La reciente cumbre de la OTAN celebrada en La Haya no pasará a la historia por su visión estratégica, sino por su clara demostración de servilismo político. Lo que allí presenciamos fue un ejercicio de obediencia casi automática por parte de los países europeos hacia una agenda marcada, impuesta y blindada por Estados Unidos —o, más específicamente, por Donald Trump.
Mientras se
discutía si los Estados miembros debían elevar su gasto militar hasta el 5 %
del PIB, yo no vi una comunidad de aliados debatiendo seriamente los retos de
seguridad global. Vi una escena de vasallaje político, con líderes europeos
alineándose sin cuestionamientos detrás del nuevo dogma norteamericano. Lo que
está en juego no es solo presupuesto: es la soberanía estratégica de Europa, su
modelo social y su lugar en el mundo.
De la
cooperación a la imposición
Trump no se
limitó a sugerir. Impuso. Condicionó. Amenazó. Y, lo más grave: encontró en
Europa una estructura dispuesta a ceder sin resistencia. Alemania, Francia,
Italia, Reino Unido y buena parte del bloque oriental acataron el mandato del
5 % con una docilidad alarmante. Ni un cuestionamiento público. Ni un intento
serio de debatir alternativas.
Solo España
—con Pedro Sánchez al frente— se opuso abiertamente, junto a Bélgica y
Eslovaquia. El presidente del Gobierno español calificó la medida de
“irracional y contraproducente”, y alertó de que ese gasto desorbitado pondría
en peligro pilares del Estado de bienestar.
No fue una
declaración ideológica. Fue una defensa concreta del interés nacional y de una
visión distinta sobre seguridad: una seguridad que no se mide solo en armas,
sino en cohesión social, educación, salud y empleo digno.
La amenaza
como método
Como respuesta,
Trump no solo despreció la posición española. Amenazó directamente con
represalias comerciales:
“Vamos a
negociar un acuerdo comercial con España y hacer que paguen el doble.”
Esto no es
retórica diplomática. Es coacción. Es chantaje en formato institucional. Y el
silencio del resto de líderes europeos —tan elocuente como cobarde— deja claro
que la OTAN ya no es un espacio de alianza entre iguales, sino una pirámide de
poder con epicentro en Washington.
Europa:
entre la ceguera y la rendición
No se habló de
Ucrania. No se debatió sobre estrategia defensiva real. Todo giró en torno al
gasto. Y en torno a Trump. Esa reducción de lo militar a lo presupuestario es
peligrosa. Pero lo es aún más cuando va acompañada de sumisión geopolítica.
La autonomía
estratégica europea, que tanto se invoca cuando conviene, quedó sepultada bajo
una bandera ajena. El resultado es claro: Europa no actúa como socio. Actúa
como vasallo.
España, sola
pero no sometida
En este
contexto, valoro la postura del Gobierno español. No solo por lo que defendió,
sino por cómo lo hizo: con argumentos, con propuestas, con visión. Pedro
Sánchez no se dejó intimidar por amenazas, ni cayó en el infantilismo de las
fotos protocolarias.
España salió
políticamente aislada, sí. Pero no se sometió. En tiempos de alianzas
acríticas, eso es un acto de liderazgo.
Quedan abiertas
varias preguntas incómodas:
- ¿Debe la OTAN fijar metas que comprometen la
sostenibilidad económica de sus miembros?
- ¿Qué valor tiene una alianza que se basa más en el
miedo a EE. UU. que en la confianza mutua?
- ¿Puede Europa seguir mirando a otro lado mientras
su rol se reduce a obedecer y pagar?
La próxima
revisión de objetivos está prevista para 2029. Pero el debate real no puede
esperar tanto. Lo que se juega no es un porcentaje de gasto. Es la idea misma
de soberanía europea.