Lo ocurrido ayer en Madrid no fue una anécdota, ni una extravagancia más de Javier Milei. Fue algo bastante más serio: un presidente extranjero llegó a España, entró de lleno en nuestra campaña electoral, insultó al presidente del Gobierno, descalificó a una parte de los españoles y fue aplaudido. Y algunas instituciones decidieron recibirlo como si nada hubiera ocurrido.
No escribo estas líneas para defender a Pedro Sánchez.
Un presidente del Gobierno está sometido a la crítica. A toda la crítica. Se puede cuestionar su gestión, combatir sus políticas, denunciar sus errores y trabajar democráticamente para desalojarlo de La Moncloa.
Eso se llama democracia.
Lo que no se llama democracia es que el presidente de otro país aterrice en España, en plena precampaña electoral, y llame al presidente del Gobierno español “impresentable dictador”, mientras invita a “sacar a los socialistas a patadas”.
Porque Pedro Sánchez no es un dictador.
Es el presidente de un Gobierno surgido de unas elecciones democráticas y de una investidura parlamentaria conforme a nuestra Constitución. Se puede estar radicalmente en contra de él. Se puede votar para sustituirlo. Lo que no se puede hacer, si pretendemos conservar algún significado para las palabras, es llamar dictadura a una democracia porque gobierna alguien que no nos gusta.
Las dictaduras encarcelan a la oposición, eliminan elecciones libres, persiguen la discrepancia, censuran la prensa y destruyen la separación de poderes.
España, con todos sus defectos y con todas las críticas legítimas que puedan hacerse a sus instituciones, es una democracia.
Y banalizar la palabra dictadura es también una falta de respeto hacia quienes realmente las sufrieron.
Pero hubo ayer algo que me inquietó incluso más que las palabras de Javier Milei.
Los aplausos.
Porque Milei es responsable de lo que dice. Pero nosotros somos responsables de lo que estamos dispuestos a normalizar.
Que en una sala de Madrid haya personas que aplaudan cuando un jefe de Estado extranjero llama dictador al presidente del Gobierno de España debería producirnos una profunda preocupación democrática.
No porque haya que proteger a Pedro Sánchez de la crítica.
Sino porque hay que proteger algo infinitamente más importante que Pedro Sánchez: las reglas que nos permiten convivir a quienes pensamos diferente.
Y después está la cuestión institucional.
En aquel acto estaba el presidente del Senado, Pedro Rollán.
No un dirigente cualquiera. No simplemente un miembro del Partido Popular. El presidente del Senado, la cuarta autoridad del Estado.
Las instituciones pertenecen a todos.
También a quienes votan al PSOE. También a quienes votan al PP. También a quienes votan a Vox, a Sumar o a cualquier otra formación democrática. También a quienes no votan a ninguno.
Por eso quienes las representan tienen una responsabilidad añadida.
No se trata de pedir que un presidente del Senado abandone teatralmente una sala ante cualquier afirmación que le disguste. Se trata de preguntarnos qué respuesta institucional merece que, delante de una de las máximas autoridades de nuestro Estado, un mandatario extranjero insulte gravemente al presidente del Gobierno y llame a expulsar “a patadas” a una determinada familia política.
Porque el silencio institucional también comunica.
Y horas después llegó otra fotografía.
Isabel Díaz Ayuso recibió institucionalmente a Javier Milei.
La misma presidenta de la Comunidad de Madrid que en 2024 decidió concederle la Medalla Internacional de la Comunidad.
No cuestiono el derecho de una presidenta autonómica a mantener relaciones institucionales con mandatarios extranjeros. Lo que cuestiono es otra cosa: qué mensaje transmite una institución española cuando recibe con normalidad y honores a quien pocas horas antes ha insultado gravemente al presidente del Gobierno de España.
Hay momentos en los que las siglas deberían desaparecer.
Momentos en los que Pedro Sánchez debería dejar de ser para el Partido Popular “el adversario” y convertirse simplemente en lo que institucionalmente es: el presidente del Gobierno de España.
Como ocurriría exactamente igual si un mandatario extranjero viniera a nuestro país y llamara delincuente, dictador o miserable a un futuro presidente del Gobierno del Partido Popular.
Yo estaría exactamente en el mismo lugar.
Defendiendo la institución.
Porque este es el problema de fondo.
Estamos convirtiendo la política en una gigantesca máquina de deshumanización del adversario.
Ya no discrepamos: descalificamos.
Ya no discutimos ideas: destruimos personas.
Ya no tenemos adversarios: tenemos enemigos.
Y cuando el adversario se convierte en enemigo, cualquier cosa empieza a parecernos legítima.
El insulto.
La humillación.
La mentira.
La deslegitimación de las instituciones.
Incluso la violencia verbal.
Y conviene tener cuidado, porque las democracias no suelen desaparecer de un día para otro. Se deterioran lentamente. Primero se degrada el lenguaje. Después se normaliza el desprecio. Más tarde se cuestiona la legitimidad del adversario. Y finalmente una parte de la sociedad empieza a considerar que las reglas solo deben respetarse cuando gana “los nuestros”.
Ahí comienza el verdadero peligro.
Javier Milei tiene todo el derecho a defender sus ideas.
Puede defender el liberalismo, el libertarismo, la reducción del Estado, su política económica o cualquier proyecto que considere oportuno.
Puede criticar al socialismo.
Puede criticar al Gobierno español.
La libertad de expresión también protege las palabras que nos incomodan.
Pero ser presidente de una nación democrática no concede una patente de corso para intervenir en la campaña electoral de otro país desde el insulto, la descalificación y la agresividad.
Y España tampoco debería aceptarlo con la indiferencia con la que estamos empezando a aceptar demasiadas cosas.
Porque existe además una palabra que parece haberse quedado anticuada y que deberíamos recuperar urgentemente:
respeto.
Respeto institucional.
Respeto democrático.
Respeto al adversario.
Respeto a los ciudadanos que piensan diferente.
Respeto al país que te recibe.
Se puede ser conservador y defenderlo.
Se puede ser socialista y defenderlo.
Se puede ser liberal y defenderlo.
Se puede ser republicano y defenderlo.
De hecho, esa debería ser precisamente la frontera que separara a los demócratas de quienes entienden la política como una guerra permanente.
No quiero una España en la que solo defendamos las instituciones cuando están ocupadas por los nuestros.
No quiero una democracia en la que celebremos el insulto cuando el insultado pertenece al partido contrario.
No quiero que normalicemos que dirigentes extranjeros vengan a decirnos quiénes son los buenos y quiénes los malos, a quién debemos votar o a quién debemos “sacar a patadas”.
Los españoles discutiremos entre nosotros.
Nos criticaremos.
Nos enfrentaremos políticamente.
Y el 29 de noviembre votaremos.
Eso es exactamente la democracia.
Pero nuestra democracia merece que todos —Gobierno y oposición, izquierda y derecha— entendamos que existen líneas que no deberíamos cruzar.
Ayer se cruzaron algunas.
Y quizá lo más preocupante no fue escuchar a Javier Milei.
Fue comprobar que algunos lo aplaudían.
Porque las palabras de un dirigente pasan.
Lo verdaderamente peligroso empieza cuando una sociedad deja de escandalizarse ante ellas.
