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Chueca no está en venta

En mi barrio quiero más Maricarmen y menos Fondos Buitres

Vivo en Chueca. Y cada vez que camino por sus calles siento dos cosas a la vez: orgullo por lo que este barrio ha sido capaz de construir y rabia por la facilidad con la que Madrid está permitiendo que se deshaga.

Chueca no nació como una marca turística. Antes de aparecer en las guías de viaje, fue refugio. En décadas en las que ser gay podía costarte el trabajo, la familia o la tranquilidad, aquí hubo personas que encontraron una puerta abierta. También hubo abandono, drogas, miedo y calles que muchos preferían evitar. Conviene recordar esa historia entera: Chueca no se transformó por arte de magia ni gracias a una operación de marketing. La levantaron vecinos, comerciantes, activistas y personas LGTBI que decidieron vivir a la vista de todos cuando hacerlo exigía valor.

Abrieron negocios. Crearon lugares de encuentro. Recuperaron calles. Hicieron comunidad. Convirtieron un barrio al que se había dado la espalda en un símbolo internacional de libertad. Esa transformación pertenece a quienes la hicieron posible.

Y hoy asistimos a una paradoja cruel: quienes ayudaron a salvar Chueca pueden acabar sin poder vivir en ella.

Basta pasear un día cualquiera para entender qué está ocurriendo. Portales donde ya no reconoces a nadie. Maletas de ruedas que entran y salen a todas horas. Viviendas que dejan de ser hogares. Comercios pensados para una estancia de tres días en lugar de para una vida entera. El barrio sigue lleno de gente, sí. Pero cada vez resulta más difícil encontrar vecinos.

No tengo nada contra quien viene a conocer Madrid. Una ciudad abierta debe recibir a quien la visita. Mi indignación se dirige a un modelo que trata cada piso como una oportunidad de negocio y a cada vecino como un obstáculo para obtener más rentabilidad. Los grandes inversores compran edificios; los alquileres suben; los residentes se marchan. Y, cuando la última persona que conocía a sus vecinos entrega las llaves, alguien celebra que el barrio «se ha revalorizado».

¿Revalorizado para quién?

El Ayuntamiento de Madrid tiene una responsabilidad que no puede esquivar con campañas, inspecciones puntuales o declaraciones de amor al pequeño comercio. Durante años se ha permitido que el centro se adaptara a las exigencias del negocio turístico y de la inversión inmobiliaria. Ahora el propio Ayuntamiento reconoce que debe frenar las viviendas turísticas en edificios residenciales. Bien. Pero la pregunta para quienes vivimos aquí es mucho más sencilla: ¿cuántas viviendas volverán realmente a ser hogares y cuándo?

Una norma anunciada no reconstruye por sí sola una comunidad. Hace falta perseguir las actividades ilegales, impedir que los edificios residenciales se vacíen para dedicarlos al alojamiento turístico, proteger el alquiler de larga duración y escuchar a quienes todavía viven y trabajan en estas calles. Hace falta medir el éxito en vecinos que pueden quedarse, no en visitantes que pueden venir.

Hay además algo especialmente doloroso en el caso de Chueca. La libertad que construyó la comunidad LGTBI se utiliza hoy como atractivo comercial mientras se debilitan las condiciones que hicieron posible aquella libertad. El arcoíris vende. La historia del barrio vende. El Orgullo llena hoteles. Pero la diversidad no puede reducirse a una fachada bonita ante la que hacerse una fotografía.

No hay barrio diverso si solo pueden vivir en él quienes tienen mucho dinero. No hay barrio inclusivo si sus vecinos son expulsados. Y no hay Orgullo verdadero si se celebra la conquista de Chueca mientras se consiente su vaciamiento.

Chueca nunca fue exclusivamente de los gays. Esa ha sido parte de su grandeza. En sus calles han convivido generaciones, familias, personas mayores, inmigrantes, artistas, trabajadores, lesbianas, personas trans, gays y gente que simplemente encontró aquí su sitio. La libertad de Chueca no consistía en que todos fuéramos iguales. Consistía en que nadie tuviera que pedir permiso para ser quien era.

Eso es lo que está en peligro. No solo una forma de habitar Madrid, sino una manera de entenderla.

No quiero que Chueca se convierta en un decorado de sí misma: una plaza reconocible, unas cuantas banderas, terrazas llenas y edificios donde ya nadie permanece. Quiero poder saludar al vecino del portal, comprar en un comercio que conoce el barrio y ver que una persona joven todavía tiene alguna posibilidad de empezar aquí su vida. Quiero que quienes hicieron de Chueca un lugar libre puedan seguir formando parte de él.

Al alcalde le pediría que caminara por estas calles sin comitiva y escuchara a sus residentes. Que preguntara cuántos amigos se han ido porque no podían pagar el alquiler. Cuántos comercios de siempre han cerrado. Cuántos edificios han dejado de parecerse a un lugar donde alguien vive. Y que, después, nos diga si esa es la ciudad que quiere dejar.

Chueca sobrevivió al abandono y a la intolerancia. No debería tener que sobrevivir también a la codicia.

Este barrio no necesita que lo conviertan en un producto mejor empaquetado. Necesita viviendas para vivir, vecinos que puedan quedarse y un Ayuntamiento dispuesto a defenderlo con hechos. Porque Chueca es una parte esencial de la memoria de Madrid. Y la memoria de una ciudad no se pone a la venta.