A propósito de ‘No fuimos a llorar por ti’ de Lucio Cortés: una reflexión sobre la libertad de ser uno mismo.
Hay libros que se leen. Y hay libros que, sin pedir permiso, terminan leyéndonos a nosotros.
Eso me ocurrió hace unos días, durante mi viaje de Madrid a Brindisi, con No fuimos a llorar por ti, de Lucio Cortés. Lo recibí apenas unas horas antes de partir hacia mi querida Puglia, donde cada verano regreso para reencontrarme con mi tierra y con mi familia. Lo cerré antes de aterrizar, incapaz de interrumpir una lectura que me acompañó de principio a fin como una conversación con un viejo amigo, como el reflejo sereno de alguien que ha sabido encontrar su propia Ítaca.
Mientras el avión atravesaba el Mediterráneo pensé que, en cierto modo, aquel libro también hablaba de mí.
No porque compartamos la misma historia, sino porque ambos hemos observado una misma realidad: lo difícil que sigue siendo, en demasiadas ocasiones, ejercer la libertad de vivir de una manera distinta a la mayoría.
Sería injusto reducir este libro a una reflexión sobre el alcohol. En realidad, es mucho más que eso. Es una reivindicación del pensamiento crítico. Un elogio de la libertad personal. Una invitación a preguntarnos cuántas de las decisiones que tomamos son realmente nuestras y cuántas responden simplemente al deseo de encajar.
También es un hermoso canto a la amistad. A esa amistad que no exige uniformidad, que no necesita convertir las diferencias en un problema y que jamás mide el cariño por el número de copas compartidas.
Quizá por eso me sentí tan identificado.
Llevo más de treinta años viviendo en España, un país al que quiero profundamente y en el que he construido mi vida. Precisamente porque lo amo, siempre me ha parecido fascinante observar algunas de sus costumbres con la mirada de quien llegó desde fuera.
Y hay una que nunca ha dejado de sorprenderme.
La extraordinaria presencia que el alcohol ocupa en la vida social. Para alguien que nunca ha sentido una especial atracción por el vino, la cerveza o los combinados, esa presencia constante del alcohol en tantos encuentros sociales siempre me resultó llamativa.
No hablo del vino como parte de nuestra cultura mediterránea, ni de una cerveza compartida entre amigos. Hablo de algo mucho más sutil: de esa idea, casi inconsciente, de que beber forma parte del contrato social.
He bebido muy poco durante toda mi vida.
No porque alguien me lo prohibiera.
No por una convicción religiosa.
Ni siquiera por una decisión especialmente meditada.
Simplemente porque nunca lo he necesitado.
Y, sin embargo, he tenido que explicarlo cientos de veces.
—¿Solo agua?
—Venga, por una copa no pasa nada.
—Anímate.
—Así no hay quien se divierta.
Durante años, mi compañero inseparable en comidas, cenas y celebraciones ha sido un vaso de agua con gas, hielo y limón. Solo había una excepción: el limoncello que preparaba mi madre y que, cada vez que regresaba a Madrid, viajaba conmigo desde mi pueblo. No era solo un licor. Era una forma de llevarme un pedazo de casa en la maleta. Cuando ella nos dejó, mi hermana mayor, Lucía, tomó el relevo. Hoy sigue preparándolo con el mismo cariño. Y cada sorbo conserva intacto el sabor de mi infancia.
Siempre me ha resultado curioso comprobar cómo ese sencillo vaso despertaba más preguntas que cualquier copa de vino.
Nunca entendí por qué.
Porque nadie pregunta a quien bebe por qué bebe.
Pero quien no bebe parece obligado a justificar su decisión.
Como si la sobriedad necesitara una explicación.
Como si decir «no» fuera siempre más sospechoso que dejarse llevar por la corriente.
Como si la libertad tuviera que defenderse.
Vivimos una época en la que hablamos constantemente de diversidad. Defendemos el derecho de cada persona a vivir conforme a sus convicciones, a expresar su identidad y a ser respetada en sus decisiones.
Sin embargo, seguimos mostrando una extraña resistencia hacia las pequeñas diferencias cotidianas.
Nos incomoda quien decide no brindar.
Quien no fuma.
Quien desconecta el teléfono durante el fin de semana.
Quien no sigue determinadas modas.
Quien, sencillamente, decide vivir de otra manera.
Resulta paradójico. Defendemos la libertad en los grandes discursos, pero a veces nos cuesta practicarla en los pequeños gestos.
Y quizá sea precisamente ahí donde empieza el pensamiento crítico.
No consiste en llevar siempre la contraria.
Consiste en preguntarse por qué hacemos lo que hacemos.
En distinguir entre una decisión propia y una costumbre heredada.
En no aceptar automáticamente que aquello que hace la mayoría sea necesariamente lo correcto para uno mismo.
Con el paso de los años he descubierto algo muy sencillo.
Nunca he necesitado una copa para disfrutar de una conversación inolvidable.
Nunca he necesitado alcohol para bailar hasta las cuatro de la mañana, celebrar un éxito, enamorarme o reír hasta las lágrimas.
Porque la alegría nunca ha estado dentro de una botella.
Siempre ha estado en las personas.
Y ahí aparece otra de las grandes enseñanzas que me deja el libro de Lucio Cortés.
La verdadera amistad nunca exige renunciar a uno mismo.
Los buenos amigos no necesitan que seas una copia de ellos.
No presionan.
No ridiculizan.
No insisten.
Simplemente respetan.
Porque la amistad auténtica no consiste en compartir las mismas costumbres, sino los mismos afectos.
Las mejores noches de mi vida no las recuerdo por lo que había sobre la mesa.
Las recuerdo por quiénes estaban sentados alrededor de ella.
Al cerrar ‘No fuimos a llorar por ti’ comprendí que el libro no me había hablado únicamente del alcohol.
Me había hablado de todas esas ocasiones en las que aceptamos hacer algo para no sentirnos diferentes.
De cuántas veces confundimos integración con imitación.
De cómo la libertad empieza exactamente en el momento en que dejamos de necesitar la aprobación de los demás para ser nosotros mismos.
Quizá esa sea la gran aportación de este libro.
No pretende decirnos cómo debemos vivir.
Nos invita, sencillamente, a detenernos y pensar.
Y eso, en una sociedad llena de automatismos, constituye casi un acto de rebeldía.
Porque el pensamiento crítico comienza cuando dejamos de hacer las cosas simplemente porque «siempre se han hecho así».
Y la libertad empieza, muchas veces, con dos palabras extraordinariamente sencillas.
No, gracias.
Gracias, Lucio, por escribir un libro que no busca adeptos, sino personas más libres. Porque los buenos libros no nos ofrecen respuestas cerradas: nos enseñan a hacernos mejores preguntas. Y pocas cosas nos hacen más libres que aprender a pensar por nosotros mismos. Te doy las gracias saboreando, en la terraza de su casa, un chupito de limoncello, preparado por mi hermana. Porqué sí, en esta libertad que que defiendes, yo seguiré tomando limoncello o las copas de lo que sea pero solo porqué quiero, nunca por sentirme obligado.