15 enero 2026
15 enero 2026

Tangentopoli y la italianización de la política española

Durante más de una década he advertido, en medios de comunicación y foros públicos, sobre el riesgo de una italianización progresiva de la política española. Al principio, muchos lo consideraron una expresión llamativa, incluso exagerada. Hoy, viendo los acontecimientos que se suceden semana tras semana, creo que ya no es posible ignorarlo: estamos viviendo una deriva institucional y política que recuerda peligrosamente a los años que precedieron el colapso del sistema republicano italiano.

Corrupción estructural, judicialización de la vida política, connivencia entre intereses económicos y políticos, medios de comunicación instrumentalizados, pérdida de legitimidad institucional… Son síntomas que Italia ya conoció en los años 90 y que desembocaron en uno de los mayores terremotos políticos de Europa Occidental: Tangentopoli.

¿Qué fue Tangentopoli?

Tangentopoli —literalmente “la ciudad de las mordidas”— fue el nombre popular que recibió el caso de corrupción masiva que estalló en Italia en 1992 y que acabaría con el sistema político vigente desde la posguerra.

Todo comenzó con la detención de un director de hospital en Milán que había exigido un soborno por la adjudicación de un contrato público. Aquel pequeño caso resultó ser solo la punta del iceberg. La investigación judicial, bautizada como Mani Pulite (“Manos Limpias”), sacó a la luz una trama gigantesca de corrupción institucionalizada entre partidos políticos, grandes empresas, administraciones públicas y medios de comunicación.

El impacto fue devastador:

  • Decenas de partidos desaparecieron o se descompusieron.
  • Más de 1.000 personas fueron imputadas, incluyendo ministros, alcaldes, altos ejecutivos y periodistas.
  • Los dos grandes partidos que habían gobernado Italia durante décadas (la Democracia Cristiana y el Partido Socialista) se desintegraron.
  • La ciudadanía perdió toda confianza en sus instituciones democráticas.
  • Y, sobre ese vacío, emergió el fenómeno Berlusconi y la nueva política populista-mediática.

¿Estamos repitiendo la historia?

Observar la evolución de la vida pública en España durante los últimos años, y especialmente en los últimos meses, provoca una inquietante sensación de déjà vu.

Los paralelismos con aquella Italia son evidentes:

  • Casos de corrupción que afectan a dirigentes políticos de primer nivel.
  • Empresas que operan en la sombra de los ministerios y despachos oficiales.
  • Medios de comunicación instrumentalizados o implicados.
  • Jueces que entran en la arena política y decisiones judiciales filtradas según intereses partidistas.
  • Una opinión pública cada vez más desconfiada y hastiada.

Este escenario no solo erosiona la credibilidad del sistema: lo prepara para su implosión.

Más allá de la corrupción: la demolición institucional

Tangentopoli nos enseñó que el mayor peligro no es la corrupción en sí —que siempre existirá y debe ser combatida con firmeza—, sino la combinación de corrupción sistémica, justicia convertida en espectáculo y populismo mediático sin control.

Cuando los ciudadanos dejan de confiar en los partidos, en los jueces, en la prensa y en la democracia, el terreno queda libre para soluciones fáciles, discursos extremos y “salvadores” sin escrúpulos. En Italia fue Berlusconi. En otros países, ha sido aún peor.

Hoy, en España, no deberíamos subestimar los riesgos de esa misma espiral.

¿Regenerar sin demoler?

La regeneración democrática es imprescindible. No se puede convivir con la corrupción. Pero regenerar no significa arrasar con todo. Ni asumir que todos son iguales. Ni sustituir la política por una guerra judicial permanente.

No se trata solo de señalar la corrupción. Se trata de reconstruir una cultura institucional basada en la ética, la responsabilidad y el servicio público. Y eso exige rigor, valentía, y una ciudadanía dispuesta a defender sus instituciones sin cinismo ni resignación.

Una advertencia con cariño

Como italiano y español, me duele ver cómo la historia corre el riesgo de repetirse. Italia aprendió a golpes. Tardó décadas en recuperar parte de la estabilidad perdida. Y aún hoy vive las consecuencias de aquella demolición masiva del sistema político.

Me niego a pensar que España deba recorrer el mismo camino. Pero para evitarlo, debemos empezar por reconocer las señales. Y actuar.

¿Estamos a tiempo de frenar la italianización total de nuestra política?

¿Podemos regenerar sin destruir?

¿Tenemos el valor de aprender antes de que sea demasiado tarde?

Te leo.