8 marzo 2026
8 marzo 2026

“New Gaza”: Davos y el negocio sobre los escombros

Hay imágenes que no deberían existir. No porque sean ficticias, sino porque revelan una verdad tan obscena que desnudan el estado moral del mundo que las aplaude. “New Gaza”, presentada en Davos, en el marco del World Economic Forum, es una de ellas.

Rascacielos frente al mar. Infraestructuras energéticas. Hubs logísticos. Turismo costero. Todo reluciente, rentable, diseñado para inversores. Todo expuesto mientras Gaza sigue siendo un cementerio, mientras miles de cuerpos continúan bajo los escombros, mientras una población entera ha sido aniquilada, desplazada y reducida a un daño colateral sin rostro.

Que esta presentación haya tenido lugar en Davos no es un detalle menor: es un símbolo. Davos no es un foro neutral. Es el altar donde el poder económico global se reúne para decidir qué vidas importan y cuáles pueden convertirse en oportunidad de negocio.

Porque esto no es reconstrucción.

Es especulación post-mortem.

No se puede hablar de futuro sin verdad.

No se puede hablar de desarrollo sin justicia.

No se puede hablar de inversión ignorando deliberadamente a los muertos.

“New Gaza” no es un proyecto urbanístico: es un ejercicio de borrado moral. En sus diapositivas no hay nombres, ni historia, ni duelo. No hay niños mutilados, ni familias exterminadas, ni hogares convertidos en polvo. Solo hay suelo disponible. Territorio “optimizable”. Ruinas convertidas en activos.

Es la lógica colonial llevada a su máxima obscenidad: primero se destruye, luego se rediseña; primero se expulsa, luego se vende. Y todo ello presentado con lenguaje aséptico, renders impecables y la sonrisa obscena de quien cree que el dinero lo absuelve de todo.

Pero la mayor indecencia no es solo quien presenta este delirio inmobiliario. La mayor indecencia es que Davos lo permita. Que lo acoja. Que lo legitime. Que lo escuche sin levantarse de la sala.

Y aún más grave: que los Estados presentes —gobiernos que se llenan la boca con derechos humanos, legalidad internacional y valores democráticos— no lo rechacen de

forma pública y frontal. El silencio, aquí, no es prudencia diplomática: es complicidad.

Permitir que se haga negocio con lo que ha quedado de Gaza convierte en cómplices a todos aquellos que no se opongan, que no frenen, que no denuncien este proyecto como lo que es: un insulto a las víctimas y una amenaza al mínimo orden moral internacional.

Gaza no es un solar.

No es una marca.

No es un “nuevo destino”.

Gaza es una herida abierta. Y convertirla en una diapositiva de inversión en Davos es una forma refinada de barbarie: barbarie con traje, acreditación y PowerPoint.

Sí, produce asco. Mucho asco.

Pero también exige algo más que indignación: exige memoria, rechazo y acción política.

Porque cuando el futuro se construye sobre cadáveres silenciados, no es futuro.

Es saqueo.

Y quien lo permite, lo comparte.