Una mala estrategia lleva, inevitablemente, a un mal resultado. Y lo que ha ocurrido entre la Unión Europea y Donald Trump no es solo un mal resultado: es una claudicación vergonzosa. Una rendición improvisada, acelerada y profundamente humillante que debilita —una vez más— el papel de Europa como actor global.
La escena no puede ser más elocuente: en apenas una hora, en un campo
de golf, la Comisión Europea —encabezada por su presidenta— aceptó una lista de
exigencias de Trump que no estaban ni en el guion ni en las competencias
comunitarias. Más compras de gas estadounidense, más importación de armamento
made in USA y tolerancia ante unos aranceles unilaterales, impuestos sin
diálogo ni reciprocidad. A eso le llaman acuerdo.
¿Dónde quedó la autonomía estratégica europea? ¿Dónde, la defensa del
mercado único? ¿Y dónde, el principio básico de que los pactos se negocian, no
se suplican?
La Comisión no tenía competencia para comprometer a los Estados
miembros en compras de armamento ni en políticas energéticas a gran escala. Y
sin embargo, lo hizo. No por convicción, sino por miedo. Y el miedo, en
política exterior, se paga caro.
Trump no negocia. Impone. Europa, en lugar de poner límites, decidió
agachar la cabeza. Y lo más preocupante no es solo la cesión puntual, sino lo
que transmite esta actitud: una Europa débil, dispuesta a ceder principios y
autonomía a cambio de que el inquilino de la Casa Blanca no estalle en uno de
sus estallidos de furia. Una Europa que se achica ante la amenaza, en lugar de
afirmarse con inteligencia y dignidad.
En un contexto internacional cada vez más volátil, con Rusia, China,
Oriente Medio y el Sahel en efervescencia, lo que menos necesitamos es una
Unión Europea que parece más dispuesta a complacer que a liderar. Una Europa
que entrega terreno en lugar de consolidarlo. Que prefiere apaciguar antes que
actuar con firmeza.
El resultado de esta “cumbre de golf” no solo es indigno. Es peligroso.
Porque refuerza la idea —ya instalada en Washington— de que Europa no es un
socio, sino un cliente. No un actor, sino un espectador. No una potencia, sino
un terreno a gestionar.
El tiempo nos juzgará no solo por lo que firmamos, sino por lo que
cedimos sin pelear. Y este episodio será recordado como uno de los más
humillantes para la diplomacia europea en las últimas décadas.
Europa necesita menos genuflexiones y más estrategia. Menos miedo y más
visión. Menos rendiciones improvisadas… y más soberanía.