Anoche Taranto se vistió de gala. Y lo hizo como solo saben hacerlo las ciudades que han sufrido mucho: con orgullo, con emoción y con una necesidad casi desesperada de demostrar al mundo que son mucho más que sus heridas.
La inauguración de los XX Juegos del Mediterráneo fue una celebración maravillosa. El estadio Erasmo Iacovone se convirtió en el corazón de ese Mare Nostrum que durante siglos ha unido pueblos, culturas, lenguas y religiones. La historia de Taranto, la música, el deporte y la identidad de toda Puglia se encontraron en una ceremonia concebida bajo un lema especialmente significativo: Il mito diventa futuro, el mito se convierte en futuro.
Durante unas horas, Taranto pudo mirarse en el espejo y reconocerse hermosa.
Allí estaban miles de deportistas procedentes de 26 países. Jóvenes de orígenes distintos, unidos por el deporte y por un mar que debería volver a ser un espacio de encuentro y no una frontera de muerte. Estaban la música de nuestra tierra, las voces de Mietta, Al Bano y Serena Brancale, la emoción del público y una ciudad orgullosa de mostrar al mundo su extraordinaria historia.
Y estaba Sergio Mattarella.
El estadio se puso en pie para recibir al presidente de la República con una ovación impresionante. No fue un aplauso protocolario. Fue un abrazo. El reconocimiento a un hombre que representa como pocos la dignidad de las instituciones, el respeto a la Constitución y la cercanía con quienes sufren. Frente a aquella ovación, la monumental pitada que recibió Giorgia Meloni tampoco puede reducirse a una simple reacción partidista. Fue el grito de una ciudad que se siente olvidada. Una ciudad que no quiere ceremonias sin respuestas ni palabras sobre el futuro mientras su presente continúa desmoronándose.
Porque, mientras las luces iluminaban el Iacovone, a pocos kilómetros de allí seguía proyectándose sobre Taranto la sombra inmensa de la antigua ILVA o como la conocíamos todos cuando yo era niño, ITALSIDER.
Resulta imposible hablar de esta ciudad sin hablar de su fábrica. Imposible celebrar su futuro sin preguntarnos qué futuro aguarda a miles de trabajadores y a sus familias. Imposible contemplar los fuegos artificiales sin pensar en las chimeneas que durante décadas han marcado el horizonte, la economía, la salud y hasta el destino de varias generaciones. Imposible hablar de los Juegos del Mediterraneo sin acordarnos de todos aquellos obreros que han muerto por inhalación de elementos tóxicos u otros accidentes laborales en ese recinto lleno de riqueza y pobreza.
Para mí, además, la ILVA no es una noticia económica ni una disputa política contemplada desde la distancia. En esa fábrica trabaja uno de mis hermanos. Allí trabaja también el marido de mi sobrina. Allí trabajan amigos de mi pueblo, personas a las que conozco, familias con nombres y apellidos que llevan años viviendo entre la incertidumbre y el miedo.
Cuando se anuncia una nueva crisis, no pienso solamente en balances, inversores, hornos o planes industriales. Pienso en sus casas. En las conversaciones familiares. En las nóminas que sostienen vidas enteras. En quienes se despiertan sin saber si conservarán su trabajo, si la fábrica podrá continuar produciendo o si una decisión tomada en Roma, Bruselas o algún despacho financiero cambiará definitivamente su existencia.
La crisis de la ILVA parece no terminar nunca. Cambian los gobiernos, los propietarios, los administradores y los planes de rescate, pero permanece intacta la angustia de quienes trabajan allí. La fábrica, que llegó a simbolizar el desarrollo industrial del sur de Italia, cuenta hoy con unos 8.000 trabajadores directos —muy lejos de los aproximadamente 40.000 de los años ochenta— y miles de empleos más dependen de las empresas auxiliares. Buena parte de ellos vive bajo el peso de la cassa integrazione. La movilización empresarial y sindical advierte ya de un posible desastre económico y ocupacional.
Pero Taranto no puede continuar condenada a elegir entre el trabajo y la salud.
Esa es la trampa más cruel que la política italiana ha impuesto durante demasiado tiempo a esta ciudad: decirles a sus habitantes que para conservar un salario deben aceptar la contaminación, o que para defender la vida y el medioambiente deben resignarse a perder miles de puestos de trabajo.
No. Una democracia digna no puede obligar a nadie a escoger entre llevar el pan a casa y respirar un aire limpio. El trabajo es un derecho. La salud también. Y garantizar ambos no es una utopía: es la responsabilidad de un Estado que durante décadas ha aplazado decisiones, acumulado promesas y convertido la ILVA en una crisis infinita.
Por eso resulta especialmente grave que Giorgia Meloni acudiera a Taranto para participar en la inauguración y no aprovechara su presencia para reunirse con los representantes del tejido productivo y afrontar la emergencia de la siderurgia. Las asociaciones empresariales habían solicitado un encuentro sobre la situación de la antigua ILVA, pero esa posibilidad fue rechazada. Taranto pedía una mesa de diálogo y recibió una visita institucional.
Quizá por eso se escucharon aquellos silbidos.
No fueron una falta de respeto a las instituciones. Fueron la respuesta de una ciudad que respeta profundamente las instituciones y, precisamente por eso, exige que estén a la altura de su sufrimiento. Taranto no pitó al Estado: pidió que el Estado dejara de abandonarla.
Los Juegos del Mediterráneo representan una oportunidad extraordinaria. Han traído infraestructuras, visibilidad, orgullo y una imagen diferente de Taranto. Nos han permitido contemplar una ciudad viva, mediterránea, acogedora y llena de talento. Pero el verdadero éxito de estos Juegos no podrá medirse únicamente por las medallas, por la belleza de las ceremonias o por las imágenes que recorrerán el mundo.
Su legado deberá medirse por lo que quede cuando se apaguen los focos.
Taranto necesita inversiones, diversificación económica, recuperación ambiental, turismo, cultura, innovación y una industria siderúrgica profundamente transformada, segura y sostenible. Necesita una transición ecológica que no abandone a los trabajadores en el camino. Necesita un proyecto nacional, no el enésimo parche de emergencia.
Anoche sentí un orgullo inmenso viendo a mi tierra ocupar el centro del Mediterráneo. Me emocionó la belleza de la ceremonia, la alegría del público y la ovación dedicada a Mattarella. Pero también pensé en mi hermano, en el marido de mi sobrina, en mis amigos y en los miles de trabajadores que contemplaban aquellas luces sin saber qué sucederá mañana.
Ese contraste resume el alma de Taranto: una ciudad capaz de ofrecer al mundo un espectáculo maravilloso mientras continúa luchando por no perder su futuro.
Que el mito se convierta realmente en futuro. Pero en el futuro de todos.
También en el de quienes, cuando terminen los Juegos y se apaguen las luces del Iacovone, volverán a cruzar las puertas de la ILVA.
