Luis Cayo es una persona de referencia en nuestro país dentro del ámbito social y del Tercer Sector, porque preside el Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad (CERMI), una organización que lucha incansablemente por defender los derechos de estas personas. He podido charlar con él y, además de poder escuchar aquí la entrevista completa, te dejo algunas de las cuestiones más destacadas que hemos abordado en nuestra conversación:
P: Quiero que le pongamos un poco de luz al mundo de la discapacidad, porque mucha gente que quizás no tiene relación diaria con personas con discapacidad, tiene ciertos prejuicios sobre lo que esto significa. Y todos pensamos, o quienes no tienen ese conocimiento, piensan en la persona con silla de ruedas, en una persona con síndrome de Down… Y la discapacidad es un mundo amplísimo. ¿Cómo es ese mundo de la discapacidad? Danos algunos datos.
R: Algunas cifras que creo que pueden ser elocuentes de lo que es la discapacidad hoy, somos casi 5 millones de personas para empezar. En uno de cada cuatro hogares hay una situación de discapacidad. Es una realidad en crecimiento. El 60% de las personas con discapacidad son a su vez mayores de 65 años. La conexión entre edad avanzada, que también es una diversidad, con discapacidad es muy prevalente. El 60% también de todas las personas con discapacidad de España son mujeres, niñas y adolescentes con discapacidad. Y después están las familias: si contamos a las familias, porque en España es una sociedad de tradición familiar mediterránea meridional, donde la familia todavía tiene mucha importancia y la discapacidad no le pasa a uno solo, sino que se traslada a su entorno inmediato, son casi 12 millones de personas en España tocadas directamente por la discapacidad, en carne propia o en su inmediación más directa.
Entonces somos una minoría discreta, que ha estado muchas veces opacada, oscurecida, pero que gracias al activismo, gracias a la conciencia, gracias a esa sociedad civil esto ha cambiado. No se trata tanto de que los gobiernos nos rediman, sino de que las propias personas organizadas, con conciencia, sepan que tienen valor, aunque los mensajes que hayan recibido sean tú vales menos, tú no sirves, tú quédate ahí, resígnate, que te den algún tipo de atención. Nos hemos rebelado contra eso y estamos conquistando cotas de mayor emancipación social, de inclusión, de participación y de visibilidad.
P: Dices que sois una minoría. Desde luego, quizás una de las más grandes minorías de España, por los datos que nos das.
R: Sí, sí, sí, pero bueno, no deja de ser una minoría, aunque estamos presentes. Esto no está localizado en una región, en una comunidad autónoma, en una extracción familiar o gente de clase más baja. Está en todas las partes del mundo, en todas las partes de la sociedad. ¿Quién no conoce ya una situación, un abuelo o una tía mayor que tiene algún tipo de discapacidad sobrevenida, problemas de movilidad, problemas cognitivos? Es una realidad cada vez más presente.
P: Luis, los datos dicen que hasta el 40 % de los jóvenes tiene algún problema de salud mental. Por lo tanto, es efectivamente un problema que nos puede tocar a cualquiera. Y esta lucha de la sociedad civil es la que empuja muchas veces a que los poderes públicos legislen, cambien ciertas cosas. ¿Qué nivel de conciencia existe, tú que tienes una relación directa con los poderes públicos, entre nuestros políticos o nuestra administración pública de las necesidades que tienen las personas con discapacidad?
R: Yo suelo decir que tendremos las políticas públicas de discapacidad, de inclusión, que nos ganemos. Y también, aunque pueda parecer una caricatura, nunca va a ocurrir que un presidente de gobierno, un ministro, un consejero, alcalde… se levante ese día y piense ¿qué voy a hacer por las personas con discapacidad? Eso no ocurre. Para que estemos en la agenda política nacional, europea, autonómica, local, tiene que haber un trabajo de insistencia, de presión, de propuesta, de reivindicación constante. Incluso ya no se trata de tengo un problema, resuélvamelo, sino que he analizado este problema, lo he examinado desde el punto de vista jurídico, sociológico, económico, presupuestario, y ahí está mi solución. ¿Quiero una ley?, pues le doy la ley redactada. Estamos en un activismo más sofisticado que el de la pura protesta, que está muy bien, pero no deja de ser el estadio inicial. Y gracias a esa labor, a esa insistencia, al hacer un seguimiento de toda la actividad legislativa del Congreso y del Senado, de todos los ministerios, al estar en muchos órganos de participación, ahora que se acercan las elecciones europeas, acaban de celebrarse las vascas y pronto las catalanas, pues nuestros CERMIS de esas comunidades autónomas están con los partidos políticos. Es una actividad frenética.
P: Y en esa lucha y en esa capacidad de influencia y de proponer nuevas medidas. ¿Cuáles son las mayores trabas que os encontráis de los poderes públicos?
R: Pues hay de dos tipos, y voy a decirlas de la peor a la menos mala, pero ambas son malas. Lo primero es la falta absoluta de empatía: como yo no tengo discapacidad o como son una minoría que no decide el sentido de si va a ganar mi partido, pues les voy a decir algo para quedar bien, algo cosmético, de pura cortesía social, pero no me comprometo con eso y participo de los prejuicios, de los estereotipos, de los sesgos que están en el imaginario colectivo. Piensan ¿para qué querrán trabajar las personas con discapacidad? Bastante tienen que se les dé una paguita y que se queden en casa. A mí me ha llegado a decir un responsable político que hasta vais a pedir que el metro sea accesible. Es decir, no concebían que todas las estaciones del metro tuvieran que tener ascensores, accesibilidad cognitiva para personas con discapacidad intelectual o trastorno del espectro del autismo. Les parecía inimaginable. Lo que parecía imposible hace 15 años ahora es posible.
Y después está el otro problema, que es el dinero. Aquí hablamos de todas las diversidades, y tú lo conoces bien: hay diversidades en que existe más una resistencia mental, moral, prejuiciosa, pero que incluirlas y darles todos sus derechos no
tiene un coste económico. Nuestra revolución, nuestra emancipación, sí que lo tiene. Eso de transformar todo el sistema ferroviario, todo el sistema urbanístico, o de dar los apoyos para personas con grandes necesidades significa trasladarlo a dinero. Entonces la nuestra, aparte de ser una revolución a veces difícil de entender, es también una revolución costosa. Pero es peor la primera cuestión que la segunda, porque a veces con dinero solo no se hacen buenas políticas de discapacidad.
P: Respecto a otras minorías en España, y estoy pensando, por ejemplo, en las personas LGTBIQ+, ¿tú tienes la sensación de que quizás desde la política se les ha atendido más? Desde la Ley del Matrimonio Igualitario hace unos años hasta la última ley, muy polémica, por cierto. Y siempre teniendo en cuenta que hay muchas personas con discapacidad LGTBIQ+, que no son compartimentos estancos. ¿En el caso de la minoría de las personas con discapacidad se avanza a otro ritmo o se hace menos ruido? ¿Es el tema económico decisivo ahí?
R: Eso es un debate muy interesante, que yo lo he tenido también con dirigentes y líderes de LGTBI. Creo que aquí el peso de lo cualitativo, de lo mental o de lo moral, llamémosle como queramos, es muy grande. Porque en la minoría LGTBI se ha producido una disrupción que yo aplaudo y que creo que es un progreso moral y de civilización. Y es que no se acepta que alguien, por tener una orientación sexual o identidad distinta de la que era imperativa, sea menor en valor. Antes sí, era castigado y severamente castigado en muchos términos. Y no hace tanto, pues junto a los judíos, junto a las personas con discapacidad y los gitanos, los gais eran los que alimentaban las cámaras de gas del genocidio nazi. O sea, que no hace tanto. Y todavía en otros muchos países esa minoría sufre pena de muerte incluso. Existe una conciencia de que no valen menos por ser distintos y eso te da una fuerza enorme para avanzar. En el caso de la discapacidad, si a mí me dieran a elegir no tener discapacidad, elegiría no tenerla. El 99 % de las personas lo harían porque lo ven como un elemento que resta, que complica la vida, que la hace especialmente onerosa. Eso no pasa con las personas LGTBI.
Y después, lo has apuntado tú, el tema económico. Nuestra revolución no sólo requiere cambiar mentalidades y leyes, sino cambiar el entorno que nos rodea. Y eso es caro y hay mucha resistencia, y esa es principalmente la dificultad. En el mundo de la discapacidad también hay muchas personas que no pueden estar en los medios, que no pueden siquiera protestar, que no pueden salir solas de casa porque su casa no es accesible o el transporte no es accesible, que no pueden venir a hacer una marcha del orgullo porque no tienen dinero para pagárselo. Entonces el nivel de exigencia de activismo que tú le pides a una minoría que está todavía encerrada, no por voluntad, sino por falta de condiciones, no puedes compararlo con otra que es hiperactiva, y yo lo aplaudo. Tienen mejores condiciones de comparecer en la plaza pública y sacudir conciencias, sacudir críticas.
A pesar de eso, creo que sí hay elementos objetivos de avance. El reclamo de la accesivilidad a los servicios no se pide como un favor, sino que ya se vive como un derecho. Eso es muy importante en cualquier movimiento, porque ya no es vivir de la caridad o de que me acepten apelando a la buena voluntad, la sensibilidad, sino que tengo conciencia de derecho y, si no se cumple, exijo que se haga.
P: Qué bien que estemos en ese punto, qué importante. Luis, si nos centramos en la empresa privada en España, ¿ahí qué nivel de conciencia hay? Porque es verdad que hay una ley que obliga a las empresas a favorecer la inclusión de las personas con discapacidad, pero muchas ni siquiera cumplen con esa obligación.
R: Lo insinuabas tú en la pregunta, hay dos niveles, dos dimensiones, porque se hablaba hasta hace poco de responsabilidad social (ahora cambia la terminología), pero primero hay una responsabilidad legal. En un Estado de Derecho usted tiene que cumplir las normas de Hacienda, las normas de Seguridad Social, las normas de prevención de riesgos laborales y las normas de igualdad de la mujer, igualdad LGTBIQ… Ahora justo hay obligaciones de crear planes de igualdad para las personas LGTBI en las empresas que superen un determinado número de trabajadores, pero también hay una obligación de una cuota de reserva para trabajadores con discapacidad o de que las dependencias, servicios, funcionamiento de las empresas sean accesibles para personas con discapacidad. Entonces, hay que exigir esa responsabilidad legal. Y después añade lo que quieras más allá de la ley, porque la ley es un suelo, no es el techo, puedes hacer muchas más cosas.
Las empresas más dinámicas, más vanguardistas, más modernas, que incluso terminan haciendo más y mejores negocios, son las que más conciencia tienen también de inclusión de la dimensión de la discapacidad. La diversidad bien gestionada, no cosméticamente o solo para quedar bien, sino interiorizada, es un elemento de ventaja competitiva. ¿Quieres tener buena reputación y buena cuenta de resultados? Pues incluye a la discapacidad.
P: Y para acelerar ese proceso, ¿podríamos cambiar algo de esta ley? Que, para la gente que no la conozca, vamos a decir en resumen que obliga a que las grandes empresas, a partir de 50 trabajadores, reserven un 2% de la plantilla con discapcidad o bien que se acoja unas medidas alternativas que favorezcan la inclusión de las personas con discapacidad de otra manera. A mí personalmente me parece que, por ejemplo, a nivel de formación quedará mucho por hacer, pero dentro de esa propia ley, más enfocada al ámbito laboral, ¿podríamos cambiar algo? ¿Es mejorable?
R: Sí, absolutamente. Las cuotas de reserva son una medida de acción positiva que se estableció en Europa continental, en Francia, en Alemania, en Austria, en Italia, en España, incluso en la España franquista. La primera cuota de reserva es del año 70, del siglo pasado.
Pero solo con la obligación legal de las cuotas no vamos a resolver el problema. ¿Qué hemos propuesto nosotros? Pues por ejemplo que no se pueda contratar con la Administración, con los poderes públicos del Edtado, comunidades autónomas, ayuntamientos, diputaciones… cuando sacan licitaciones públicas aquellas empresas que no cumplan el 2%. Esta es una medida fácil de rastrear ahora con la tecnología, con los grandes sistemas de control de datos y de cruzar información, con la inteligencia artificial. Sería muy sencillo. Igual que ahora no se puede contratar si tú no estás al corriente en el pago de la Seguridad Social o en el pago de los impuestos. Es una obligación legal. Y todas las leyes valen lo mismo. No hay leyes mejores ni peores. O, por ejemplo, en este país en el que tantas subvenciones se dan y ahora con los fondos europeos de recuperación más aún, que no se pueda dar ninguna ayuda económica del Estado, de un poder público, a empresas que no cumplen la Ley General de Discapacidad. Con esas dos medidas, que son relativamente sencillas de implantar, de desplegar y de aplicar, se ayudaría enormemente al cumplimiento de la cuota.
P: Luis, qué importantes son las palabras cuando hablamos de discapacidad. Hace poco se ha logrado ese cambio que era ya imprescindible en la Constitución después de tantos años. Enhorabuena a ti y a todos los agentes que habéis sumado para para conseguirlo. Hemos conseguido desterrar algunos términos ya a la hora de hablar de la discapacidad. Es verdad que han surgido otros que intentan dulcificarla quizás un poco, como capacidades diferentes, especiales, diversidad funcional, términos que vosotros, incluso, desde el CERMI habéis reclamado que no se utilicen porque lo correcto es decir personas con discapacidad. ¿Por qué son tan importantes las palabras? ¿Cómo pueden afectar a la inclusión de las personas con discapacidad?
R: Una conciencia recta tiene que usar buenas palabras, palabras respetuosas, ya no digo cariñosas, porque el cariño, el amor, no se puede exigir, se puede esperar, pero no se puede imponer. Pero sí el respeto, porque todos somos valiosos. En el imaginario colectivo de una época, que parece que es la mente global de una sociedad, no se nos consideraba igualmente dignos o valiosos, no no éramos apreciados, como mucho éramos aceptados como una desgracia, como algo malo que pasa y habrá que afrontar desde una perspectiva paternalista, benéfica. Ahora quizá ya la corrección política no admite que eso se diga, pero nada impide que se piense. Y entonces quedan las palabras, quedan los vestigios. Yo he llegado alguna vez a calificarlos como escupitajos cuando te llaman inválido, disminuido.
Simplemente queremos palabras que no escondan lo que nos pasa. Tú lo decías, que hay determinados términos de ultracorrección política, que al final el 99 % de la población no sabe a qué se refieren. Entonces puedes ganar en un respeto extremo, pero a riesgo y amenaza de que no sepan de qué estás hablando. Entonces nos hemos diluido, no tenemos visibilidad. La discapacidad hay que respetarla, es lo que le ocurre a una persona que funciona de modo distinto, que no camina igual, que no habla como la mayoría, que que tiene una inteligencia un poquito más lenta que la que se considera estándar.
Esas palabras que nos parecen ahora mismo respetuosas y descriptivas, y otros intentos, nos llevan a la nada, a querer ser tan halagüeños que no sabemos a quién se están refiriendo. Y que además, normalmente no son inventadas o creados por las propias personas con discapacidad, sino por líderes de opinión o por algún catedrático en alguna universidad, en un laboratorio. Y la vida no sucede en los laboratorios, la vida está en las calles, en los barrios, en los trabajos, en los medios de comunicación. Persona con discapacidad es la terminología mundial, de Naciones Unidas, de la Unión Europea, de la literatura científica, de las propias personas. Ya está. Hemos hecho estudios de conocimiento de la gente de la calle y discapacidad lo conocen. Si tú dices capacidades diferentes o diversidad funcional, no saben a qué se están refiriendo y perderíamos mucho de lo que hemos ganado. Y sobre todo que las personas con discapacidad no se sienten discriminadas así y es lo que admiten, que se les llame así. Y eso es lo más importante. Deberíamos tener el derecho al propio nombre. Déjeme que me bautice yo, no me bautice usted.
P: Luis, para resumir las necesidades que tienen las personas con discapacidad en España, las principales, ¿cuáles serían?
R: La vivienda, por ejemplo. Necesitamos viviendas inclusivas, viviendas accesibles, que no hay o hay muchas menos. Entonces al problema de la vivienda general que, junto con el desempleo, es el principal de España, se nos agrava. En el caso del desempleo, tenemos 10 puntos más y 40 más de inactividad. En cuanto a la educación, mientras no tengamos una educación inclusiva se seguirán perpetuando prejuicios, porque los niños sin discapacidad no habrán podido conocer a niños con discapacidad en los primeros estadios de la vida, que es cuando uno actúa con naturalidad y forja su carácter, su ideología, su concepción del mundo.
No lo pongo en términos de problemas, sino de oportunidad: que la persona con discapacidad, cada una de ellas, cada uno de nosotros, tome conciencia de su valor inmenso, de que sus derechos tienen que ser respetados y que se convierta en el agente de su propia inclusión. Yo creo que ese es el gran desafío.
P: Entonces, educación, empleo, vivienda y esa conciencia de cada uno de nosotros que me lleva a la siguiente pregunta. ¿Qué podemos hacer cada uno de nosotros para favorecer la inclusión de las personas con discapacidad?
R: Pediría algo muy sencillo, que es respeto, apertura de miras, mente abierta a conocer qué es eso, si no me ha tocado nada cercano de la discapacidad en mi vida. Tener una actitud desprejuiciada, al menos conocernos, darnos la oportunidad. Yo creo que cuando se nos conoce se nos quiere, pero si no me das la oportunidad no te lo voy a poder demostrar. Y después no estorbar. Si abrimos un bar, pues pensemos que hay gente que no puede subir escaleras. O si hacemos una señalética de algo público,
pues que hay gente con autismo que necesita lectura fácil o una señalética adecuada. Cosas que incluso en el diseño y en la planificación y desde el inicio no cuestan más.
P: Para acabar, Luis, ¿cuál es tu mayor miedo?
R: Yo creo que el peor miedo en términos de convivencia es que hagamos del odio nuestra herramienta. Yo lo decía antes, no se puede imponer el amor a todo el mundo. Pero lo que sí creo que se puede exigir es no odiar gratuitamente, no polarizar, no negar que a otro por ser distinto ya no tiene derecho, o solo aceptar lo que a mí me halaga y lo que a mí me confirma en mi idea, la libertad de expresión. En nuestro día a día no juzguemos innecesariamente.
Escucha aquí la entrevista completa en el programa LIENZO EN BLANCO de Aquí Radio
