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SACRIFICIO

Hay palabras que envejecen. Otras se desgastan. Y algunas, simplemente, nos las roban.

Sacrificio es una de ellas.

Durante demasiado tiempo hemos utilizado esta palabra como si solo pudiera conjugarse hacia abajo. Cuando un gobernante habla de sacrificios, una parte de la sociedad se lleva instintivamente la mano al bolsillo. Pensamos en recortes, en impuestos, en pensiones, en salarios, en servicios públicos. Pensamos en alguien diciéndonos que tendremos que apretarnos el cinturón.

Y casi nunca pensamos en los que no necesitan cinturón.

Quizá haya llegado el momento de rescatar la palabra sacrificio y devolverle toda su dignidad.

Porque sacrificarse no es ser pobre. Ni ser de izquierdas. Ni de derechas. No pertenece al trabajador ni al empresario, al funcionario ni al autónomo. No es patrimonio ideológico de nadie.

El sacrificio debería ser uno de los grandes contratos morales de una sociedad.

Yo vengo de una familia obrera muy pobre que me ha enseñado desde niño lo que quiere decir hacer sacrificios. Mis padres para sacar seis hijos adelante no han hecho una vacación en su vida, no se han permitido ni un solo lujo.  Creo en el esfuerzo, lo he mamado desde cuando nací. 

Creo profundamente en él.

Creo en estudiar, trabajar, arriesgarse, levantarse después de una caída, renunciar a determinadas cosas para conquistar otras. Creo en la ambición cuando no necesita pisar a nadie. Creo en el talento. Creo en la responsabilidad individual. Y creo en algo que últimamente parece haberse convertido casi en una provocación: creo en el ascensor social.

Pero para creer de verdad en la meritocracia hay que empezar reconociendo sus límites.

No todos salimos del mismo lugar.

Hay quien empieza la carrera cien metros por delante. Hay quien la empieza cien metros por detrás. Hay quien hereda una casa, quien hereda una empresa, quien hereda contactos, idiomas, seguridad, cultura y expectativas. Y hay quien hereda deudas, precariedad o simplemente la certeza de que, si se cae, debajo no habrá ninguna red.

Reconocerlo no significa negar el mérito.

Significa tomárselo en serio.

Porque la verdadera meritocracia no consiste en decirle a todo el mundo: “Esfuérzate y llegarás”. Consiste en construir una sociedad en la que el lugar donde uno nace no determine inexorablemente el lugar donde terminará.

El ascensor social necesita esfuerzo individual, pero también necesita electricidad.

Y esa electricidad se llama educación. Sanidad. Vivienda. Formación. Seguridad jurídica. Instituciones sólidas. Infraestructuras. Investigación. Empresas competitivas. Empleo de calidad. Igualdad de oportunidades.

Todo eso cuesta dinero.

Y aquí aparece de nuevo nuestra palabra.

Sacrificio.

Durante décadas hemos hablado del sacrificio del trabajador. Del sacrificio de las familias. Del sacrificio de los pensionistas. Del sacrificio de los jóvenes. Del sacrificio de las clases medias. Del sacrificio del pequeño empresario.

¿Y el sacrificio de quienes más tienen?

Esta pregunta no debería ser de izquierdas.

Tampoco debería ser de derechas.

Debería ser una pregunta de ciudadanía.

Una sociedad no debería castigar a quien prospera. No debería demonizar la riqueza ni convertir el éxito económico en una especie de pecado original. Necesitamos empresarios que ganen dinero, compañías que crezcan, emprendedores que se hagan ricos, inversores que arriesguen y personas que aspiren a vivir mejor que sus padres.

La riqueza crea oportunidades cuando circula, invierte, emplea, innova y contribuye.

Pero precisamente por eso existe una responsabilidad asociada al éxito.

Cuanto más te ha dado una sociedad, mayor debería ser también tu compromiso con ella.

No como castigo.

Como pertenencia.

El rico también puede sacrificarse.

Sacrificio puede significar pagar los impuestos que legalmente corresponden sin convertir la ingeniería para evitarlos en un deporte de élite.

Puede significar aceptar que contribuir algo más en determinados momentos no es una confiscación de la libertad.

Puede significar pagar dignamente a quienes trabajan para nosotros.

Puede significar renunciar a una parte del beneficio inmediato para invertir, contratar, formar o innovar.

Puede significar comprender que la sociedad en la que uno ha construido una fortuna necesita hospitales, universidades, escuelas, carreteras, seguridad, jueces, investigadores y oportunidades para quienes todavía están intentando subir.

Porque nadie se hace rico completamente solo.

Detrás de prácticamente cualquier historia de éxito existe también una arquitectura colectiva que la hizo posible.

Una escuela.

Una carretera.

Una universidad.

Un trabajador formado.

Un hospital.

Un tribunal que protege un contrato.

Una policía que protege una propiedad.

Una infraestructura que transporta una mercancía.

Un sistema financiero.

Un Estado.

Una sociedad.

Eso no resta un gramo de mérito al talento individual.

Simplemente recuerda que el éxito personal nunca sucede completamente fuera de la comunidad.

Y quizá ahí esté uno de nuestros grandes errores contemporáneos.

Hemos convertido el sacrificio en una obligación de quienes quieren llegar y el privilegio en un derecho adquirido de quienes ya llegaron.

Al joven le decimos que estudie más.

Al trabajador, que sea más productivo.

Al parado, que se recicle.

Al autónomo, que resista.

Al pequeño empresario, que arriesgue.

A las familias, que ahorren.

A todos les pedimos esfuerzo, paciencia, flexibilidad y sacrificio.

Pero cuando llegamos arriba, el vocabulario cambia.

Entonces hablamos de derechos adquiridos, seguridad patrimonial, optimización, competitividad y libertad.

Tal vez necesitemos utilizar la misma palabra para todos.

Sacrificio.

También para quien tiene diez casas.

También para quien posee diez millones.

También para quien dirige una gran compañía.

También para quien heredó aquello que otro tuvo que construir.

No para quitarle lo que tiene.

No para castigarlo por haber triunfado.

No para enfrentar ricos y pobres.

Precisamente para evitar ese enfrentamiento.

Porque las sociedades cohesionadas no se construyen haciendo que unos odien a quienes tienen más ni convenciendo a quienes tienen más de que no deben nada a nadie.

Se construyen entendiendo que vivimos juntos.

Y aquí es donde izquierda y derecha deberían dejar de gritarnos durante unos minutos.

La izquierda debería reconocer que el esfuerzo, la responsabilidad individual, la ambición y la creación de riqueza son indispensables.

La derecha debería reconocer que ninguna meritocracia resulta creíble cuando el punto de partida determina demasiado el punto de llegada y cuando quienes más poseen pueden sentirse progresivamente desvinculados de las obligaciones colectivas.

No necesitamos elegir entre mérito y solidaridad.

Necesitamos reconciliarlos.

Necesitamos volver a decirle a un niño que estudie.

Que se esfuerce.

Que aspire.

Que quiera llegar lejos.

Que quiera ganar dinero si ese es su sueño.

Que monte una empresa.

Que investigue.

Que cree.

Que compita.

Que ambicione una vida mejor.

Pero necesitamos poder mirarlo a los ojos después y prometerle algo a cambio:

que intentaremos que su apellido no decida su destino.

Que la cuenta corriente de sus padres no determine la calidad de su educación.

Que enfermar no destruya su futuro.

Que trabajar le permita vivir.

Que fracasar una vez no signifique desaparecer.

Que el ascensor seguirá funcionando.

Y para mantenerlo funcionando tendremos que pagar todos.

También quienes viven en el ático.

Sobre todo porque un ascensor social que solo sube hasta determinados pisos no es un ascensor social.

Es otra cosa.

Por eso quiero recuperar la palabra sacrificio.

Quitársela a la izquierda.

Quitársela a la derecha.

Quitársela a los discursos de austeridad y a los sermones morales.

Y devolvérsela a la sociedad.

Sacrificio es trabajar.

Sacrificio es estudiar.

Sacrificio es emprender.

Sacrificio es cuidar.

Sacrificio es pagar impuestos.

Sacrificio es renunciar alguna vez a una parte de lo nuestro para proteger algo que es de todos.

Sacrificio es comprender que la libertad individual necesita una comunidad que la sostenga.

Y que nadie, absolutamente nadie, debería quedar exento de ese compromiso por tener demasiado poco.

Ni por tener demasiado.

Quizá la pregunta del futuro no sea cuánto estamos dispuestos a exigir a los demás.

Quizá sea mucho más incómoda:

¿a qué estamos dispuestos a renunciar nosotros para que la sociedad en la que vivimos siga siendo una sociedad en la que merezca la pena vivir?

Porque el sacrificio solo es justo cuando deja de ser la obligación de los de abajo.

Y se convierte en el compromiso de todos.