Llevo 33 años celebrando el Orgullo en Madrid y 25 viviendo en Chueca. He visto cómo esta fiesta nacía, crecía, se desbordaba, se llenaba de vida, de rabia, de música, de piel, de historia, de memoria. He sentido el temblor en el suelo cuando pasaba la manifestación. He llorado, he bailado, he amado. Y este año, por primera vez, sentí algo muy distinto: una mezcla de tristeza y de rabia. Como si alguien me estuviera robando algo que es mío. Nuestro.
Este sábado me costó más de una hora volver a casa. Controles policiales por todas partes, calles cortadas sin sentido, vecinos atrapados… Ni siquiera en el reciente Orgullo de Budapest, que se celebró pese a la proibición del gobierno de Orbán, había tanta presencia policial, solo la imprescindibe, mientras que Madrid este sábado parecía Sarajevo. ¿Seguridad? ¿Para quién? Cuando por fin logré cruzar el cerco, Chueca estaba casi vacía, como sus restaurantes y los bares de toda la vida, con colas más pequeñas de lo habitual. Chueca no estaba vacía de gente, que también: estaba vacía de alma, de ruido, de piel, de abrazo. Vacía de Orgullo.
Las calles donde antes se cruzaban cuerpos, banderas, besos y canciones, estaban en silencio. Apenas se escuchaban pasos. Los bares con música apagada, las ventanas cerradas, el barrio contenido, replegado. Como si alguien hubiera decidido que este año tocaba bajarle el volumen a la diversidad, a la igualdad y a la libertad. Como si la fiesta tuviera que pasar, pero sin molestar. Como si la celebración pudiera suceder sin historia.
Y mientras tanto, ahí fuera, en los medios de siempre, los de los “valores”, los de los “niños primero”, los de los “yo no soy homófobo pero…” escribían lo que ya sabíamos que iban a escribir: que el Orgullo molesta. Que hay sexo en la calle. Que hay drogas. Que hay escándalo. Que hay sexo por todos los lados, cuerpos desnudos, ruido, etc. Que hay una señora que dice que grabaron una película porno en su portal (sin pruebas, claro, pero eso da igual). Que los vecinos no pueden dormir. Que esto no es una fiesta, que es una vergüenza. Que da asco. Que cómo los gays ’normales’ podemos aceptar eso.
¿De verdad? ¿De verdad esto es lo peor que pasa en Madrid? ¿Han estado en San Fermín? ¿Han visto las Fallas? ¿Han salido en una verbena popular del centro? ¿Dónde están los artículos sobre el ruido, la basura, los meados en la calle, las peleas, las violaciones que SÍ se denuncian durante esas fiestas? No los hay. Porque esas fiestas son “nuestras”. Porque no incomodan a nadie. Porque nadie las señala con el dedo diciendo: “Mira cómo son”.
Pero el Orgullo sí. El Orgullo incomoda porque hace visible lo que muchos preferirían seguir escondiendo. Porque transforma la calle en un espacio de libertad, no de consumo. Porque recuerda que todavía hay heridas abiertas, derechos amenazados, agresiones impunes. Porque es político. Porque nació como protesta, no como desfile de marcas ni como campaña de marketing.
Y sin embargo, cada año, parece que alguien intenta domesticarnos. Silenciarnos. Organizar un Orgullo sin rabia. Un Orgullo sin calle. Un Orgullo sin nosotros. Este año no era IFEMA, pero casi. Escenarios lejos del centro, con accesos imposibles, sin alma. Sin historia. ¿Desde cuándo el Orgullo tiene que pedir permiso para existir?
Madrid presume de diversidad en las campañas publicitarias, pero cuando llega el momento de vivirla en la calle, levanta vallas. Cierra el barrio. Apaga los altavoces. Expulsa al Orgullo de su casa. Y algunos medios aplauden eso: hablan de “descontrol”, de “indecencia”, de “niños expuestos a actos obscenos”. Qué curioso que esos mismos no digan nada cuando hay encierros, mascletàs, fiestas patronales que duran días enteros, con música, alcohol, cuerpos semidesnudos y desmadre. Eso no es obsceno. Eso es tradición.
Qué peligroso es este doble rasero. Qué insultante. Qué cansado. Yo quiero recuperar el Orgullo de mi barrio. El de la música que se colaba por las ventanas, el de los gritos de libertad, el de los besos espontáneos, el de las banderas en los balcones, el de la alegría sin miedo. Quiero el Orgullo donde caben los que no caben en ningún otro sitio. Quiero la calle, la lucha, la memoria. No quiero un Orgullo vigilado, ni tolerado a regañadientes. No quiero tener que demostrar que no molestamos.
Y no estoy solo. Este año, en cada esquina, alguien decía lo mismo: “Esto ya no es lo que era”. Y lo peor es que tienen razón. Pero ¿sabéis qué? A pesar del cerco, del ruido, del silencio, de los ataques, del blanqueo, de las portadas, seguimos aquí. Seguimos saliendo. Seguimos existiendo. Porque el Orgullo no es un fin de semana. El Orgullo es un derecho. Es una cicatriz. Es un grito. Y que no se equivoquen: no vamos a dejar que nos lo quiten.




