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Alice Weidel: la libertad que la extrema derecha se reserva para sí misma

El próximo 6 de septiembre, Sajonia-Anhalt puede convertirse en el escenario de un acontecimiento político de enorme trascendencia. Las encuestas sitúan a Alternativa para Alemania —AfD— alrededor del 40% de los votos, con algunos sondeos que incluso la han elevado hasta el 43%. Sería la primera vez desde 1945 que una formación de extrema derecha se encontrara en condiciones de gobernar en solitario un estado alemán. No estamos, por tanto, ante una elección regional más. Estamos ante una prueba para la democracia alemana y una seria advertencia para toda Europa.

El candidato regional de AfD es Ulrich Siegmund, pero su principal referente nacional es Alice Weidel, colíder del partido y una de las figuras más reconocibles de la extrema derecha europea. Su biografía ha sido utilizada muchas veces para construir una caricatura fácil: una mujer homosexual, con una pareja de origen extranjero, que vive parcialmente fuera de Alemania y dirige un partido nacionalista, contrario a la inmigración y defensor de la familia tradicional.

Pero el problema no es su vida privada. Y conviene dejarlo claro desde el principio.

Alice Weidel tiene derecho a amar a quien quiera, a formar la familia que desee y a vivir donde considere oportuno. Su orientación sexual, su pareja y sus hijos no deberían utilizarse jamás para descalificarla. Hacerlo significaría asumir precisamente la lógica de discriminación que debemos combatir.

La contradicción que importa no es personal. Es profundamente política.

UNA VIDA LIBRE, UNA POLÍTICA RESTRICTIVA

AfD proclama en su programa que la familia tradicional constituye el modelo de referencia y la define como aquella en la que “madre y padre” asumen conjuntamente la responsabilidad sobre sus hijos. El partido se ha opuesto al matrimonio igualitario y combate las políticas de diversidad sexual y de género. 

Alice Weidel, sin embargo, mantiene desde hace años una relación con una mujer nacida en Sri Lanka y adoptada por una familia suiza. Ambas crían a dos hijos y su vida familiar transcurre en buena medida en Suiza.

No hay nada reprochable en ello. Al contrario: su familia demuestra el valor de una sociedad abierta, capaz de reconocer que existen muchas formas legítimas de amar, convivir y criar a unos hijos.

Lo que resulta difícilmente aceptable es que Weidel disfrute personalmente de esas libertades mientras contribuye a construir un proyecto político que pretende limitar su reconocimiento para los demás.

Ese es el núcleo de la contradicción: no vivir de una determinada manera, sino negar legitimidad social o política a quienes viven exactamente como ella.

AfD también ha convertido la inmigración y la llamada “remigración” en pilares de su discurso. Presenta la diversidad cultural como una amenaza, exige deportaciones a gran escala y defiende una concepción excluyente de la identidad nacional. Sin embargo, la persona con la que Weidel ha construido su vida nació fuera de Europa. Y mientras el partido convierte el nacionalismo alemán en una bandera permanente, su entorno familiar reside en Suiza.

La cuestión no es dónde vive Weidel ni cuál es el origen de su pareja. La cuestión es por qué circunstancias perfectamente legítimas en su propia biografía se convierten, cuando afectan a otras personas, en argumentos para señalar, excluir o restringir derechos.

LA GRAN CONTRADICCIÓN DE LA EXTREMA DERECHA

Alice Weidel no es una excepción. Representa una de las características más profundas de la nueva extrema derecha mundial: reclamar libertad para sus dirigentes mientras se propone reducir la libertad de los demás.

Defiende la soberanía nacional, pero construye alianzas internacionales con movimientos que trabajan coordinadamente para debilitar el proyecto europeo. Denuncia a las élites mientras está dirigida, financiada o respaldada por personas que forman parte de ellas. Se presenta como enemiga del sistema, aunque aspira a controlar todas sus instituciones. Invoca la libertad de expresión para difundir sus mensajes, pero cuestiona la independencia de periodistas, universidades, jueces y medios públicos cuando ejercen esa misma libertad para fiscalizarla.

Habla de seguridad, pero erosiona la convivencia. Habla de identidad, pero convierte la diferencia en sospecha. Habla de proteger a las familias, pero solo reconoce plenamente aquellas que encajan en su modelo ideológico. Habla en nombre del pueblo, aunque comienza por decidir quién merece formar parte de él.

Esta contradicción aparece con diferentes rostros en Alemania, Italia, Francia, Hungría, Estados Unidos, Argentina y otros muchos países. Cambian los símbolos, los enemigos elegidos y la intensidad del discurso, pero el mecanismo es semejante: transformar el miedo en identidad política y la frustración en hostilidad contra un grupo vulnerable.

El inmigrante, la persona LGTBIQ+, el feminismo, el ecologismo, los medios públicos, la cultura, la universidad o las instituciones europeas pueden ocupar sucesivamente el papel de adversario. Lo importante no es solucionar los problemas reales de la ciudadanía, sino proporcionar un culpable reconocible.

EL PRIVILEGIO DE LA INCOHERENCIA

Las contradicciones personales no invalidan automáticamente una propuesta política. Todos vivimos con algún grado de incoherencia. Pero existe una diferencia sustancial entre no cumplir siempre los valores que uno defiende y utilizar el poder político para negar a otros las libertades de las que uno mismo disfruta.

Weidel puede vivir su orientación sexual con libertad porque generaciones anteriores lucharon contra el modelo de sociedad que su partido quiere recuperar. Puede formar una familia porque otras personas se enfrentaron a la discriminación, al silencio y al rechazo. Puede compartir su vida con una mujer de origen asiático porque Europa ha avanzado, aunque imperfectamente, hacia sociedades más abiertas.

No debería sorprendernos que una persona perteneciente a una minoría apoye políticas contrarias a otras minorías, o incluso a la suya propia. La identidad no garantiza la solidaridad. Haber sufrido o podido sufrir discriminación no convierte automáticamente a nadie en defensor de los derechos humanos.

La representación, por sí sola, tampoco supone progreso. Una mujer puede liderar una política contraria a la igualdad. Una persona homosexual puede contribuir a restringir los derechos LGTBIQ+. Un descendiente de inmigrantes puede defender el cierre de fronteras. Lo determinante no es quién ocupa el poder, sino para qué lo utiliza.

NO TODOS LOS VOTANTES DE AFD SON EXTREMISTAS

Sería un error cómodo y políticamente inútil considerar extremistas a los millones de ciudadanos que contemplan votar a AfD.

En Sajonia-Anhalt existen heridas económicas, demográficas y sociales muy profundas. La desaparición de industrias, la pérdida de población, la precariedad, la distancia entre el este y el oeste de Alemania y la sensación de abandono por parte de las instituciones han alimentado un malestar real. La extrema derecha no ha inventado todas esas heridas, pero ha aprendido a explotarlas con enorme eficacia.

Por eso no basta con levantar un muro moral alrededor de sus votantes. Hay que escucharlos, comprender las causas de su enfado y ofrecer soluciones materiales. Pero comprender el malestar no significa legitimar las respuestas autoritarias, xenófobas o discriminatorias.

Cuando la política democrática abandona territorios, sectores sociales y emociones colectivas, alguien termina ocupando ese espacio. AfD lo ha hecho ofreciendo pertenencia, certezas simples y enemigos concretos. Frente a ello, la democracia necesita algo más que indignación: necesita presencia, proyecto, liderazgo y resultados.

ALEMANIA Y EL PESO DE LA MEMORIA

Hablar de extrema derecha en Alemania exige prudencia, pero nunca silencio. La historia no autoriza comparaciones automáticas ni simplificaciones. AfD no es el Partido Nazi y la Alemania de 2026 no es la República de Weimar. Precisamente por eso debemos analizar el presente con rigor y no convertir la memoria en una fórmula retórica.

La historia raramente se repite con los mismos uniformes, las mismas palabras o los mismos procedimientos. Las democracias contemporáneas no suelen desaparecer de un día para otro. Pueden erosionarse lentamente: primero se desacredita a la prensa, después se cuestiona a los jueces, se debilita la educación crítica, se señala a las minorías y finalmente se presenta cualquier límite institucional como un obstáculo para la voluntad popular.

La democracia puede llegar al poder por los votos y empezar a morir desde dentro de las instituciones.

Eso es lo que Europa debe observar en Sajonia-Anhalt. No solo qué partido gana, sino qué sociedad propone; no únicamente cuántos votos obtiene, sino qué pretende hacer con ellos.

Alice Weidel encarna una paradoja especialmente reveladora: su propia vida demuestra que la diversidad, la libertad individual y las sociedades abiertas funcionan. El problema es que su proyecto político no pretende extender esa libertad, sino administrarla selectivamente.

La pregunta no es si Alice Weidel tiene derecho a vivir como vive. Por supuesto que lo tiene.

La pregunta es por qué tantas personas no tendrían derecho a vivir con la misma libertad si gobernaran quienes ella representa.

El 6 de septiembre, Sajonia-Anhalt no decidirá solamente la composición de un parlamento regional. Nos mostrará hasta qué punto puede avanzar en Europa una extrema derecha que disfruta de las libertades democráticas mientras cuestiona algunas de las condiciones que las hicieron posibles.

La historia no siempre se repite de la misma manera.

Pero olvidar cómo comienza su deterioro sigue siendo extraordinariamente peligroso.