Ayer entré en una sala de cine sin demasiadas expectativas y salí de ella con esa extraña sensación que solo dejan algunas obras: la de haber vivido durante unas horas en la vida de otros.
O quizá en la nuestra.
Tuve la suerte de asistir a un pase privado para periodistas de La bola negra, la nueva película de Javier Calvo y Javier Ambrossi. Y debo empezar con una confesión: nunca he sido especialmente fan del cine de Los Javis. He reconocido siempre su talento, su capacidad para construir un universo propio y su valentía creativa, pero sus películas no habían conseguido atravesarme.
Hasta ayer.
Porque La bola negra no me gustó.
Me conmovió.
Y hay una diferencia enorme.
Hay películas que terminan cuando aparecen los títulos de crédito. Y hay otras que se quedan sentadas a tu lado cuando se encienden las luces. Te acompañan hasta la calle. Caminan contigo. Se meten en tus recuerdos. Te obligan a pensar en personas que conociste, en personas que ya no están y, a veces, en la persona que tú mismo fuiste.
La bola negra pertenece a estas últimas.
Los Javis parten de un territorio profundamente lorquiano para construir algo mucho más grande que una historia sobre la homosexualidad. Construyen una película sobre el deseo cuando desear podía ser peligroso. Sobre el amor cuando amar podía convertirse en una condena. Sobre la identidad cuando ser uno mismo exigía una valentía que hoy quizá nos cuesta imaginar.
Tres hombres. Tres tiempos. Tres vidas que aparentemente están separadas y que, poco a poco, comienzan a rozarse, a dialogar entre ellas, a reconocerse.
No contaré mucho más.
Sería imperdonable robar al espectador el placer de descubrir cómo esos hilos van encontrándose hasta formar un tejido emocional de una belleza extraordinaria.
Porque esa es probablemente la palabra que mejor define la película: belleza.
Belleza incluso cuando duele.
Belleza en los silencios. En las miradas. En los cuerpos. En aquello que se dice y, sobre todo, en aquello que durante décadas no pudo decirse.
Hay momentos en La bola negra en los que una mirada cuenta más que diez páginas de diálogo. Instantes en los que uno entiende perfectamente el miedo de quien quiere tocar una mano y no puede. El vértigo de quien ama sabiendo que el mundo considera equivocado su amor. La soledad terrible de quien tiene que inventarse otra vida para poder conservar la verdadera.
Y entonces aparece Lorca.
No como una estatua.
No como el poeta convertido en monumento que aprendimos en los libros.
Aparece su sombra.
Su deseo.
Su España.
La España que celebraba la poesía y perseguía al poeta. La España capaz de emocionarse con unos versos y de condenar el cuerpo que los había escrito.
La bola negra dialoga con una de las últimas obras inacabadas de Federico García Lorca. Y quizá haya algo profundamente hermoso en que una obra que quedó interrumpida encuentre, tantos años después, otra manera de continuar viviendo.
Porque hay historias que pueden asesinarse.
Pero hay historias que no pueden enterrarse.
Tarde o temprano vuelven.
Y esta película habla precisamente de eso: de todo lo que vuelve.
Vuelve el deseo.
Vuelve la memoria.
Vuelve aquello que una generación escondió y que otra generación necesita nombrar.
Vuelven las palabras que no pudieron pronunciar nuestros padres y nuestros abuelos. Vuelven los amores clandestinos. Vuelven las habitaciones cerradas. Vuelven las cartas escondidas. Vuelven los hombres que aprendieron demasiado pronto que para sobrevivir había partes de sí mismos que debían guardar bajo llave.
Y quizá por eso la película me tocó de una manera tan personal.
Porque quienes pertenecemos a determinadas generaciones sabemos que la libertad que hoy parece evidente no siempre lo fue.
Sabemos lo que significa medir un gesto.
Vigilar una mirada.
Cambiar un pronombre al contar una historia.
Inventar una novia.
Convertir al hombre que amas en “un amigo”.
Aprender, demasiado joven, esa extraña gramática de la supervivencia que consiste en decir la verdad sin poder contarla.
Y La bola negra consigue algo extraordinariamente difícil: hablar de todo aquello sin convertir el dolor en un museo.
Hay dolor, muchísimo.
Pero también hay deseo.
Hay cuerpos.
Hay ternura.
Hay humor.
Hay música.
Hay belleza.
Hay vida.
Y sobre todo hay una enorme voluntad de existir.
Las interpretaciones son extraordinarias porque nunca parecen estar reclamando nuestra atención. Los personajes simplemente viven delante de nosotros. Respiran, desean, se equivocan, aman, sufren. Y nosotros acabamos entrando en sus vidas casi sin darnos cuenta.
Guitarricadelafuente, Miguel Bernardeau, Carlos González, Milo Quifes, Lola Dueñas, Penélope Cruz, Glenn Close… un reparto enorme al servicio de algo todavía mayor: una historia.
Y eso quizá sea lo que más me sorprendió de Los Javis.
La madurez.
La contención cuando hace falta.
La ambición cuando la historia la exige.
La capacidad de entrelazar épocas, personajes y emociones sin perder nunca ese hilo invisible que mantiene todo unido.
Han hecho una película grande sin olvidar que las emociones más importantes suceden siempre en espacios diminutos: entre dos personas, entre dos miradas, entre una palabra pronunciada y otra que no nos atrevemos a pronunciar.
Salí del cine pensando en Federico.
Pero también en tantos Federicos sin nombre.
En quienes nunca pudieron escribir su historia.
En quienes amaron a oscuras.
En quienes envejecieron representando un personaje que otros habían escrito para ellos.
En quienes murieron sin haber pronunciado nunca en voz alta el nombre de la persona a la que amaban.
Pensé también en nosotros.
En todo lo que hemos avanzado.
Y en lo frágil que puede ser cualquier libertad cuando empezamos a creer que está conquistada para siempre.
Por eso La bola negra no es únicamente una película sobre el pasado.
Es también una advertencia sobre el presente.
La memoria no sirve para contemplarla.
Sirve para proteger aquello que costó demasiado conquistar.
Ayer descubrí una película extraordinaria.
Y descubrí también a unos Javis que no esperaba.
Más profundos. Más libres. Más poéticos. Más cinematográficos que nunca.
No sé qué recorrido tendrá La bola negra. Ya ha recibido el premio a la mejor dirección en Cannes y ha sido elegida para representar a España en la carrera internacional hacia los Oscar. (Atresmedia)
Pero los premios, al final, son otra historia.
Hay algo mucho más difícil que ganar un premio.
Permanecer.
Y tengo la sensación de que esta película permanecerá.
Porque cuando se encendieron las luces de la sala ocurrió algo extraño.
La película había terminado.
Pero aquellas vidas seguían allí.
Quizá porque nunca fueron solamente las vidas de sus personajes.
Eran las vidas de muchos.
Las vidas que fueron silenciadas.
Las vidas que tuvieron que esconderse.
Las vidas que no pudieron vivirse.
Y también las nuestras.
Las de quienes, por fin, podemos contarlas.
