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MAÑANA CUMPLIRÁ 81 AÑOS.Y LULA SIGUE AQUÍ, MÁS FUERTE QUE NUNCA

Euprepio Padula

Mañana Luiz Inácio Lula da Silva cumplirá 81 años.

Podría estar retirado. Podría contemplar desde lejos un país que ya gobernó tres veces. Podría haberse rendido después de todo lo que la vida y la política le han hecho atravesar.

Pero Lula nunca fue demasiado bueno rindiéndose. Hoy acaba de ser elegido presidente de Brasil por cuarta vez.

Y lo ha hecho cuando muchos habían vuelto a darlo por acabado. Otra vez. Deberían haber aprendido.

Nunca escribas el epitafio de un hombre que lleva toda la vida regresando.

Porque antes de ser presidente, Lula fue pobre.  Antes de entrar en los palacios, conoció la calle.

Antes de hablar ante jefes de Estado, tuvo que trabajar siendo prácticamente un niño.

Fue limpiabotas. Vendedor callejero. Obrero metalúrgico. Sindicalista. Perdió un dedo trabajando en una fábrica mucho antes de levantar esa misma mano ante multitudes. Y desde abajo —desde muy abajo— construyó una de las biografías políticas más extraordinarias de nuestro tiempo.

Perdió elecciones. Las volvió a perder. Y volvió a presentarse. Ganó. Gobernó. Cayó. Fue encarcelado. Vio anuladas sus condenas. Regresó. Volvió a ser presidente.

Y cuando parecía que el tiempo empezaba finalmente a ganarle la única batalla que nadie puede vencer, Lula decidió volver a desafiarlo.

Hoy, a las puertas de los 81 años, ha vuelto a ganar. Por cuarta vez. Pero hay algo todavía más importante que la victoria de un hombre.

La victoria de la democracia.

Vivimos tiempos peligrosos. Tiempos en los que hemos normalizado demasiado el odio. En los que el adversario político empieza a convertirse en enemigo. En los que demasiados discursos vuelven a dividir el mundo entre patriotas y traidores, buenos y malos, nosotros y ellos.

El fascismo nunca empieza con las botas. Empieza mucho antes. Empieza cuando dejamos de considerar humano al que piensa diferente. Cuando una minoría se convierte en culpable. Cuando la mentira deja de avergonzar. Cuando las instituciones solo sirven si nos dan la razón. Cuando perder unas elecciones empieza a parecernos una injusticia y no una posibilidad de la democracia. 

Por eso Brasil importa. Porque Brasil no es solamente Brasil.

Es una de las mayores democracias del planeta. Un país gigantesco, desigual, extraordinario y contradictorio que durante los últimos años ha vivido una polarización brutal. Y esta noche ha vuelto a hablar.

Con votos.

No con violencia. No con amenazas. No con golpes.

Con votos.

Eso es la democracia. Tan frágil. Tan imperfecta. Tan extraordinaria.

Y por eso conviene defenderla incluso cuando gana alguien que no nos gusta. Especialmente entonces. Porque la democracia no consiste en que ganen los nuestros. Consiste en saber que, cuando ganan los otros, nosotros seguimos teniendo derechos. Lula tendrá ahora que demostrar que comprende precisamente eso. Su victoria no puede ser una revancha. Brasil no necesita que media nación derrote a la otra media. Necesita reconstruirse.

Necesita instituciones fuertes, derechos, justicia social, libertad, diálogo y una política capaz de volver a mirar al adversario sin convertirlo en enemigo. Gobernar será infinitamente más difícil que ganar. Pero hoy permitámonos mirar al hombre. Porque su historia contiene algo profundamente emocionante.

Un niño pobre del nordeste brasileño que empezó trabajando a los 12 años llega a los 80 y vuelve a ser elegido presidente de su país.

¿Cuántas vidas caben dentro de una vida así?

¿Cuántas veces puede caerse una persona?

¿Cuántas veces puede volver a levantarse?

Tal vez por eso la imagen de Lula esta noche trasciende la política.

Vivimos obsesionados con la juventud.

A los 50 empezamos a preguntarnos cuánto nos queda.

A los 60 algunos comienzan a hablarnos de retirada.

A los 70 la sociedad parece concedernos el papel de espectadores.

Y mañana Lula cumplirá 81 años.

Pero hoy no está mirando cómo otros hacen historia.

La está haciendo.

Y quizá sea esa la parte de esta victoria que más me emociona.

Porque Lula nos recuerda que mientras exista pasión, convicción, curiosidad, compromiso y ganas de seguir peleando por aquello en lo que creemos, nadie tiene derecho a decirnos que nuestro tiempo ha terminado.

La edad puede contar años.

No puede medir la fuerza de una vida.

Lula ha vivido casi todas las vidas posibles.

La del pobre.

La del obrero.

La del sindicalista.

La del derrotado.

La del presidente.

La del preso.

La del hombre que regresó cuando muchos pensaban que ya no regresaría.

Y ahora también la del hombre que, con 80 años, perdió una primera vuelta y decidió que todavía quedaba una batalla.

Y la ganó.

Por eso hoy no quiero quedarme únicamente con Lula.

Quiero quedarme con algo mucho más grande.

Con la democracia.

Con esa maravillosa idea de que el poder no pertenece para siempre a nadie. De que ningún líder es propietario de un país. De que ningún partido puede apropiarse de una bandera. De que ningún gobernante está por encima de las instituciones.

Y de que cada cierto tiempo millones de ciudadanos anónimos entran en una cabina, cogen una papeleta y tienen exactamente el mismo poder que el hombre más rico, más famoso o más influyente de su país.

Un voto. Nada más. Y nada menos. Frente al autoritarismo, democracia. Frente al odio, democracia. Frente a quienes necesitan enemigos para construir su poder, democracia. Frente a quienes sueñan con ciudadanos obedientes, ciudadanos libres.

Mañana Lula cumplirá 81 años.

Seguramente soplará las velas sabiendo que le espera un país difícil, dividido y exigente. Pero esta noche puede mirar hacia atrás.

Al niño.

Al limpiabotas.

Al obrero al que una máquina arrancó un dedo.

Al sindicalista que aprendió a hablar delante de miles de trabajadores.

Al hombre que cayó.

Al que creyó que todo había terminado.

Al que volvió.

Y al presidente que acaba de ganar otra vez.

Y quizá pueda decirle a aquel niño pobre algo muy sencillo:

Mereció la pena resistir.

Lula lo hizo de nuevo. Pero esta noche, por encima de Lula, hay algo que volvió a hacerlo.

La democracia.

Y mientras haya una urna, un ciudadano libre y una papeleta capaz de cambiar el poder de manos, ningún autoritarismo debería sentirse dueño definitivo de la historia.

Porque la historia nunca está terminada.

Y Lula, a los 80 años, acaba de demostrarlo.