Soy italiano, vivo en España desde hace más de treinta años y esta semana, al aterrizar en Brindisi procedente de Madrid, me encontré con las consecuencias de unos controles fronterizos que creía superados entre dos países de la Unión Europea. Hoy España ha dado a Italia hasta el domingo 9 de agosto para rectificar. Como italiano, espero que mi Gobierno lo haga.

Hay momentos en los que una decisión política deja de ser una noticia y se convierte en algo personal.
Me ocurrió hace unos días al aterrizar en Brindisi.
Volvía a mi tierra, a mi Puglia, desde Madrid, la ciudad en la que vivo desde hace más de tres décadas. Italia es el país donde nací. España, el país donde he construido mi vida.
No concibo una identidad contra la otra. Soy profundamente italiano y profundamente europeo, y España forma ya parte inseparable de lo que soy.
Por eso sentí una mezcla de estupor, tristeza y, lo confieso, vergüenza cuando me encontré con los controles derivados de la decisión del Gobierno italiano de restablecer temporalmente las fronteras interiores para las llegadas desde España.
De repente, entre mis dos casas había vuelto a aparecer una frontera.
Y lo que entonces me pareció incomprensible ha adquirido hoy una dimensión mucho más preocupante.
Este viernes 7 de agosto el Gobierno español ha exigido formalmente al Gobierno de Giorgia Meloni que retire los controles y ha fijado un plazo: el final del domingo 9 de agosto. Si Italia no rectifica, España ha anunciado que adoptará medidas proporcionales para defender los intereses y la dignidad de sus ciudadanos.
Espero sinceramente que nunca lleguemos a ello.
No quiero que España responda imponiendo controles a los italianos. No quiero una absurda escalada de fronteras y pasaportes entre dos países amigos. No quiero ver cómo una decisión equivocada provoca otra y terminamos reconstruyendo poco a poco las fronteras que varias generaciones de europeos tardaron décadas en derribar.
Pero comprendo la indignación española.
Y precisamente porque soy italiano, me duele todavía más.
La decisión italiana se justificó por la crisis migratoria de Ceuta y por el supuesto riesgo de movimientos posteriores de inmigrantes hacia otros países europeos. Italia ha restablecido los controles en sus fronteras aéreas y marítimas con España desde el 1 de agosto y, en principio, hasta el 1 de septiembre.
Es importante decirlo: el Código de Fronteras Schengen permite restablecer temporalmente controles internos ante una amenaza grave para el orden público o la seguridad.
Por tanto, Italia puede hacerlo.
Pero poder hacerlo no significa que cualquier decisión esté justificada.
Las propias normas europeas establecen que estos controles deben constituir un último recurso, limitarse a circunstancias excepcionales y respetar los principios de necesidad y proporcionalidad.
Y ahí está precisamente el problema.
Ceuta tiene un régimen específico dentro de Schengen y quienes entraron irregularmente en la ciudad no podían acceder libremente al resto del espacio europeo. Además, la práctica totalidad de quienes llegaron durante la crisis ya ha regresado a Marruecos.
España añade otro dato difícil de ignorar: según las cifras de Frontex utilizadas por el Gobierno español, Italia ha registrado en los últimos años casi el doble de cruces irregulares que España.
Y Madrid recuerda algo que, como italiano, me resulta especialmente incómodo: cuando Lampedusa vivió momentos dramáticos de presión migratoria, España no respondió levantando controles frente a Italia. Al contrario, colaboró en la acogida de migrantes llegados a territorio italiano.
El Gobierno español recuerda también el conflicto existente desde 2022 en torno a la aplicación por Italia del Reglamento de Dublín y considera que la decisión adoptada ahora por Roma carece de una justificación suficiente y perjudica injustamente a quienes viajan desde España.
Ante todo esto, tengo enormes dificultades para comprender a mi Gobierno.
Europa no puede funcionar con una solidaridad de dirección única: reclamarla cuando el problema está en Lampedusa y olvidarla cuando la emergencia se produce en Ceuta.
Tampoco podemos convertir la inmigración en una formidable fábrica de miedo electoral.
Porque detrás de demasiados discursos aparece siempre la misma ecuación: inmigración igual a inseguridad; inmigración irregular igual a amenaza; amenaza igual a fronteras.
La realidad es infinitamente más compleja.
En Ceuta hemos vivido una tragedia humana y una gravísima crisis fronteriza. Han muerto decenas de personas intentando alcanzar territorio español. Miles de seres humanos han quedado atrapados en una situación que exige control de las fronteras, sí; pero también cooperación europea, inteligencia, diplomacia y humanidad.
Precisamente por su gravedad merece respuestas serias, no gestos políticos.
Schengen no es simplemente la comodidad de viajar sin enseñar un documento.
Es mucho más.
Es una de las mayores conquistas de la Europa contemporánea: la idea de que un ciudadano puede cruzar antiguas fronteras nacionales sin sentir que abandona un mundo para entrar en otro.
Mi generación sabe lo que eso significa.
Durante siglos los europeos levantamos fronteras, luchamos por ellas y morimos en ellas. Después de la mayor tragedia de nuestra historia decidimos intentar algo extraordinariamente difícil: sustituir desconfianza por cooperación, nacionalismo por pertenencia compartida y fronteras por libertad.
Por eso me niego a considerar banal lo sucedido.
Cuando llegué a Brindisi pensé precisamente en todo esto.
Pensé en la enorme paradoja de regresar a la tierra donde nací desde el país donde he construido mi vida y encontrarme con que una decisión política había vuelto a colocar simbólicamente una frontera entre ambas.
No quiero esa Italia.
Quiero la Italia fundadora de la Europa unida. La Italia de Alcide De Gasperi y Altiero Spinelli. Una Italia que entienda que su fuerza no nace de encerrarse, sino de ser protagonista de Europa.
Y tampoco quiero una España que el lunes se sienta obligada a levantar controles como respuesta a los controles italianos.
Porque España e Italia tienen demasiadas cosas en común como para convertir una crisis migratoria en un enfrentamiento entre dos pueblos.
Somos Mediterráneo. Somos países de emigrantes y de inmigrantes. Somos dos de las grandes fronteras meridionales de Europa.
Precisamente por eso deberíamos estar juntos exigiendo más solidaridad europea, mejores fronteras exteriores, una verdadera política común de inmigración y una lucha implacable contra quienes trafican con seres humanos.
Juntos. No uno contra otro.
Este domingo 9 de agosto termina el plazo dado por España.
Espero que Giorgia Meloni rectifique.
Rectificar no es humillarse. Rectificar cuando una decisión divide más de lo que protege es un ejercicio de responsabilidad.
Porque la peor respuesta a una frontera absurda sería levantar otra enfrente.
Y porque yo, italiano de nacimiento y español de vida, me niego a aceptar que alguien me obligue a elegir a qué lado de esa frontera pertenezco.
Pertenezco a los dos. Y, precisamente por eso, pertenezco a Europa.

