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Miss Daisy no tiene carnet

No tengo carnet de conducir. Nunca lo he tenido. No me lo retiraron, no perdí todos los puntos, no suspendí doce veces ni protagonizo ninguna historia traumática ocurrida en una autoescuela. Sencillamente, jamás aprendí a conducir.

Soy una especie de Miss Daisy contemporánea. Aunque, a diferencia de la protagonista de la película, no siempre tengo un chófer paciente esperándome en la puerta. A veces tengo un taxi, otras el metro, un tren, un amigo generoso o unas piernas que todavía cumplen dignamente con su cometido.

Durante años, cuando confesaba que no conducía, algunas personas reaccionaban como si les acabara de revelar una carencia íntima.

—¿Pero nunca has tenido carnet?

Nunca.

—¿Y no lo necesitas?

Evidentemente, he llegado hasta aquí.

En nuestra cultura, sacarse el carnet se convirtió durante décadas en un rito de paso. Cumplir dieciocho años significaba poder votar, entrar legalmente en determinados lugares y empezar a conducir. El coche representaba la independencia, la madurez y hasta cierto estatus social. Era la llave que permitía escapar de casa, conquistar la noche y decidir a qué hora regresar.

Yo busqué la libertad por otros caminos.

Me marché de mi pueblo, estudié, trabajé, cambié de país, aprendí idiomas, construí empresas, dirigí equipos y recorrí medio mundo sin haberme sentado jamás al volante. No puedo conducir un coche, pero he conducido bastantes proyectos, algunas crisis y mi propia vida, que probablemente sea el vehículo más difícil de gobernar.

No tener carnet me ha obligado a desarrollar una relación particular con los demás. He aprendido a pedir que me lleven, a organizarme, a calcular tiempos y a agradecer. También he perfeccionado esa frase aparentemente inocente que todos los que no conducimos conocemos:

—¿Te pilla de camino?

A veces no les pilla de camino. Lo sabemos ellos y yo. Pero hay amistades que también se miden en kilómetros y en desvíos.

Vivir sin conducir tiene algo de privilegio, especialmente cuando se reside en una gran ciudad con transporte público, taxis y todas las aplicaciones del mundo. No pretendo convertir mi experiencia en una lección universal. En muchos pueblos, barrios periféricos y zonas rurales, el coche no es un lujo: es una necesidad. Sin él, trabajar, acudir al médico o cuidar de la familia puede convertirse en una carrera de obstáculos. La verdadera libertad no consiste en obligarnos a todos a conducir, sino en garantizar que nadie quede aislado por no poder hacerlo.

Porque una ciudad verdaderamente moderna no debería diseñarse únicamente para los coches. Debería estar pensada para las personas: para quien camina, para quien utiliza una silla de ruedas, para quien empuja un carrito, para quien monta en bicicleta, para quien toma un autobús y para quien, como yo, observa el mundo desde el asiento trasero.

Desde allí se aprende mucho.

Quien no conduce mira más. Contempla las calles, las fachadas, los rostros detenidos en los semáforos. Puede mantener una conversación, responder mensajes, leer, pensar o simplemente dejarse llevar. Mientras otro vigila la carretera, yo puedo mirar por la ventanilla y dedicarme a esa actividad revolucionaria que consiste en no hacer nada durante unos minutos.

También es cierto que ser Miss Daisy tiene sus servidumbres. Hay que esperar. Hay que depender. Hay lugares a los que resulta complicado llegar y horarios que parecen diseñados para castigarte por no tener coche. Y, de vez en cuando, aparece ese amigo que, después de llevarte varias veces, te mira con una mezcla de cariño y agotamiento y pregunta:

—¿De verdad nunca has pensado en sacarte el carnet?

Claro que lo he pensado. Como también he pensado en aprender alemán, tocar el piano y hacer yoga todas las mañanas. Pensarlo no significa necesariamente que vaya a suceder.

A estas alturas, obtener el carnet sería casi una traición a mi personaje. Después de toda una vida defendiendo que puedo vivir perfectamente sin conducir, no voy a aparecer ahora al volante de un descapotable. Además, sospecho que las carreteras son mucho más seguras sin mí.

No conducir me ha enseñado que la autonomía no consiste en hacerlo todo solo. Esa es una de las grandes mentiras de nuestro tiempo. Nadie llega verdaderamente solo a ninguna parte. Todos dependemos de alguien: de quien nos enseña, nos acompaña, nos cuida, nos abre una puerta o nos acerca a casa cuando ya no pasa el último metro.

La independencia absoluta no existe. Existe la interdependencia, esa red invisible de favores, afectos y cuidados que sostiene nuestras vidas.

No tengo carnet de conducir y no siento que me falte una libertad esencial. Mi libertad ha consistido en elegir mi camino, aunque otra persona llevara el volante. He llegado tarde algunas veces, me he perdido muchas otras y seguramente he abusado de la paciencia de unos cuantos amigos. Pero siempre he terminado llegando.

Quizá vivir sea precisamente eso: saber adónde queremos ir, aceptar que no podemos controlar todos los trayectos y confiar, de vez en cuando, en quien se sienta a nuestro lado.

Yo seguiré siendo Miss Daisy.

Eso sí: una Miss Daisy que siempre da las gracias.