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«Mi hija viene horrorizada del colegio por los comentarios que escucha» Marta Prieto (ECI #144)

En El Círculo Independiente, Euprepio Padula recibe a Marta Prieto para hablar de una novela que no viene a entretener, viene a incomodar. Desearás estar bajo tierra, publicada por Fondo de Cultura Económica, se presenta con una imagen que ya es un aviso. Santa Águeda sostiene sus pechos amputados con una serenidad casi ofensiva, como si el dolor femenino fuese parte del decorado. Prieto cuenta que esa indignación fue el germen del libro y, a partir de ahí, tiró del hilo hasta construir una historia narrada desde dentro, sin escapatorias.

La protagonista es una profesora de instituto que, con treinta años, cree encontrar al marido ideal, un cirujano prestigioso especializado en cáncer de mama. Al principio todo parece perfecto, atenciones, estabilidad, promesa de futuro. Pero el relato se tuerce despacio, con precisión, y lo que aparece no es un monstruo de caricatura, sino un abuso psicológico sostenido. Ella logra salir del matrimonio, rehace su vida y tiene una hija. El problema es que él no desaparece. Sigue siendo su médico. Cuando ella enferma, él usa la impunidad de su profesión para dañarla y vengarse. Prieto lo define como reconstrucción de hechos, de un cuerpo mutilado y, sobre todo, de una reconstrucción moral, porque la violencia sutil puede aniquilarte en vida.

Padula conecta la trama con una pregunta incómoda. Qué estamos haciendo mal para que tantos hombres sigan creyendo que la mujer con la que están es suya. Prieto responde con una palabra y con un matiz. Educación, pero educación dentro de un sistema patriarcal donde la Iglesia sigue pesando, y donde se premia el éxito económico por encima de los cuidados. En ese marco, el libro no solo señala a un individuo, señala un sistema que interviene y violenta el cuerpo de la mujer también por vías simbólicas y estéticas, hasta llevar a odiar el propio cuerpo y someterse a riesgos para ser deseable.

Prieto explica además las ideas que fueron entrando en la escritura. La trampa del pensamiento positivo, esa exigencia de sonreír mientras te hundes, y la figura del psicópata integrado, gente aparentemente normal y con poder, con especial presencia, según sus lecturas, en ciertos perfiles médicos. No lo plantea como morbo, lo plantea como pregunta política sobre empatía y responsabilidad.

También cuenta el coste de escribirlo. Tardó unos tres años y hubo semanas en las que no pudo avanzar. Al estar narrado en primera persona, dice, te obliga a conectar con experiencias propias y te reabre heridas. En un momento llegó a pensar que no sería capaz de terminarlo. Esa confesión cambia la lectura. No es una autora describiendo dolor desde lejos, es alguien empujando una piedra cuesta arriba y negándose a soltarla.

El episodio aterriza el feminismo en lo concreto, sin postureo. El 8M tiene valor simbólico, sí, pero Prieto insiste en que el activismo real empieza en tu pequeño ámbito. Y dispara contra una hipocresía habitual. Mujeres que sostienen pancartas y luego explotan a otra mujer, muchas veces migrante, para que les críe a los hijos. Para ella eso no es feminismo. Feminismo es hacer las cosas de otra manera.

La educación vuelve, otra vez, como clavo ardiendo. Prieto habla de su hija adolescente, que llega horrorizada por lo que escucha en clase. Y recuerda lo obvio que solemos olvidar. No educa solo la familia, educan la sociedad, los medios, el grupo. Si nadie frena a tiempo, el comentario sobre el cuerpo de una chica se convierte en derecho.

En la parte más personal, Prieto desarma el mito del amor romántico. Dice que ha tenido que quitarse lastre, como su personaje, porque la cultura nos educa en la idea de aguantar y cambiar para gustar, y pone el ejemplo de Grease sin necesidad de subrayados. Frente a esa jerarquía de pareja primero y amigos después, reivindica la amistad como lo que realmente sostiene.

Hablan también del deseo femenino y del sexo como tabú aprendido. Prieto admite que la educación religiosa deja marcas y que todavía cuesta hablar de ello en público, justo porque durante años el deseo de las mujeres se trató como algo inferior o indecente. En la entrevista aparece como otra capa del mismo problema, el control del cuerpo y del relato sobre el cuerpo.

Y cuando mira al futuro, remata con una frase que define su oficio. Escribir es una consecuencia de leer, y ella escribe de lo que le duele. En esa lógica, Desearás estar bajo tierra no es solo una novela dura. Es un recordatorio incómodo de que hay violencias que no se ven hasta que alguien las nombra, y de que, aunque los malos hagan más ruido, en el mundo sigue habiendo más gente buena.