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«La democracia está en peligro y debe ser protegida» Baltasar Garzón (ECI #182)

En El Círculo Independiente, Euprepio Padula recibe a Baltasar Garzón, jurista, para abordar uno de los grandes debates de nuestro tiempo: la fragilidad de la democracia y las amenazas que se ciernen sobre ella. La conversación parte de su último libro, ‘La democracia amenazada. Cuando el fascismo ataca la convivencia’, y recorre cuestiones como el auge de la extrema derecha, la corrupción, la desinformación, la instrumentalización de la justicia y el papel de la ciudadanía en la defensa de los derechos conquistados.

Para Garzón, la democracia no es una construcción terminada, sino un sistema que debe protegerse y reforzarse de manera permanente. Cuando se da por garantizada, advierte, se corre el riesgo de no reaccionar ante quienes buscan debilitarla desde dentro.

La conversación se adentra en el avance de la extrema derecha y en la vigencia del fascismo, una palabra que Garzón utiliza sin rodeos. Considera que sus formas actuales no siempre se presentan mediante golpes de Estado violentos, sino a través de mecanismos que vacían las instituciones y erosionan los derechos utilizando las propias herramientas de la democracia. Durante la entrevista señala a determinadas opciones políticas españolas y europeas como exponentes de esa deriva, y sostiene que es necesario mirar más allá de las etiquetas para analizar las consecuencias reales de sus propuestas.

Uno de los ejes centrales del encuentro es el lawfare, la utilización del derecho con fines distintos a los que deberían guiar la justicia. Garzón cuestiona la idea de que la judicatura sea un ámbito ajeno a los errores, los intereses corporativos o las presiones políticas. En su opinión, la justicia debe entenderse como un servicio público y quienes la administran tienen la obligación de actuar en beneficio de la ciudadanía.

Padula le pregunta también por la confianza de los ciudadanos en la justicia. Garzón considera especialmente grave que una parte de la sociedad deje de confiar en la imparcialidad de los tribunales, porque la justicia constituye una de las últimas garantías de los derechos individuales.

La entrevista aterriza después en la actualidad política española y en la controversia sobre el derecho al voto de ciudadanos afectados por decisiones judiciales relacionadas con la aplicación de la Ley de Memoria Democrática. Garzón cuestiona los autos que, según explica, pueden dejar sin ejercer ese derecho a más de 163.000 personas y critica tanto su fundamentación como las dificultades que, a su juicio, afrontan los afectados para defenderse. También advierte de las consecuencias que esta situación podría tener para la legitimidad del proceso electoral. Más allá de la discusión jurídica, el asunto le sirve para insistir en una idea fundamental: los derechos reconocidos no pueden tratarse como concesiones revocables.

Ante las elecciones del 29 de noviembre, Garzón expresa su preocupación por la posibilidad de que una alianza entre la derecha y la extrema derecha ponga en riesgo derechos que considera consolidados. Defiende la necesidad de construir acuerdos entre las fuerzas progresistas y lamenta que los personalismos dificulten la unidad política. Para Garzón, la defensa de la democracia exige pasar de la preocupación a la acción y no dar por sentado ningún derecho.

La desinformación y el papel de los medios y las redes sociales ocupan otro lugar destacado en la conversación. Garzón considera que la proliferación de mensajes engañosos dificulta que la ciudadanía pueda formarse una opinión fundamentada, especialmente entre los más jóvenes. Sin embargo, no plantea su participación desde la desconfianza, sino desde la necesidad de escuchar sus reivindicaciones y facilitar que puedan ejercer una mirada crítica. Reivindica una política que trate a las personas como ciudadanos adultos, capaces de comprender la realidad si se les explica con honestidad, y no como electores a los que se puede manipular o engañar.

La entrevista deja el retrato de un Baltasar Garzón preocupado por el rumbo de las instituciones, pero convencido de que todavía es posible proteger y mejorar la democracia. Su recorrido por la justicia, la memoria histórica, la corrupción y la actualidad política desemboca en una misma advertencia: la convivencia y los derechos no pueden darse por garantizados. Frente al avance de los discursos autoritarios y la pérdida de confianza pública, reivindica la participación, la reflexión crítica y la responsabilidad colectiva. Porque, como plantea en su libro, la democracia no se construye de una vez para siempre: es una tarea permanente que exige compromiso, vigilancia y valentía.