Escuchar el podcast

«Yo, siempre, la protagonista»

Solo ella podía decir esta frase sin sonar arrogante, porque Concha era tan generosa, que hasta cuando decía de sí misma que era guapa o que tenía unas piernas estupendas, despertaba el afecto de todo el mundo.

Este pasado domingo 10 de diciembre he realizado una visita al curioso refugio de mi etapa de estudiante universitario, al que me escapaba tras las clases para sentarme ante la tumba de Don José Zorrilla (en un viejo banco de madera hoy desaparecido) a dar rienda suelta a mi creatividad de incipiente escritor y periodista. Allí, en el Cementerio del Carmen de Valladolid, mis primeros escritos tomaron forma. 

Volver después de varios años lejos de la ciudad que me vio nacer ha sido muy emocionante. Y no solo por los recuerdos y porque en ese Panteón de los Ilustres descansa, junto al poeta Zorrilla, el gran Miguel Delibes desde 2010, Rosa Chacel desde los años noventa y otros personajes destacados de la ciudad, sino también porque una nueva huésped reside allí desde hace unos días, otra gran vallisoletana.

Es raro encontrar flores sobre las tumbas del Panteón de los Ilustres, alguna de ellas centenarias (la de Delibes sí que suele tener algún detalle floral casi siempre), pero desde hace poco más de una semana, una de esas lápidas de piedra que descansaba sin nombre ni dueño, esperando a que algún destacado pucelano pasara al otro mundo, está rodeada de coronas, centros, ramos y flores sueltas. Nunca, en mis muchísimas visitas a decenas de cementerios, había visto un homenaje floral tan apabullante, como jamás habría imaginado que allí, a mis pies, en ese espacio que tantas horas de serenidad me ha regalado, tendría algún día a mi admirada y querida Concha.

La Velasco, su cuerpo al menos, porque tal y como ella tenía el convencimiento, su alma estará ya con sus padres en el cielo, reposa para siempre como una ilustre de la ciudad que la vio nacer y cuyo nombre ella llevó por bandera por allí por donde pisó. Nuestra paisana más completa, la artista más total, la que se ganó la admiración y el cariño de varias generaciones como ninguna otra figura del panorama artístico seguramente lo haya hecho en las últimas décadas en España.

Cometería errores, como todos, y tendría defectos, ¿quién no?, pero jamás he escuchado a nadie hablar mal de una mujer que era reconocida por todos los que tuvimos el honor de conversar en alguna ocasión con ella como tremendamente generosa, siempre mostrándose alegre con su mejor sonrisa colgada de esos labios rojos.

Concepción Velasco Varona o Concha Velasco, como reza la piedra de su lápida, a secas, fue Santa Teresa, fue una chica ye-ye hasta el final, enseñó las piernas cuando se multaba por hacerlo, defendió lo que creía justo y mejor para los españoles, era consciente de que se merecía un Goya y lo pidió hasta lograr el de Honor; pidió trabajo cuando lo necesitaba, cuando quería trabajar con un director concreto, y reconoció que lo hizo todo, fuese un gran proyecto o un papel menor, con tal de sacar adelante a sus hijos. 

Concha era inmensa. Y tal vez esa lucha constante, esa fortaleza en el terreno personal y esa entrega a su profesión, insisto, siempre con enorme generosidad con sus compañeros y admiradores, es lo que la ha convertido en irrepetible e inolvidable, y no solo, que también, sus cientos de trabajos en teatro, cine o televisión.

Gracias a su hijo Manuel, que ha heredado gran parte de su generosidad, corazón y cercanía, la conocí allá por 2012 en su camerino del Teatro Calderón de Valladolid tras acabar la función. Yo, que poco tiempo después presentaría mi primer libro en la sala que lleva su nombre, la Sala Concha Velasco del Laboratorio de las Artes de la ciudad, me quedé fascinado por aquellas piernas, aquellos ojos vivos llenos de historias y aquellas manos cálidas. No le gustaba que le diera la enhorabuena por la función: «Ya he sido la protagonista sobre el escenario, ahora háblame de ti, ¿cómo está tú familia?», me dijo. Ahí supe quién estaba detrás de la gran protagonista, de la artista, de la estrella. Y después, pese a que ya se había desmaquillado, sacó de nuevo el pintalabios rojo, volvió a teñir sus labios y me los plantó en la página de un libro como recuerdo imborrable. 

Tengo la suerte de tener inmortalizado ese momento y también el último día en que nos encontramos: en esta ocasión fue en Madrid, en un estreno en los Teatros del Canal antes de la pandemia. Estaba guapísima, con ese pelo blanco que decidió dejarse porque «es lo que corresponde a una mujer de mi edad». Siempre una sonrisa, siempre un abrazo, siempre una palabra cariñosa.

Concha Velasco junto a Miguel Ángel San Juan en su primera y su última instantánea juntos (imágenes de archivo)

Conchita Velasco era una estrella, pero le gustaba dejar recogida la cocina antes de salir de casa; era una mujer valiente y decidida, pero el amor la hizo sufrir en el terreno más personal, aunque perdonó y siguió amando sin medida. Su último viaje ha sido hasta nuestra querida Valladolid, la ciudad que le ha dedicado una calle, una sala teatral y su admiración eterna y que la ha honrado con su presencia en el Panteón de los Ilustres. No merecía menos. Ahora podemos ir a dejarle flores, a charlar con ella…

Allí, junto a José Zorrilla, Miguel Delibes, Rosa Chacel y otras grandes figuras de nuestra tierra, descansará para siempre, habiéndonos dejado un legado impagable: el de sus películas, sus obras de teatro, sus programas en televisión, su ejemplo, su entrega y el honor de ser la actriz más querida de España para varias generaciones. Concha deja un vacío enorme en el mundo de la cultura de este país. Deja un vacío en el corazón de su familia y amigos, en el de todos los que la admiramos. Conchita Velasco, Concha. Su nombre suena tan familiar que pareciese familia de todos los españoles. 

Concha, te encantaría ver cómo está tu lápida rodeada de flores y de un amor que se desborda más allá de los límites del Panteón de los Ilustres. Tu querías llenar siempre, también en tu entierro, y vaya si lo has hecho. Hoy, aquí, como siempre lo fuiste y quisiste serlo, cantándolo a los cuatro vientos, eres la protagonista. Este domingo no he ido a despedirme de ti, Concha. Solo ha dejarte flores (me ha costado encontrar un hueco para colocarlas) y a mandarte un beso, pero volveré y charlaremos otro día. Y siempre, desde cualquier lugar, cuando trate de crear a un personaje en mis historias que sería perfecto para ti, cuando reviva tus películas, cuando un actor o una actriz que aprendió de ti, que cantó siendo un niño aquello de «mamá, quiero ser artista», vuelva a emocionarme en las tablas, siempre, siempre, siempre, mi recuerdo estará contigo. Seguiré honrándote desde donde me permitan hablar o escribir.

Gracias por dedicar tu vida a ilusionarnos y emocionarnos, a hacernos sentir. Espero que te hayas ido cargada de todo ese amor que hemos intentado devolverte. Hasta siempre, Conchita.