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No son «chavales». es fascismo, señor Canteli

Hay momentos en los que un alcalde no puede esconderse detrás de la prudencia, de los matices ni de una supuesta equidistancia. Hay momentos en los que quien representa a una ciudad tiene que elegir de qué lado está.

Oviedo acaba de vivir uno de esos momentos.

Ocho jóvenes atacaron a dos vecinos, Rubén Rosón y Jorge Fernández, después de intentar arrancar una bandera arcoíris y símbolos antirracistas. Según el relato de las víctimas y las imágenes difundidas, hubo golpes, patadas e insultos como «maricones» y «rojos de mierda». Los agresores abandonaron el lugar al grito de «Arriba España».

No estamos hablando de una discusión de madrugada. No estamos hablando de una pelea entre jóvenes. Estamos hablando de una agresión con evidentes componentes ideológicos y homófobos. Una agresión que el propio ministro del Interior ha calificado como delito de odio. 

Y frente a todo esto, el alcalde de Oviedo, Alfredo Canteli, decidió hablar de una «anécdota».

Y añadió algo todavía más incomprensible: «Son chavales jóvenes, no creo que sean tan mala gente». 

No, señor Canteli.

No son «chavales» cuando ocho personas golpean a dos.

No es una «anécdota» cuando se arranca una bandera arcoíris, se insulta a dos personas llamándolas «maricones» y «rojos de mierda» y se termina gritando «Arriba España».

Y la obligación de un alcalde no consiste en preguntarse si quienes lo hicieron son, en el fondo, «buena gente». Su obligación es condenar sin un solo matiz la violencia.

Porque las palabras importan. Y las palabras de quien ostenta una responsabilidad institucional importan todavía más.

Cuando ante el odio se buscan atenuantes, el odio avanza.

Cuando al fascismo se le llama travesura, el fascismo se normaliza.

Cuando una agresión homófoba se convierte en «anécdota», las víctimas reciben un segundo golpe: el de descubrir que quien debería representar también su seguridad, su dignidad y su libertad prefiere relativizar lo ocurrido.

Esto trasciende a Rubén Rosón y Jorge Fernández. Nos interpela a todos.

Porque una democracia no empieza a deteriorarse únicamente cuando los violentos ocupan las calles. Empieza a deteriorarse mucho antes: cuando dejamos de llamar a las cosas por su nombre.

España conoce demasiado bien ese camino.

Por eso no necesitamos equidistancia. Necesitamos demócratas.

Y un alcalde democrático, sea del PP, del PSOE o de cualquier otro partido, ante ocho personas que golpean a dos ciudadanos entre insultos homófobos y consignas fascistas solo puede pronunciar una palabra:

CONDENA.

Sin peros.

Sin excusas.

Sin diminutivos.

Porque frente al fascismo y frente a la homofobia no existen dos lados igualmente respetables.

De un lado están quienes golpean.

Del otro, quienes defendemos la libertad.

Señor Canteli, todavía está a tiempo de decidir claramente en cuál quiere estar.