23 julio 2024
23 julio 2024

De la cultura del litigio a la cultura del acuerdo, la nueva revolución tranquila

El ministro Félix Bolaños y la coordinadora de la publicación colectiva, Marlen Estévez.
El ministro Félix Bolaños y la coordinadora de la publicación colectiva, Marlen Estévez.

Durante la semana que hoy concluimos, repleta de emociones a raudales y de Orgullo por celebrar, un año más, la gran fiesta de la Diversidad, del Amor y de la Libertad, he tenido también la oportunidad de haber participado en la presentación de una obra muy especial: ‘De la cultura del litigio a la cultura del acuerdo’.

Bajo la coordinación de Marlen Estévez Sanz, socia del Bufete Roca Junyent, y con prólogo de Félix Bolaños, los autores hemos dado a la imprenta un libro coral, escrito a muchas bandas, en el que en cada capítulo y con una firma diferente, abordamos distintos aspectos de una nueva revolución tranquila que ha llegado para quedarse.

Nunca más el litigio como arma para dirimir conflictos o controversias; sean bienvenidos el acuerdo, el pacto y la negociación, como la herramientas más poderosas a la hora de llegar a consensos que nos permitan avanzar y alcanzar metas y objetivos, no sólo en el ámbito laboral sino en nuestra vida cotidiana.

En el capítulo que he tenido el honor de escribir, como humilde aportación a esta obra coral, doy respuesta al encargo que se me hizo: ocuparme de la ‘gestión de las emociones’, como herramienta fundamental en el manejo de esta nueva cultura. Me sentí especialmente capacitado para encargarme de esta parte por una doble razón: por mi experiencia profesional en la mediación de litigios de muy distinta naturaleza y por mi condición de italiano de origen. No en vano, por ello, arrancaqué de esta manera:

‘La realidad es que en Italia, como digo a menudo, nacemos ya con un manual de negociación en los pañales. Por eso, cuando me propusieron escribir un capítulo relacionado con la gestión de las emociones en los procesos de negociación, acepté inmediatamente. Creo que es más necesario que nunca aportar mi granito de arena en este ambiente, tan duro y enrarecido, que estamos atravesando.

Nuestros políticos han convertido el parlamento español en un lodazal. Un embarrado terreno de juego en el que el legítimo y necesario debate político, a veces abrupto, ha llegado a ser sustituido por completo por un auténtico vertedero de insultos. En este marco, el adversario ha dejado de ser respetado y ha pasado a ser insultado de forma sistemática. Nuestros representantes públicos han perdido el interés porque sus ideas prevalezcan con argumentos y se emplean a fondo en conseguirlo a través de reiteradas mentiras y de una oratoria de taberna vulgar, en la que el afán por destrozar al contrincante, al que se considera como enemigo, prevalece sobre el afán por reafirmar los propios argumentos. El debate político se ha convertido en un proceso de
cancelación del ‘otro’.

Nuestras ‘señorías’ dedican la totalidad de sus esfuerzos a enfangar la vida pública, con un obsceno sentimiento de venganza en el que no se respeta la vida de nadie y en el que se usa el argumentario como mero elemento de destrucción, no como herramienta para solucionar los problemas comunes o para alcanzar consensos acerca de las grandes cuestiones de Estado. Las sesiones de control al Ejecutivo que contemplamos cada martes en el Congreso de los Diputados son un perfecto ejemplo de ello. Gritos, abucheos e increpaciones, desde una bancada a la de enfrente, mientras el presidente del Gobierno y los líderes de la oposición se tiran los trastos de la corrupción o del manoseo de los poderes del Estado. El bochornoso espectáculo no sólo es visible en el Congreso o en las sedes centrales de los grandes partidos sino también en ámbitos autonómicos o locales.

El proceso descrito nos ha conducido, en fin, a una política típicamente ‘testosterónica’ en la que el abuso de términos bélicos ha conseguido anular el sentido común. La ‘italianización’ de la política española es ya un hecho. España carece, en este momento, de la ‘finezza’ de los italianos y de la capacidad de los transalpinos de priorizar los intereses comunes a los propios. España asiste hoy a una torticera y constante utilización de leyes e instituciones por parte de sus representantes públicos, que son quienes tienen la capacidad de hacerlo.

La palabra acuerdo es, en este contexto, como un oasis en el ‘tsunami’ de fango, de falta de profesionalidad y de abuso de la cultura del litigio y de polarización que lastra, en este momento de nuestra historia, la vida diaria de los españoles. Se trata, obviamente, de un fiel reflejo de las políticas populistas que han triunfado en muchos países del mundo en los últimos años”.

A lo largo de mi aportación, y ya desde sus primeras páginas, pongo en conexión esta nueva forma de ver la vida y las relaciones con esa gran amenaza para la democracia que supone el auge de la política populista en el mundo contemporáneo:

‘El populismo es un concepto político que aboga por la supremacía de la voluntad popular sobre las instituciones, y que trata de imponer una relación directa entre el pueblo y sus líderes. El discurso populista enfrenta a un pueblo homogéneo, encarnado en la figura de su líder, con una élite a la que considera corrupta, para lo que ofrece soluciones muy simples a problemas tremendamente complejos.’

Tras este análisis inicial, en el que enmarcaba mi posición general acerca de esta nueva revolución que nos alcanza a todos, proseguía poniendo el foco en cuestiones ya más concretas: las que tienen que ver con cada uno de nosotros, sea cual sea nuestra posición.

Bien sea desde una atalaya de liderazgo empresarial, o desde el propio transcurso de nuestra vida privada, social o familiar, es absolutamente necesario el dominio de los mecanismos que nos conduzcan a esta cultura del acuerdo, que tiene su base esencial en la negociación.

Así continuaba mi capítulo:

‘Todos deberíamos hacer un gran esfuerzo para que, a todos los niveles de la sociedad, podamos empaparnos de ese arte tan maravilloso que es la negociación. A menudo pensamos que la negociación es esencial solo para los líderes, sin embargo es esencial para todos.

La capacidad de negociación, de diálogo y de resolución de conflictos es clave para convertirse en buenos líderes y es fundamental para tener éxito. Ya me he referido a la falta de diálogo y a la crispación política que soportamos. Muchos ciudadanos, entre ellos periodistas y analistas, aseguran que la crispación política es cosa de sus señorías, pero no cabe duda de que si la calle se impregna de ese tono, la ciudadanía acabará marcada por el odio. Si se añade que padedemos un sistema educativo donde no se nos enseña a negociar se obtiene una sociedad donde la mediación y la negociación no forma parte de la práctica de los ciudadanos.

La vida es una suma, entre otras muchas cosas, de una inevitable sucesión de negociaciones, de conflictos y de pequeñas o grandes discusiones. Si queremos alcanzar nuestras metas y ambiciones tendremos que salir ganando en la mayoría de
ellas. Es evidente, por mera cuestión estadística, que un cien por cien de efectividad es imposible. Por ello hay que tender a la victoria en todas cuantas sean posibles, al menos las más importantes, y aprender de la derrota en las restantes’.

La presentación de este volumen -que marcará un antes y un después en la cultura empresarial y política de España- acogió, como corresponde a la magnitud de un proyecto semejante, a personalidades de la máxima relevancia, tanto a nivel político como empresarial e intelectual. Allí estaban todos cuantos han participado en la misma, por supuesto. Marlen Estévez, socia del bufete Roca y coordinadora de la obra, Rafael Catalá Polo, exministro de Justicia en los gobiernos de Mariano Rajoy Brey, o Juan Carlos Campo, también ex ministro de Justicia con Pedro Sánchez y actual vocal del Tribunal Constitucional. Os confieso que, a su lado, me sentía pequeño, aunque también enormemente orgulloso de haber contribuido a este empeño.

Un gran empeño y unos excelentes ejecutores

Félix Bolaños, actual ministro de Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes, brilló con luz propia. No me cabe ninguna duda de que Marlen Estévez acertó a la hora de encargarle, precisamente a él, el prólogo de esta compilación. El resultado no pudo ser más brillante:

‘Una política pública determinada o una reforma concreta en la Administración de Justicia no implica una nueva invención, pero sí proporciona adaptaciones y mejoras que, sumadas, pueden suponer una gran transformación a largo plazo’.

Con este sugerente punto de partida, Félix Bolaños, uno de nuestros representantes públicos de más brillante ejecutoria en los últimos años de la vida de España, trenza un elaborado corolario de ideas que abundan en este nuevo conocimiento, con la experiencia de saber muy bien de lo que habla.

Me consta que se está trabajando especialmente desde su departamento por superar la tradicional cultura del litigio y por profundizar en métodos de trabajo que tengan que ver con la mediación y con el arbitraje.

Sus más recientes contribuciones, las de este excelente ministro, a nuestro edificio institucional, tienen mucho que ver con esto. Su discreta, pero eficaz dirección del complejo nudo de pactos cruzados que permitieron dar a la luz la ‘Ley de Amnistía’ o el acuerdo recién firmado con el Partido Popular para la renovación -¡por fin!- del máximo órgano de gobierno de los jueces, son perfectos ejemplos.

De esta forma, el propio Félix Bolaños recuerda en su prólogo que desde que tomó posesión como ministro de la Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes, asumió esta máxima como propia:

‘La transformación del Servicio Público de Justicia debe realizarse con acuerdos y serenidad. Las revoluciones tranquilas son las que llegan más lejos. De lo que se trata es de incidir con espíritu reformista en aquellos puntos clave del sistema que mejoren su eficiencia y tengan vocación y utilidad social, ofreciendo oportunidades de participación de los operadores jurídicos’.

En el marco de este ámbito, el de la Justicia, Félix Bolaños recoge como objetivo primordial el de reducir el conflicto social, consiguiendo así otros no menos ambiciosos cuales son el de reducir la sobrecarga de los tribunales y el número de litigios judicializados. Es este espacio intermedio, entre el inicio de un problema y su finalización, el que otorga todo el valor al entendimiento y al diálogo entre las partes.

Queda mucho por hacer, concluye el ministro, pero hay mucho realizado. La búsqueda de nuevas habilidades, soluciones creativas y un marco normativo adecuado, solventarán todos los obstáculos que puedan interponerse en esta ambiciosa meta.

¡Adiós, confrontación! ¡Hola, cultura del pacto!