8 marzo 2026
8 marzo 2026

España no es un caos: es el oportunismo lo que da vergüenza

Cada tragedia tiene dos víctimas. La primera, siempre, las personas que pierden la vida y sus familias, a quienes nada ni nadie podrá devolver lo arrebatado. La segunda aparece después, casi de inmediato: la verdad, sepultada bajo el ruido, la demagogia y el oportunismo.

 

Ante la tragedia ferroviaria que hoy conmociona a España, no han tardado en aparecer los de siempre. Los que, sin esperar a que haya investigaciones, sin datos y sin el más mínimo respeto, proclaman que “España es un desastre”, que “todo funciona mal”, que “somos un país fallido”. Lo dicen con una ligereza insultante, como si el dolor ajeno fuera una

oportunidad para ajustar cuentas ideológicas.

 

Habla alguien que no nació aquí, pero que lleva más de treinta años viviendo en España. Que ha trabajado en toda Europa y en buena parte del mundo. Que conoce de primera mano infraestructuras ferroviarias, carreteras, aeropuertos y sistemas públicos de países que muchos idealizan sin haber pisado. Y lo digo con absoluta claridad: afirmar que España es un caos es una falsedad.

 

España cuenta con una de las mejores redes de infraestructuras de Europa, reconocida internacionalmente. Su sistema ferroviario —con errores, como todos— es moderno, extenso y seguro, comparable e incluso superior al de países que rara vez se someten al mismo escrutinio feroz. Los accidentes existen, por desgracia, en todos

los países del mundo. También en Alemania. También en Francia. También en Reino Unido. También en Japón. Ninguna nación está blindada frente al fallo humano o técnico.

 

La diferencia no está en negar el accidente, sino en cómo se investiga, cómo se asumen responsabilidades y cómo se corrige. Y España, pese al relato interesado que algunos intentan imponer, es un país con instituciones sólidas, con profesionales cualificados y con una capacidad de respuesta que merece respeto, no linchamiento preventivo.

 

Lo verdaderamente obsceno no es el accidente.

Lo obsceno es usar a los muertos como munición política.

Lo obsceno es convertir el duelo en un arma arrojadiza.

Lo obsceno es debilitar deliberadamente la confianza colectiva para sacar tajada del dolor ajeno.

 

España no necesita agitadores del desastre permanente. Necesita rigor, serenidad y respeto. Necesita que se investigue hasta el final, que se depuren responsabilidades si las hay y que se acompañe a las víctimas con humanidad, no con consignas ni titulares incendiarios.

 

Y lo digo desde un lugar muy personal: este país me ha dado trabajo, hogar, amigos y dignidad. Lo he visto funcionar bien cuando otros fallaban. Lo he visto responder con solidaridad en los momentos más difíciles. Por eso duele especialmente escuchar a quienes lo

describen como un erial moral y técnico, no por ignorancia, sino por interés.

 

España no es perfecta. Ningún país lo es.

Pero no es el país fallido que algunos necesitan que sea para justificar su discurso.

Criticar es legítimo. Manipular el dolor, no.

Exigir responsabilidades es necesario. Sembrar desprecio, no.

 

Hoy toca llorar a las víctimas, acompañar a sus familias y exigir verdad.

Lo demás es ruido.

Y el ruido, cuando nace del oportunismo, no es valentía: es indecencia.