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Incluir a TODOS, el reto ineludible de una sociedad tremendamente diversa

Cada uno de nosotros tiene su propia identidad diferencial en cuanto a aspectos tan distintos como nuestra edad, nuestra etnia o raza, nuestro género, sexo, orientación sexual, creencias, nivel socioeconómico, etc. No hay dos personas iguales, y es así como conformamos una sociedad plural. La sociedad se enriquece a medida que es más y más diversa. Esto se puede aplicar de igual modo al entorno de las organizaciones, a su plantilla: los trabajadores de la empresa no conforman un grupo homogéneo de personas, sino que puede haber un porcentaje diferente de hombres y mujeres, diferentes rangos de edad, distintas etnias, etc.

Pero si bien podemos definir la diversidad de la sociedad como algo fabuloso, esto no implica que esa pluralidad de identidades no se tope con conflictos, rechazos o discriminación hacia algunas personas o conjuntos de personas —que se suelen llamar colectivos, no siempre de forma acertada— por el mero hecho de pertenecer a un grupo minoritario o que está infravalorado respecto a otros. No todos los individuos —ni todas las organizaciones— que conforman la sociedad abrazan la diversidad del mismo modo ni aceptan a todas las identidades por igual. Existen aún muchas batallas que ganar en este aspecto, y es responsabilidad de todos hacer que, cada vez más, la nuestra sea una sociedad inclusiva. 

Y aquí es donde aterrizamos en un concepto hermano al de diversidad y que debería ir indisolublemente unido a este, y es el de inclusión. A lo largo de la historia, son muchas las personas que han sufrido discriminación injustamente, que han sido excluídas de diferentes ámbitos, como el empresarial o el educativo, por ejemplo, o de la sociedad en general. Conjuntos de personas que han sido invisibilizados, como si no existiesen, en sociedades que han cerrado los ojos a su realidad y a sus necesidades, o bien que se han visto subyugados por otros más poderosos. Y esto, que aún se produce en determinados ámbitos o estratos sociales, debe terminar para alcanzar una verdadera inclusión de todas las personas. La inclusión, por tanto, no es otra cosa que el respeto a la diferencia —a la diversidad— y la convivencia con quienes son distintos, haciéndoles partícipes de pleno derecho y asegurando su dignidad o, si atendemos a la explicación de la UNESCO, el “proceso que ayuda a superar obstáculos que limitan la presencia, la participación y los logros” de cualquier persona en la sociedad.

Imagen del libro 'Comunicación, branding y eventos corporativos' (Editorial RAMA)
Imagen del libro ‘Comunicación, branding y eventos corporativos’ (Editorial RAMA)

Vemos en la imagen la diferencia entre distintos conceptos que en ocasiones pueden confundirse, fundamentalmente los dos inferiores: integración e inclusión. Es habitual, cuando hablamos en el entorno empresarial de las políticas o acciones encaminadas a la no discriminación de ninguna persona, que nos encontremos con el término integración. Como vemos, no es un concepto incorrecto, ya que supone que aquellos que son diferentes en algún aspecto determinado pertenezcan a la organización, como el resto. Pero pertenecer no es suficiente: el objetivo debe ser la inclusión, es decir, dar un paso más al incluir a esas personas, asegurar su plena participación en la organización, en este caso —y en la sociedad en términos más generales—.

Uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) marcados por las Naciones Unidas, guía para las políticas de responsabilidad social de las organizaciones, el número 10, apuesta por la reducción de las desigualdades para potenciar y promover la inclusión social, económica y política de todas las personas, independientemente de su edad, sexo, discapacidad, raza, etnia, origen, religión o situación económica u otra condición. Por otro lado, el ODS 4 de un modo más concreto apuesta por garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad.

En definitiva, desarrollar una innovación y mejora de nuestra actividad como organizaciones que preste especial atención a las personas más vulnerables de la sociedad por el riesgo que aún sufren de ser discriminadas simplemente por ser diferentes a la mayoría no es una opción, sino una obligación ética y una directriz internacional que está generando una corriente imparable e inevitable (echa un vistazo a este artículo donde te muestro algunas de las claves para implementar políticas de diversidad exitosas en tu empresa).

Pero no sólo en el ámbito corporativo: nuestra comunicación, bien sea como periodistas, responsables de una empresa o ciudadanos que participan en diferentes foros, debemos intentar que sea inclusiva. Las palabras tienen mucho poder, crean realidades, y su uso ha de respetar la diversidad, abrazarla y articularse de modo que incluya y no discrimine —no excluya— a nadie. En mi libro ‘Comunicación, branding y eventos corporativos: estrategias de comunicación para un entorno digital e inclusivo’ (Editorial RAMA), tienes muchos tips para hacerlo. Te invito a descubrirlas aquí y a cambiar el mundo juntos a través del lenguaje y las acciones que tienen en cuenta a TODOS.