Hay noticias que parecen económicas y en realidad son profundamente políticas.
La creación del Rhine Group, el nuevo think tank impulsado por Mario Draghi junto al empresario irlandés Patrick Collison, fundador de Stripe, es una de ellas.
Porque lo verdaderamente importante no es que Mario Draghi haya creado un think tank.
Europa tiene think tanks de sobra. Tiene informes. Tiene observatorios.Tiene grupos de expertos. Tiene comisiones. Tiene subcomisiones. Tiene documentos estratégicos. Tiene cumbres extraordinarias y Consejos Europeos que terminan de madrugada con declaraciones solemnes.
Lo que Europa empieza a no tener es tiempo. Y precisamente de eso trata Rhine Group.
De tiempo. O, mejor dicho, de todo el tiempo que hemos perdido.
DEL «WHATEVER IT TAKES» AL «HAGAMOS ALGO DE UNA VEZ»
Mario Draghi conoce perfectamente la diferencia entre analizar una crisis y actuar frente a ella.
El 26 de julio de 2012 pronunció tres palabras que cambiaron la historia del euro:
Whatever it takes.
Lo que sea necesario. No necesitó entonces cuatrocientas páginas.
La autoridad de un presidente del Banco Central Europeo dispuesto a utilizar todos los instrumentos disponibles bastó para que los mercados entendieran el mensaje.
Doce años después, Europa volvió a llamarlo.
Esta vez no para salvar el euro, sino para responder a una pregunta probablemente todavía más importante:
¿Puede Europa seguir siendo competitiva?
Draghi entregó en 2024 The Future of European Competitiveness.
Y el diagnóstico era brutal. Europa crece menos. Innova menos. Invierte menos. Tiene mercados de capitales fragmentados. Paga una energía demasiado cara. Depende tecnológicamente de otros. Tiene dificultades para convertir investigación extraordinaria en grandes empresas.
Y mientras Estados Unidos y China concentran capital, tecnología, industria y poder geopolítico, nosotros seguimos comportándonos demasiadas veces como si administrar lo que tenemos fuera suficiente para conservarlo.
No lo es. El propio Rhine Group recuerda ahora un dato que debería avergonzarnos:
de las cincuenta mayores empresas tecnológicas del mundo, solamente cuatro son europeas.
Cuatro.
No estamos hablando de una clasificación empresarial. Estamos hablando de poder.
Porque la tecnología del siglo XXI significa inteligencia artificial, datos, defensa, productividad, comunicaciones, soberanía y capacidad de decidir.
Quien no controla esas tecnologías termina dependiendo de quien sí las controla.
EL INFORME ESTABA. FALTABA EUROPA
El informe Draghi contenía más de 170 propuestas sobre energía, industria, defensa, infraestructuras digitales, productividad y mercados de capitales.
El diagnóstico estaba hecho. Las soluciones estaban encima de la mesa. ¿Qué faltaba? Lo de siempre. Ejecutar.
Dos años después, buena parte de aquella agenda continúa pendiente.
Y por eso considero que la creación de Rhine Group contiene una crítica mucho más profunda a la Unión Europea de lo que aparentemente parece.
Draghi no ha creado una institución contra Europa. Ha creado una organización porque cree profundamente en Europa. Pero precisamente por eso resulta inquietante.
Porque cuando el hombre al que las instituciones europeas encargaron diseñar una estrategia para recuperar nuestra competitividad decide crear una estructura independiente para intentar que aquellas propuestas se conviertan en realidad, deberíamos hacernos una pregunta incómoda:
¿qué está fallando dentro de Europa para que tengamos que empujar desde fuera las reformas que Europa sabe que necesita?
Ahí está la verdadera noticia.
UNA MESA DIFERENTE
Rhine Group tiene además algo que me parece especialmente interesante. No quiere reunir solamente a economistas. Ni solamente a políticos. Ni solamente a empresarios.
Draghi y Collison han decidido sentar alrededor de la misma mesa a quienes estudian la economía, a quienes toman decisiones y a quienes construyen empresas. Eso parece una obviedad.
En Europa casi resulta revolucionario.
Luis Garicano será el director ejecutivo y alrededor del proyecto aparecen nombres procedentes de la empresa, la universidad, la tecnología, las finanzas y la política.
Hay también una importante presencia española.
Entre sus miembros figuran Carlos Torres, presidente de BBVA; el economista Andreu Mas-Colell y Cristina Garmendia, entre otros.
Y encontramos nombres europeos de enorme peso en innovación, economía y empresa.
Eso es precisamente lo que Europa necesita recuperar: conversaciones entre mundos que demasiado frecuentemente viven separados.
El político regula.
El académico investiga.
El empresario invierte.
El emprendedor arriesga.
Y demasiadas veces ninguno entiende suficientemente las restricciones del otro.
Mientras tanto, Estados Unidos convierte universidades en empresas, empresas en gigantes tecnológicos y gigantes tecnológicos en instrumentos de poder global.
China conecta planificación estatal, financiación, industria y tecnología.
Europa produce una regulación. Después otra.
Y después abre una consulta para estudiar cómo simplificar las dos anteriores.
NO CONFUNDAMOS REGULACIÓN CON LIDERAZGO
Aquí está probablemente uno de los grandes problemas europeos.
Europa tiene motivos para sentirse orgullosa de su modelo.
Yo los tengo.
Prefiero una sociedad con derechos laborales, sanidad pública, protección social, regulación medioambiental y garantías democráticas a una sociedad que considere cualquier regulación un obstáculo para hacer negocios.
El problema comienza cuando confundimos proteger nuestro modelo con inmovilizarlo.
Porque para repartir riqueza primero hay que producirla. Para financiar pensiones necesitamos crecimiento. Para mantener una sanidad extraordinaria necesitamos productividad. Para defender nuestro Estado del bienestar necesitamos empresas capaces de competir globalmente. Para realizar la transición energética necesitamos capital.
Y para tener autonomía estratégica necesitamos tecnología propia. El dilema no es Estado del bienestar o competitividad.
Es exactamente el contrario:
sin competitividad terminaremos perdiendo el Estado del bienestar.
Ese es quizá el mensaje más importante de Draghi.
EUROPA YA NO VIVE EN EL MUNDO QUE LA HIZO RICA
Durante décadas tuvimos una combinación extraordinariamente favorable. Estados Unidos garantizaba buena parte de nuestra seguridad. Rusia suministraba energía barata. China fabricaba barato.
Europa exportaba productos industriales de alto valor añadido y utilizaba buena parte de sus recursos para construir el mejor Estado social probablemente conocido por la humanidad.
Ese mundo se ha terminado. Estados Unidos mira cada vez más hacia sus propios intereses. China ya no es solamente nuestra fábrica. Es nuestro competidor. Y en muchos sectores tecnológicos nos ha adelantado. La energía se ha convertido en un arma geopolítica. La defensa vuelve a necesitar inversiones gigantescas. Y la inteligencia artificial está acelerando una transformación económica para la que Europa corre el riesgo de llegar nuevamente tarde.
No podemos responder a ese nuevo mundo con las herramientas del anterior.
DRAGHI NO ESTÁ CREANDO UN PARTIDO
Conviene aclarar también lo que Rhine Group no es. No es una nueva institución europea. No sustituye a la Comisión. No es un gobierno paralelo. Y tampoco parece el comienzo de un partido político europeo alrededor de Mario Draghi.
Su ambición es diferente.
Convertirse en un lugar desde el que producir propuestas basadas en evidencia y, sobre todo, conseguir que las ideas circulen entre quienes pueden transformarlas en decisiones.
Eso puede parecer menos espectacular. Puede terminar siendo mucho más importante. Porque Europa no sufre precisamente una escasez de inteligencia. Tenemos algunas de las mejores universidades del mundo. Magníficos investigadores. Ingenieros extraordinarios. Empresarios. Capital. Instituciones. Y un mercado de alrededor de 450 millones de personas.
Lo que nos falta demasiadas veces es convertir todos esos activos en escala. Convertir ciencia en empresas. Ahorro en inversión. Ideas en productos. Mercado interior en verdadero mercado interior. Decisiones nacionales en estrategia europea.
EL RIN COMO METÁFORA
Hasta el nombre me parece inteligente. Rhine. Rin.
Un río que atraviesa Europa sin preguntarse dónde termina una frontera y empieza otra.
Hay algo profundamente europeo en esa imagen. Porque probablemente esa sea también nuestra gran asignatura pendiente. Tenemos talento francés. Capital alemán. Industria italiana. Emprendimiento español. Investigación neerlandesa. Tecnología nórdica.
Pero continuamos pensando demasiadas veces en veintisiete mercados cuando deberíamos pensar en uno.
Estados Unidos tiene empresas que nacen pensando en un mercado de cientos de millones de consumidores.
Una empresa europea todavía tiene que enfrentarse a regulaciones, fiscalidades, idiomas, administraciones y culturas empresariales diferentes.
Tenemos un mercado único extraordinario. Pero todavía no hemos terminado de construirlo. Treinta años después.
LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD
No soy catastrofista respecto a Europa. Precisamente porque soy profundamente europeísta me niego a aceptar la decadencia como destino. Europa continúa teniendo una fuerza extraordinaria. El Rhine Group lo recuerda: seguimos siendo el segundo mayor mercado del mundo.
Tenemos capital.
Tenemos conocimiento.
Tenemos infraestructuras.
Tenemos instituciones.
Tenemos democracia.
Tenemos una calidad de vida que continúa siendo envidiada por millones de personas.
Lo que necesitamos recuperar es otra cosa. Ambición.
Durante demasiado tiempo Europa ha confundido estabilidad con inmovilidad. Y el mundo ha dejado de esperarnos. Por eso me interesa tanto este nuevo movimiento de Mario Draghi. Porque Draghi lleva años repitiéndonos esencialmente la misma idea. En 2012 nos dijo que haría todo lo necesario para salvar el euro. Y lo hizo.
En 2024 nos explicó qué había que hacer para salvar la competitividad europea. No lo hicimos.
Ahora, en 2026, ha decidido crear una organización para intentar empujarnos a hacerlo.
Quizás deberíamos dejar de pedirle a Mario Draghi que escriba informes.
Y empezar a preguntarnos por qué necesitamos a Mario Draghi cada vez que Europa tarda demasiado en reaccionar.
Porque el problema ya no es saber qué tenemos que hacer.
Lo sabemos.
El problema es hacerlo.
Y esta vez hay algo todavía más importante en juego que una moneda.
Está en juego que Europa siga teniendo capacidad para decidir su propio futuro.
