En El Círculo Independiente, Euprepio Padula decide hablar de cultura como si fuese lo que es. Una herramienta política y social, no un entretenimiento para días blandos. Arranca con una imagen reciente, un fenómeno pop convertido en mensaje, y lo usa para abrir la entrevista con Paloma Saiz, directora de la Feria Internacional del Libro del Zócalo y coordinadora de la Brigada para Leer en Libertad. La invitación no es a “hablar de libros”. Es a hablar de dignidad.
Saiz entra con una frase que deja poco margen para la tibieza. “Nuestra única salvación es la cultura”. Lo dice desde México y con el peso de una vecindad incómoda. “Tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”. En un clima de presiones, discursos de exclusión y ruido internacional, ella insiste en que la cultura no es evasión. Es resistencia cotidiana, la única manera de sostener un suelo común cuando el lenguaje se deforma y la mentira se vuelve rentable.
Ahí aparece una idea central de la entrevista. La cultura como forma de información. Saiz explica que, si no logras transmitir lo que está pasando, el vacío lo ocupan la distorsión y la propaganda. “Las palabras ya no significan lo que significaban antes”, y por eso insiste en la necesidad de estar todo el tiempo informando, formando criterio, evitando que la gente solo “se sienta” informada. La cultura, en su visión, no es una ceremonia. Es un antídoto contra la manipulación.
La conversación se vuelve concreta al comparar ferias. Guadalajara, dice, es más de industria editorial, más de negocios. El Zócalo es otra cosa. Está pensado “para la gente, para el pueblo”. Durante diez días convierten el centro simbólico de Ciudad de México en un lugar de debate sobre lo que está vivo en la calle, desde política internacional a temas cotidianos como agua, electricidad, luz o gas. Esa mezcla no es capricho. Es una manera de decir que lo cultural también es material, y que la vida diaria es política aunque la disfraces.
El lugar importa. El Zócalo, explica, la gente lo siente como propio. Eso baja barreras y combate una idea que hizo daño durante décadas. Que leer era cosa de élites. A la barrera simbólica se suma la económica. En México, recuerda, comprar libros a precios europeos es imposible para mucha gente. Por eso la feria apuesta por libros mucho más baratos, a veces desde importes mínimos, para que el acceso no sea una broma. Si el libro es inaccesible, la cultura se convierte en privilegio y deja de cumplir su función social.
Uno de los tramos más potentes llega cuando cuenta su estrategia más simple y más radical. Regalar libros. En la Brigada los autores ceden derechos para que los ejemplares se repartan, con una lógica de contagio cultural. Si un libro entra en una casa, alguien termina leyéndolo. Y lanza una observación preciosa por su verdad. Los libros no se tiran. Circulan, se prestan, se heredan.
Saiz desmonta también la imagen romántica de una gran institución. Son catorce personas. Se sostienen haciendo ferias. Los echaron de la Secretaría de Cultura cuando impulsaban programas de lectura masivos, y aun así lograron ser autosuficientes. Lo que más le impresiona no es el número. Es la reacción humana. Un público fiel que les sigue, les abraza y les da las gracias como si les hubieran devuelto algo. Para ella esa respuesta es la prueba de impacto, aunque no haya tiempo para encuestas.
La entrevista tiene además un componente de memoria. Su visita a España está ligada al homenaje a su padre, Marino Saiz, exiliado tras la Guerra Civil. Ella lo describe como “venir a ver” a su padre y, en ese viaje, descubre una herencia emocional. Su abuelo, maestro, fomentaba la lectura, y ella, sin saberlo, ha terminado haciendo lo mismo. Saiz recuerda que para México el exilio español fue importantísimo. Llegó una riqueza inmensa de conocimiento, educación y comunidad. No es nostalgia. Es explicación histórica de por qué la cultura transforma países.
Cuando Padula le pregunta por el papel del Estado, Saiz es crítica y a la vez reconoce cambios. Durante años vio una cultura elitista y poco interés por el fomento lector. Ahora describe un giro. El gobierno ha impulsado clubes y salas de lectura, y habla de una expansión masiva, con decenas de miles de clubes en poco tiempo. La política cultural, cuando se toma en serio, deja de ser decoración. Es infraestructura democrática.
El cierre es coherente con todo lo anterior. Saiz no pide reconocimiento personal. Pide lo básico. Que nadie se quede sin comer, que se acabe la discriminación, que se recupere la conciencia de que no se puede vivir en paz si al lado falta lo mínimo. En esta entrevista, la cultura no es lujo. Es una forma de dignidad compartida.
