extraordinariamente contemporánea.
Durante décadas, Europa construyó una promesa: que un hijo podía vivir mejor que sus padres. Que una niña nacida en una familia humilde podía estudiar. Que la educación pública podía corregir parcialmente la lotería del nacimiento. Que el código postal de una persona no tenía por qué convertirse en su destino.
Nunca fue completamente cierto.
Pero fue una aspiración colectiva.
La serie nos recuerda lo que sucede cuando ese ascensor no existe, funciona mal o solamente se detiene en determinados pisos.
Lenù asciende.
Pero incluso cuando asciende descubre algo todavía más interesante: salir de la pobreza no significa necesariamente dejar de sentirse pobre.
Puedes cambiar de ciudad.
Puedes estudiar.
Puedes aprender a hablar de otra manera.
Puedes entrar en ambientes intelectuales.
Puedes relacionarte con personas pertenecientes a otras clases sociales.
Y, sin embargo, seguir preguntándote en silencio si realmente perteneces a ese mundo.
Ese sentimiento tiene un nombre que millones de personas conocen aunque nunca hayan leído a Elena Ferrante: la distancia entre haber llegado y sentir que tienes derecho a estar allí.
Por eso el ascenso de Lenù no es el típico relato tranquilizador de superación.
La clase social permanece dentro de ella.
Como permanece el barrio.
Como permanece la familia.
Como permanece el acento.
Como permanece la vergüenza.
Como permanece el miedo a ser descubierta como alguien que viene de otro lugar.
Los estudios académicos sobre la obra han insistido precisamente en esta paradoja: la educación permite a Elena ascender, pero no elimina las jerarquías de clase ni la sensación de estar siendo examinada por un mundo que originalmente no estaba pensado para una mujer pobre del sur de Italia.
LA GRAN MENTIRA DE LA MERITOCRACIA
Y aquí La amiga estupenda se vuelve profundamente política.
No porque diga a quién debemos votar.
Eso sería lo menos interesante.
Es política porque nos obliga a discutir sobre quién tiene oportunidades y quién no las tiene.
Lila y Lenù permiten formular una pregunta devastadora:
¿Cuánto talento estamos perdiendo como sociedad simplemente porque nace en el lugar equivocado?
¿Cuántas Lilas existen hoy?
Niñas brillantísimas que nacen en familias sin recursos.
Jóvenes que abandonan sus estudios.
Personas extraordinariamente capaces que nunca entrarán en determinados círculos porque nadie les ha explicado siquiera dónde está la puerta.
La meritocracia solamente puede existir cuando las personas parten de posiciones mínimamente comparables.
De lo contrario, podemos terminar llamando mérito al privilegio.
Lila es precisamente la prueba.
No fracasa porque sea menos inteligente.
Fracasa, si queremos utilizar esa palabra terrible, porque alrededor de su talento existen pobreza, patriarcado, violencia, falta de oportunidades y una estructura social que reduce dramáticamente su capacidad para elegir.
UNA SERIE SOBRE MUJERES QUE ES TAMBIÉN UNA SERIE SOBRE EL PODER
Existe otra razón de su extraordinaria actualidad.
Las protagonistas son mujeres.
Y no mujeres contempladas desde fuera.
Mujeres que piensan, desean, compiten, odian, aman, tienen ambición, sienten envidia, se equivocan, tienen sexo, sufren violencia y quieren decidir.
Ferrante no necesita convertirlas en heroínas perfectas para hacerlas poderosas.
Al contrario.
Las hace humanas.
Y muestra algo que hoy puede parecernos evidente pero que durante generaciones no lo fue: que para una mujer la emancipación económica, intelectual y sentimental están profundamente relacionadas.
Cuando una mujer no puede estudiar, trabajar o disponer de recursos propios, su libertad sentimental también se reduce.
Cuando depende económicamente de un padre, un hermano o un marido, la palabra libertad adquiere otro significado.
Por eso la violencia que vemos en La amiga estupenda no pertenece solamente a unos hombres violentos.
Pertenece a una estructura.
LA POBREZA SIN FILTROS
Hay además algo que explica su éxito internacional y que personalmente me fascina.
La serie no embellece la pobreza.
Durante demasiado tiempo hemos convertido la pobreza cinematográfica en una estética.
Ropa bonita aunque desgastada. Casas humildes pero fotogénicas. Familias pobres llenas de dignidad, solidaridad y enseñanzas morales.
Ferrante no necesita hacer eso.
La pobreza puede producir solidaridad, sí.
Pero también produce miedo.
Dependencia.
Humillación.
Violencia.
Competencia.
Silencios.
Sueños pequeños porque soñar demasiado puede resultar peligroso.
El barrio de La amiga estupenda no es un decorado pintoresco de Nápoles.
Es una estructura de poder.
Investigadores que han estudiado las novelas desde una perspectiva sociológica han señalado precisamente esa capacidad para representar simultáneamente exclusión social, guetización, ilegalidad, violencia y opresión femenina sin romantizar la pobreza.
Quizá por eso reconocemos ese barrio incluso quienes nunca hemos estado allí.
Porque todos los países tienen sus propios barrios de los que cuesta salir.
¿POR QUÉ FUNCIONA EN 170 TERRITORIOS?
Creo que precisamente por eso.
Porque el espectador chino no necesita haber vivido en Nápoles.
Ni el estadounidense.
Ni el español.
Ni el argentino.
Cada uno puede ponerle otro nombre al barrio.
Cada sociedad conoce la diferencia entre quienes nacen con una red debajo y quienes nacen sin ella.
Cada país tiene personas que deben recorrer cien metros para llegar al mismo sitio al que otras llegan recorriendo diez.
Y todos conocemos, de una manera u otra, la pregunta fundamental de Lila y Lenù:
¿Qué habría sido de mí si hubiera nacido en otra familia, en otro barrio, con otras oportunidades?
Esa pregunta no tiene nacionalidad.
DE
THE WIRE
A
PARASITE
Por eso creo que La amiga estupenda pertenece a una familia muy particular de grandes fenómenos culturales internacionales.
No necesariamente son series idénticas.
Pero comparten una característica: utilizan historias extraordinariamente locales para explicar desigualdades universales.
The Wire convirtió Baltimore en una radiografía del poder, la pobreza, la educación y las instituciones.
Parasite, aunque sea una película, hizo de una casa de Seúl una metáfora brutal de la distancia entre clases sociales y consiguió que prácticamente cualquier sociedad pudiera reconocerse en aquellas escaleras que unos subían y otros bajaban.
Maid mostró que abandonar una relación violenta no depende únicamente de decidir marcharse: hacen falta dinero, vivienda, protección y oportunidades.
Pachinko convirtió una historia familiar coreana atravesada por generaciones, migraciones y discriminación en una reflexión universal sobre identidad, pertenencia y movilidad social.
Y quizá podríamos incluir también Normal People, desde otro registro, porque detrás de la relación entre Marianne y Connell aparecen continuamente la clase social, el dinero, la educación y la sensación de pertenecer —o no— a determinados espacios.
Todas demuestran algo que la industria audiovisual olvida demasiadas veces:
cuanto más auténticamente local es una historia, más posibilidades tiene de convertirse en universal.
No necesitamos personajes diseñados para gustar simultáneamente en cincuenta mercados.
Necesitamos verdad.
POR QUÉ LA NECESITAMOS PRECISAMENTE AHORA
Pero hay una última razón por la que creo que La amiga estupenda llega a España en un momento extraordinariamente interesante.
Vivimos sociedades cada vez más obsesionadas con la identidad y quizá demasiado poco preocupadas por la desigualdad.
Discutimos permanentemente sobre quiénes somos.
Pero mucho menos sobre qué oportunidades tenemos.
Y una democracia no puede conformarse con proclamar que todos somos iguales ante la ley.
Debe preguntarse cuánto pesa el origen familiar en el futuro de una persona.
Cuánto pesa el barrio.
Cuánto pesa el dinero de los padres.
Cuánto pesa la escuela a la que puedes acceder.
Cuánto pesa conocer a las personas adecuadas.
Cuánto pesa incluso saber hablar con los códigos adecuados.
Porque cuando una sociedad deja de creer que sus hijos pueden vivir mejor que sus padres ocurre algo peligrosísimo.
Se rompe la esperanza.
Y cuando se rompe la esperanza, crecen el resentimiento, la desconfianza hacia las instituciones y la búsqueda de soluciones radicales.
Por eso el ascensor social no es únicamente una cuestión económica.
Es una cuestión democrática.
LILA Y LENÙ SOMOS NOSOTROS
Quizá ahí esté finalmente el secreto.
Más de 170 territorios no se han enamorado de La amiga estupenda porque quieran conocer cómo era Nápoles en los años cincuenta.
Se han enamorado porque han reconocido algo.
El miedo a quedarse atrás.
El deseo de marcharse.
La culpa por haber conseguido marcharse.
La amistad con quienes tomaron otro camino.
La familia de la que queremos escapar y a la que seguimos perteneciendo.
El descubrimiento de que estudiar puede cambiar una vida.
Y la terrible certeza de que existen personas cuyo talento jamás conoceremos porque nunca tuvieron una oportunidad.
Por eso Lila y Lenù no son solamente dos niñas de un barrio pobre de Nápoles.
Son las dos caras de una pregunta que todas nuestras sociedades deberían volver a hacerse:
¿hasta qué punto permitimos que una persona sea algo diferente de aquello que su nacimiento había decidido para ella?
Quizá por eso La amiga estupenda parece una historia del pasado.
Y quizá por eso mismo habla tanto de nuestro presente.
