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Europa necesita líderes, no solo gestores

Durante demasiado tiempo Europa ha confundido gobernar con administrar.

Hemos construido instituciones extraordinariamente sofisticadas, reglamentos minuciosos, procedimientos, controles, consensos y equilibrios. Hemos aprendido a gestionar la complejidad con una precisión casi obsesiva. Pero quizá nos hemos olvidado de algo mucho más importante: gestionar no es liderar.

Y Europa necesita hoy liderazgo.

Lo necesita porque el mundo para el que fue diseñada está desapareciendo ante nuestros ojos.

La guerra ha regresado al continente. Estados Unidos mira cada vez más hacia sus propios intereses. China compite por el liderazgo tecnológico, industrial y comercial. La inteligencia artificial está transformando economías y empleos a una velocidad desconocida. Europa envejece. Necesita talento y trabajadores mientras una parte de nuestra política convierte la inmigración en una amenaza permanente. Y nuestras empresas intentan competir en mercados donde tamaño, velocidad y capacidad de inversión se han convertido en armas estratégicas.

Ante semejante transformación histórica, no basta con gestionar correctamente.

Hay momentos en los que administrar el presente significa perder el futuro.

Europa tiene además una tentación peligrosa: pensar que para competir debe parecerse a quienes están ganando determinadas carreras.

Ser más estadounidense que Estados Unidos. Más china que China.

Creo que sería un enorme error.

Europa probablemente nunca tendrá el ecosistema tecnológico estadounidense ni puede —ni debería— reproducir el capitalismo de Estado chino. Tampoco debería competir rebajando derechos laborales, protección social, estándares medioambientales o garantías democráticas.

Porque entonces podríamos ganar alguna décima de productividad y perder algo infinitamente más valioso: nuestra identidad.

La gran pregunta no es cómo copiar a Estados Unidos o China.

La pregunta es qué puede aportar Europa al mundo que ellos no pueden aportar.

Y quizá la respuesta esté precisamente en aquello que algunos consideran nuestra debilidad.

Europa construyó después de la mayor tragedia de su historia una idea revolucionaria: que prosperidad económica y dignidad humana no tenían por qué ser enemigas.

Democracia. Estado del bienestar. Sanidad y educación públicas. Derechos laborales. Igualdad entre hombres y mujeres. Protección de las minorías. Libertad sexual. Cultura. Cohesión social. Protección del medio ambiente.

Nada de eso apareció espontáneamente.

Son decisiones políticas, sociales y morales tomadas durante generaciones.

Por eso me preocupa escuchar que Europa debe elegir entre competitividad y derechos, entre innovación y regulación, entre crecimiento y protección social.

Ese es un falso dilema.

El verdadero desafío europeo consiste precisamente en demostrar que podemos innovar sin deshumanizar, crecer sin excluir, utilizar la inteligencia artificial sin convertir a las personas en algoritmos, atraer inmigración sin renunciar a la integración y aumentar nuestra productividad sin transformar nuestras empresas en lugares donde únicamente importan los números.

Eso es liderazgo humanista.

Y no significa ingenuidad.

Europa necesita empresas más grandes. Necesita invertir muchísimo más en innovación. Necesita menos burocracia. Necesita acelerar decisiones. Necesita energía competitiva, mercados de capitales más integrados, universidades conectadas con la economía, capacidad tecnológica propia y una política industrial mucho más ambiciosa.

Necesita también defenderse.

La autonomía estratégica europea ya no puede ser una expresión elegante pronunciada en Bruselas. Europa debe ser capaz de garantizar su seguridad, proteger sus infraestructuras, defender sus fronteras y reducir dependencias estratégicas.

Pero incluso cuando hablamos de defensa debemos preguntarnos qué estamos defendiendo.

Porque Europa no merece ser defendida simplemente por ser un territorio.

Merece ser defendida por representar una determinada manera de entender la convivencia.

Ahí aparece la diferencia entre un gestor y un líder.

El gestor pregunta cuánto cuesta.

El líder también pregunta para qué sirve.

El gestor analiza el próximo trimestre.

El líder piensa en la próxima generación.

El gestor intenta evitar conflictos.

El líder sabe que determinadas decisiones exigen asumirlos.

El gestor administra lo posible.

El líder amplía los límites de lo posible.

Y quizá ese sea hoy uno de los grandes problemas europeos.

Tenemos magníficos administradores. Excelentes funcionarios. Grandes economistas. Técnicos extraordinarios. Pero necesitamos algo más: hombres y mujeres capaces de explicar a quinientos millones de europeos hacia dónde queremos ir.

Necesitamos volver a hablar de proyecto.

Especialmente con los jóvenes.

No podemos pedirles que crean en Europa únicamente porque Erasmus funciona, porque pueden viajar sin pasaporte o porque tenemos una moneda común.

Todo eso es extraordinario, pero ya no basta.

Tenemos que explicarles por qué Europa importa en el siglo XXI.

Decirles que frente a quienes creen que la tecnología debe avanzar sin límites, Europa puede defender una tecnología al servicio del ser humano.

Que frente a quienes consideran a los trabajadores simplemente costes, Europa puede demostrar que talento, productividad y bienestar pueden caminar juntos.

Que frente a quienes responden a la inmigración levantando muros, podemos gestionar nuestras fronteras sin perder nuestra humanidad.

Que frente al regreso del nacionalismo podemos defender nuestras identidades sin convertirlas en armas contra los demás.

Y que frente a un mundo donde nuevamente parece imponerse la ley del más fuerte, Europa puede seguir defendiendo la fuerza del derecho.

No será sencillo.

Probablemente será mucho más difícil que aprobar otra directiva, crear otra comisión o redactar otro plan estratégico.

Porque liderar significa elegir.

Significa asumir riesgos.

Significa explicar sacrificios.

Significa enfrentarse a intereses.

Y significa, sobre todo, ofrecer esperanza.

Europa nació de una extraordinaria decisión de liderazgo: convertir siglos de guerras en cooperación.

Quizá ahora necesitemos otra decisión de esa magnitud.

No para construir una Europa más burocrática.

Ni simplemente una Europa más competitiva.

Sino una Europa más fuerte precisamente porque sabe quién es.

Una Europa capaz de competir sin dejar de cuidar. De innovar sin dejar a nadie atrás. De defenderse sin renunciar a sus valores. De crecer sin olvidar que la economía debe estar al servicio de las personas y no las personas al servicio de la economía.

Porque en el mundo que viene quizá nuestra mayor ventaja competitiva no sea tener las empresas más grandes, los algoritmos más rápidos o las fábricas más baratas.

Quizá sea algo mucho más difícil de copiar.

Una determinada idea del ser humano.

Y para defenderla Europa necesitará algo que ningún reglamento puede proporcionar.

Líderes. No solo gestores.

Euprepio Padula